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OPINIóN / Análisis político
jueves 5 septiembre, 2019

La grieta está en nuestro ADN

El autor realiza un repaso histórico a la fecha acerca de las profundas diferencias ideológicas que dividen a la sociedad.

por Ángel Cabaña

Carece de sentido seguir con esos odios fundados en propósitos de unanimidad ideológica que, al margen de las razones alegadas, terminaron en duelo y echaron hondas raíces a través de generaciones. Foto: NA / DANIEL VIDES.
jueves 5 septiembre, 2019

Es esta una breve presentación de momentos precisos en los que predomina la violencia física y verbal en la vida política de nuestro país.

Los opositores de Mariano Moreno, uno de los dos secretarios de la Primera Junta de Gobierno Patrio, lo califican como el Robespierre argentino, con base en las instrucciones que le da a Juan José Castelli, vocal de dicha Junta: “Vaya, pues, doctor, usted que, como los revolucionarios franceses, ha dicho alguna vez que, cuando lo exige la salvación de la patria, debe sacrificarse hasta el ser más querido”. En Cabeza del Tigre, en el sudeste de Córdoba, acusados de haber cometido “el mayor crimen de Estado”, como es el de la conspiración, fueron ejecutados, sin juicio ni defensa, Santiago de Liniers, Juan Gutiérrez de la Concha, Victorino Rodríguez, Santiago Allende y Joaquín Moreno; y en Potosí, Vicente Nieto, José de Córdoba y Rojas y de Francisco de Paula Sanz.

Una vez que Moreno había renunciado a su cargo, en una carta dirigida a Feliciano Antonio Chiclana, un militar moderado como Cornelio Saavedra, presidente de dicha Junta de Gobierno Patrio, manifestaba sin tapujos su oposición al “sistema robespierriano que se quería adoptar en ésta, la imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener como modelo, gracias a Dios que ha desaparecido”.

Hay política después de la grieta

La represión en nuestras guerras civiles siempre estuvo teñida de sangre. Los unitarios como los federales fusilaron a mansalva y violaron los compromisos nacidos de los códigos de honor militar. No se puede sostener a ciencia cierta quien fue más despiadado o cruel en la defensa de sus ideas. Unos y otros actuaban convencidos de que había que eliminar al contrario. No dejaron crimen ni violencia por cometer: cortaron, arrancaron orejas, quitaron ojos, degollaron, lancearon, exhibieron cabezas en la punta de las lanzas en las plazas públicas. Persiguieron, desterraron, fusilaron…

“Todos lo aplauden”, escribe el dirigente unitario Salvador María del Carril al general Juan Lavalle por “la fusilación” del dirigente federal Manuel Dorrego, quien lo comunicará al gobierno en los siguientes términos: “…la historia dirá si el coronel Dorrego ha debido o no morir…su muerte es el mayor sacrificio que puedo hacer en obsequio del pueblo de Buenos Aires…”

Juan Manuel de Rosas no se queda atrás en infundir el terror en los enemigos, como se lee en esta carta que le envía a Justo José de Urquiza en 1842: “Usted en el alto puesto que hoy ocupa necesita respecto de los federales de una sabia meditación, de gran prudencia y de sobria elevación en sus sentimientos públicos y privados. No son comprendidos en esta doctrina los salvajes unitarios, porque respecto de ellos se distinguen los decretos de la Justicia Divina, cansada de sufrir de tan prolongados y enormes delitos sin ejemplo. Otro modo de proceder, en tiempo oportuno, con semejantes bárbaros sería una manifiesta crueldad para con los hombres (…), puesto que conforme a los Evangelios de Juan Bautista veinte gotas de sangre sacrificada, que ahorrarían mil, son bien derramadas y es una crueldad no hacerlo.”

