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OPINIóN / Opinión
martes 17 septiembre, 2019

En Dolores, ¿nació un nuevo código penal mediático?

Para procesar a Daniel Santoro, el juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, presentó una interpretación curiosa sobre el trabajo de un periodista

Fernando J. Ruiz (*)

El juez Alejo Ramos Padilla procesó a Daniel Santoro. Foto: Cedoc
martes 17 septiembre, 2019

La insalubre tarea de publicar información sobre funcionarios corruptos es a lo que se dedica el periodista Daniel Santoro desde hace treinta años, dos matrimonios, cinco hijos, un infarto, una embolia pulmonar, nueve libros y muchos premios.

Hay negacionistas de la corrupción que no lo quieren. La corrupción gubernamental tiene un recorrido muy largo en nuestro país y en América Latina, pero en cada momento histórico tiene alzas y bajas, y nombres y apellidos concretos, sin distinción de género.

El periodismo construye castillos de indicios, con sus recursos de investigación escasos, basados en una configuración de fuentes con las que tiene diferentes grados de confianza. Lo hace con tiempos rápidos, a diferencia de otras instituciones y agencias públicas que tienen mucho más tiempo y recursos. Pero esos delicados castillos de indicios son los que la Constitución protege, porque sirven para alertar sobre las opacidades de los distintos poderes.

La práctica de intercambiar información de un periodista con su fuente no es nueva, y menos criminal. Los periodistas cambian figuritas con muchas de sus fuentes, intentando alimentar una relación de confianza. Innumerables veces la relación de un periodista con su fuente es de beneficio informativo mutuo. Las fuentes informan y son también informadas por los periodistas. Es un mercado de información privilegiada, que permite a veces avanzar juntos a una comprensión mejor de una situación uniendo los retazos informativos que cada uno tiene. En el periodismo investigativo esto es habitual entre políticos, funcionarios judiciales, funcionarios estatales y de inteligencia, todo pelaje de informantes (como D´Alessio) y periodistas. De hecho, es frecuente que una documentación que obtuvo un periodista la comparta con una fuente para que esta, por ejemplo, verifique su autenticidad. Es un tablero de reglas difíciles y borrosas donde se va a pescar y a su vez, para participar, hay que llevar pescado. Alguno está podrido y otros no.

Escribió Santoro: “mi trabajo es escuchar a todos los que me llaman aunque debo reconocer que muchas veces pierdo el tiempo porque se trata de locos o fabuladores, falsos informantes, y/o personas despechadas”.

Así como Santoro fue un puntal en la investigación de la corrupción menemista, también lo fue durante la kirchnerista. Mientras ignoran la cantidad de investigaciones verdaderas que publicó en los últimos quince años, sus críticos se concentran en una sola, que resulto falsa. La infalibilidad periodística no es un dogma de fe. Por lo tanto, no hay posibilidad de ejercer el periodismo durante treinta años y no haberse equivocado más de una vez.

Santoro publicó que Máximo Kirchner y Nilda Garre tenían cuentas en el exterior. Esa información no era verdadera. Desde entonces, Santoro publicó seis desmentidas de esa información, algo no frecuente en el periodismo argentino, que suele ocultar sus errores bajo la alfombra. No es una hipótesis para descartar, ni siquiera por un militante de La Cámpora, que existan cuentas aún no conocidas de miembros de la familia Kirchner, pero esas cuentas no existían.

Las acusaciones de Ramos Padilla

Para procesar a Daniel Santoro, el juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, presentó una interpretación curiosa sobre el trabajo de un periodista. En su tesis principal, el juez denuncia una estrategia de “legitimización autorreferencial” donde se hace que “la causa judicial legitime la nota de prensa, mientras la nota de prensa legitima, al mismo tiempo, la causa judicial”.

En el llamado Operativo Puf se da ese “curioso circulo de legitimaciones”, parecido al que denuncia el juez Ramos Padilla. En la conversación telefónica del dirigente político Eduardo Valdés con un exfuncionario preso, el pasado 17 o 18 de enero, y en su estadía en un centro de salud con el padre del juez, ese político ataba los cabos de ese “curioso círculo de legitimaciones”. Otro interlocutor con otro funcionario preso aclara: “Allá en Dolores agarraron viaje”; y repite más preciso: “Ramos Padilla agarró viaje”. En este plan previo, Horacio Verbitsky recibiría la información para publicar en la prensa, y la denuncia iba a llegar al juzgado de Dolores. Dicho y hecho: el 28 de enero entró la denuncia al juzgado de Ramos Padilla y el 8 de febrero, a la 1.03 de la madrugada, Verbitsky reveló en su Cohete a la Luna el artículo “Extorsión”, donde revelaba el caso D’Alessio. Por eso, más de diez días antes ya estaba previsto que Ramos Padilla investigue, Verbitsky y Raúl Kollman publiquen, Valdés amplifique y el coro de voceros afines pontifique, en un “curioso círculo de legitimaciones”, en términos del juez Ramos Padilla. Este fue un proceso modelo de auto legitimación entre poder judicial y medios de comunicación.