“En la Argentina, se vive en una grieta permanentemente”

Hasta hace unos años, eran frecuentes los atentados contra bustos y estatuas de Domingo Faustino Sarmiento. Por masón, anticatólico, uno de los responsables del asesinato de El Chacho Peñaloza; por tener la intención de entregarle la Patagonia a los chilenos; por colocarse del  lado de los agresores en la intervención anglo-francesa; por haber proseguido la guerra contra el Paraguay; por sustituir lo americano por lo europeo, sentimiento que expresa con estas desgraciadas palabras: “No vale la pena economizar sangre de gauchos. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”.

Muy contrario a lo que ocurría cuando el presidente Julio Argentino Roca descubría un monumento a Sarmiento, el 25 de mayo del 1900, ante 100.000 personas reunidas para rendirle homenaje a su afán civilizador en lo que concierne a afirmar el imperio de la ley y de la autoridad constituida, educar a los niños por la escuela primaria y traer profesores extranjeros, abrir los puertos y los ríos al comercio universal, construir caminos y vías férreas, fomentar el arraigo de muchos colonos, remover todos los obstáculos morales y materiales a la libre expansión de las fuerzas económicas; por frases afortunadas como éstas: ”Bárbaros, las ideas no se matan”; “Hay que mancharse las manos en el barro de lo real”.

En muchas estatuas se recuerda al propio Roca. Siendo presidente de la Nación se agranda la República hasta los Andes; genera las condiciones para protagonizar un rápido crecimiento económico y cultural. Los registros civiles sustituyen a los registros parroquiales, es creado el matrimonio civil. Se expande el sistema educativo y se sanciona la Ley de Educación 1420 sobre la enseñanza primaria, gratuita, laica y obligatoria. Cesan los conflictos de límites con Brasil y Chile. Por estas y otras realizaciones una multitud despide sus restos mortales. Sin embargo, hoy en día, no pocos argentinos piensan que las estatuas del General Roca deberían ser reemplazadas por un indio que es nuestra propia estirpe y pintan grafittis como éste: “¡Prefiero un Mayo francés a un Julio argentino!”. Se lo acusa de tener la responsabilidad directa en el asesinato de decenas de miles de mapuches y otros Pueblos Originarios.

Por qué Macri agrandó la grieta en el año electoral

Con el peronismo en el poder, el odio político parte en dos a la sociedad argentina en peronistas y antiperonistas, éstos últimos perseguidos y agraviados. La picana eléctrica, que había empezado a usarse en el gobierno del general José Félix Uriburu con los radicales en la década del 30, continuó usándose y se hicieron famosos los policías Cipriano Lombilla, Francisco Amoresano y los hermanos Juan Carlos y Luis Amadeo Cardoso.

Una bomba colocada en Plaza de Mayo el 15 de abril de 1953 mientras hablaba el general Perón en un acto organizado por la CGT, ocasionó 5 muertos y 93 heridos; la gente enardecida clama por “¡Leña! ¡Leña! ¡Leña!”, Perón les contesta “¿Por qué no empiezan a darla ustedes?”. Y vaya si la dieron, quemaron la Casa del Pueblo, sede del Partido Socialista, la Casa de la Unión Cívica Radical, el Comité Nacional del Partido Demócrata y el Jockey Club.

Tiempo después, el 16 de junio de 1955, militares sublevados atacan pasadas las 12 del mediodía la Casa Rosada, causan 364 muertos y más de 800 heridos y, como represalia, se queman la Curia Eclesiástica y varias iglesias, la mayoría de ellas ubicadas en el centro de la ciudad de Buenos Aires.

“El día que ustedes se lancen, yo estaré del lado de los que cuelgan”. “Entregaremos unos metros de piola a cada descamisado y veremos quien cuelga a quien”. “Con un fusil o con horcas en todo el país para colgar a los opositores”. Estos fragmentos de discursos del general Perón demuestran el clima de polarización política de esos años, aunque en honor a la verdad, no hubo fusilamientos de ningún sublevado, civil o militar, como tampoco medidas de ningún tipo contra sus familias.

Los fusilamientos de 1956 fueron el punto límite de la estrategia de desperonización de la autollamada Revolución Libertadora. Se interviene la CGT, quedan prohibidos el partido peronista, el uso y exhibición de símbolos peronistas, las marchas “Los muchachos peronistas” y “Evita Capitana”. Así como nunca antes en el siglo XX se había llegado al extremo de prohibir la publicación o la mención del nombre de un político –Perón– y de cualquier símbolo o signo que fuera sinónimo o pudiese vincularse a su movimiento, tampoco se había fusilado a un militar por rebelión armada, como fue el caso del general Juan José Valle.

Años después, una parte importante de la sociedad argentina asiste al enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas  y las organizaciones guerrilleras –Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo– que luchan por el cambio de las estructuras económicas y sociales –“Ni golpe ni elección: revolución”–.

La muerte del presidente Perón y la presidencia de Isabel Martínez de Perón agravan la situación política y los militares toman el poder el 24 de marzo de 1976, con el “propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo…”

Convencidos de que el mejor enemigo es el enemigo muerto, unos y otros secuestran, torturan y asesinan: el terrorismo de Estado, convencido de que “un terrorista no es sólo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización cristiana y occidental”. El terrorismo guerrillero, para cambiar un sistema social injusto, que encubre el verdadero poder representado por las instituciones castrenses y sus aliados, los capitalistas.

El adoctrinamiento político partidario de niños en edad escolar por parte del Estado durante el primer gobierno peronista, se repite, aunque en forma agravada, durante el gobierno kirchnerista. Como un año antes habían aparecido afiches anónimos en la ciudad de  Buenos Aires con los nombres y fotografías de los periodistas del Grupo Clarín, el 24 de marzo de 2011, a 35 años del último golpe militar en Argentina, con carteles colocados arriba de inodoros colocados en la puerta del Congreso de la Nación, se invita al público a “escupir” la bronca contra personalidades opositoras al Gobierno, fotografiados con gorros como los de las Fuerzas Armadas: Ernestina Herrera de Noble, dueña de Clarín, los empresarios Franco Macri y Constancio Vigil, los periodistas Mirtha Legrand, Mariano Grondona, Joaquín Morales Solá, Mauro Viale, Chiche Gelblung y Aldo Proietto, entre otros. Lo novedoso es que en este escrache, acompañados por sus padres, se ve a numerosos niños escupiendo las fotos de los “enemigos del pueblo”.

El acto de los padres de llevar a sus hijos pequeños a escupir fotos de quienes no piensan como ellos, se repitió años después en el Parque Rivadavia, con un juego llamado “Angry Buitres” (“Fuera Buitres”), que invitaba a los niños a derribar mediante pelotazos cajas de cartón con los rostros de funcionarios, empresarios y representantes de los fondos buitre, el presidente Macri, Paul Singer, uno de los representantes de los fondos “buitre”; el juez Thomas Griesa; y el CEO del grupo Clarín, Héctor Magnetto, entre otros escrachados.

Finalizo. Yo, un argentino entre tantos, quisiera vivir en una sociedad donde todos podamos expresar libremente nuestras ideas políticas, y no se violente física y verbalmente hacia quienes piensan distinto.

Creo que carece de sentido seguir con esos odios fundados en propósitos de unanimidad ideológica que, al margen de las razones alegadas, terminaron en duelo y echaron hondas raíces a través de generaciones, que nos impiden encontrar puntos de contacto cuando todavía sigue habiendo deudas sociales aún no saldadas.

Porque, díganme, amables leyentes de Perfil, con la mano en el corazón, ¿de qué nos sirvieron tantas víctimas de un lado y del otro, si continúa vivita y coleando la dolorosa grieta, el “Nosotros” y el “Ustedes”, que parece estar en nuestro ADN y envenena las relaciones entre los argentinos?


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