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En el análisis de Ramos Padilla los círculos de legitimaciones incluyen actividades de inteligencia, publicación de libros periodísticos, declaraciones judiciales y publicaciones en diarios de circulación masiva. El juez señala que esta estructura obtiene información en forma ilegal y la introduce, la ‘blanquea’, en el circuito legal, ya sea judicial o periodístico.

Esa interpretación del juez federal de Dolores sobre los “círculos de legitimaciones” es errada. Más allá de los casos locales que se puedan analizar, la experiencia internacional es rica en cómo se complementan los distintos sectores. En la sociedad abierta, la combinación entre sectores judiciales, legislativos, estatales (incluidos servicios de inteligencia) y periodísticos ha sido una de las claves en la realización de denuncias. Esa convergencia de intereses para buscar y revelar información sensible ha servido para poder dar a conocer a la sociedad temas de gran interés público. Por lo tanto, no parece una práctica para criminalizar.

En la historia del periodismo tuvo un rol relevante la información provista por sectores encargados de la seguridad y de la inteligencia. Forma parte de la rutina de los periodistas profesionales que investigan temas de alto interés público. Solo en Estados Unidos se pueden enumerar cuatro casos muy notables: la revelación de las mentiras de gobiernos sucesivos de Estados Unidos sobre lo que pasaba en Vietnam, fue informada por The New York Times gracias a la revelación ilegal de un funcionario que trabajaba en el área de defensa, Daniel Ellsberg; el propio Watergate fue revelado en forma ilegal por un directivo del FBI, Mark Felt; Chelsea Manning era miembro del ejército y en forma ilegal pasó información sensible a Julián Assange; y nada menos que el funcionario de inteligencia Edward Snowden extrajo en forma ilegal información que publicó The Guardian y luego otros grandes medios sobre cómo la lucha contra el terrorismo había avanzado sobre la privacidad de las personas. Snowden todavía no puede volver a los Estados Unidos pero el reconocimiento a su acción es cada vez más amplio. En ningún caso, los periodistas que publicaron esa información obtenida por sus fuentes ilegalmente fueron condenados. Al contrario, son algunos de los hechos que más prestigio les dieron a esos medios de comunicación y periodistas. En América Latina, los servicios de inteligencia tienen todavía los límites más borrosos, y esa zona pantanosa la recorre un elenco de personajes que, en el fondo, suelen ser más misteriosos que poderosos.

El juez parece igualar el concepto de “dinero ilegal” con el de “información ilegal”. Y por eso criminaliza que la información obtenida ilegalmente sea difundida en el circuito legal. La información puede ser ilegalmente obtenida, pero no por eso es ilegal. Así que no es un delito trasladar al circuito legal información que ha sido obtenida por otros en forma ilegal. El problema sería que se estuvieran violando temas muy sensibles de seguridad nacional, o que esa información no tenga un evidente interés público.

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De acuerdo al análisis del juez, así como un lavador de dinero ingresa al circuito legal dinero negro, un periodista ingresa información mal habida. Esa interpretación del juez criminaliza al periodismo. Incluso a veces, los periodistas ingresan al circuito de información pública comentarios off the record dados por jueces y fiscales sobre sus causas en trámite, algo que los magistrados no están autorizados para hacer. ¿Habría que penalizar a los periodistas por dar información obtenida en esa forma ilegal?

De hecho, con su interpretación el juez Ramos Padilla crea una sección mediática nueva al código penal: el cuestionamiento al “blanqueo de información” ilegal; la descripción de la “legitimación autorreferencial”, donde cuestiona la relación informativa intensa entre el poder judicial y el periodismo; la investigación criminal a periodistas y/o medios sobre “la acción psicológica” que realizarían; o adjudicar a un periodista la intencionalidad extorsionadora y coaccionadora de la fuente. Esta nueva sección del código penal destruye “nichos de intensa protección constitucional”, a pesar de la supuesta intención del juez de Dolores, que repite que su objetivo es proteger al periodismo como exige la Constitución Nacional. Resulta intimidante además que el juez haya pedido a la Comisión Provincial de la Memoria que, por su experiencia en el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires durante la dictadura, investigue las notas que Santoro escribió para discernir la “acción psicológica”. Además de anacrónico, el juez es intimidante: Ramos Padilla elige, para analizar el trabajo de un periodista profesional, a esa Comisión Provincial por estar entrenada en leer documentos de la dirección de inteligencia de una dictadura.

El estafador

El juez dice que Santoro no estaba involucrado en ningún pedido de dinero. En ninguno de los chats aparece Santoro orientando partidariamente sus investigaciones. Por eso, en ningún caso se le atribuye segundas intenciones en sus acciones. Si Santoro orienta su investigación en un personaje es para poner foco en su trabajo. No solo en la ciencia, sino también en el periodismo se trabaja con hipótesis. Por los dichos de D’Alessio queda claro que Santoro es periodismo. Santoro busca primicias, entrevistas con personajes claves, documentación, todos actos de periodismo puro. Por eso, como todo periodista profesional, su labor es previsible y, por lo tanto, también sufre mayor riesgo de manipulación.

Daniel Santoro: "Fui engañado, D'Alessio usó mi nombre y mi confianza"

 

En varias de las conversaciones, D´Alessio deja claro que sabe cómo engañar a Santoro, por eso es absurdo que el juez adjudique a Santoro la intencionalidad de D´Alessio. Este se convirtió en “una fuente de extrema confianza”, como dijo el mismo periodista. D´Alessio es el estafador, Santoro el estafado. Si el juez no entiende eso es porque no quiere. Su lealtad a la fuente lo hizo manipulable por ella: “me utilizó. No lo hizo de manera torpe ni burda; fue sutil, calificado, altamente profesional y lo cierto es que todos podemos ser alguna vez engañados y/o utilizados”, dijo Santoro.

En el reciente libro Háblame de tus fuentes. Aprendizajes de veinte reporteros de investigación iberoamericanos (2017), editado por Luisa García Téllez, se habla de las “fuentes estables” como aquellas a la que un periodista “le solicita información para diferentes casos. Hasta es posible que la fuente se dirija al periodista para informarle de casos que le interesa que se hagan públicos”. D’Alessio era una “fuente estable” para dos decenas de periodistas argentinos. En ese libro, algunos de los mejores periodistas de América Latina, cuentan casos sobre cómo crearon confianza con sus fuentes y la tensión difícil que a veces se produce entre lo profesional y lo humano.

Santoro escribió en su libro Técnicas de periodismo de investigación. Métodos desarrollados en diarios y revistas de América Latina (2003): “las relaciones que conviene establecer son profesionales, aunque reconozco que en 20 años de carrera he visto nacer cierta simpatía mutua con algunas fuentes habituales, luego de comprobar que no venden pescado podrido” (p.66).

Hay tres acusaciones principales contra Santoro, una más endeble que la otra, pero siguen vigentes porque la forma en cómo se discute en el país hace que esa endeblez no se note.

Primer dardo

El juez pretende llevar a Santoro a la cárcel por extorsionador en base a una conjetura fonoaudiológica. Como Santoro, hablando de la situación legal de Lula en Brasil, mencionó por error la sigla OPS en dos programas de televisión seguidos, el 4 y 5 de abril del 2018, en lugar de OAS (que era la constructora que le habría dado el departamento al líder brasileño), Ramos Padilla considera que fue parte consciente de la extorsión al empresario argentino propietario de OPS. En esas mismas horas, Santoro tenía esa sigla en la cabeza porque estaba preparando un artículo para Clarín sobre ese empresario y su empresa OPS, que la tituló “El nuevo Lázaro Báez debe 800 millones y lo investigan por lavado de dinero”, que se publicó el 6 de abril. La confusión de Santoro con esas siglas resultó tan crónica que, en el propio acto de la indagatoria ante el juez, volvió a equivocar las siglas. Por haber dicho una “P” donde iba una “A” el periodista vive hoy con el riesgo de ir a la cárcel.

Es posible que se hayan entusiasmado con la posibilidad de destruir a un periodista emblemático de Clarín, que tantas investigaciones había realizado en los últimos quince años. Esta letra confundida es evidentemente insuficiente para una condena, pero igual el juzgado no cesa la búsqueda para encontrar nuevas razones para ampliar el procesamiento.


Dictaron prisión preventiva para Marcelo D'Alessio

El segundo dardo

La segunda razón que escribe el juez para llevar a la cárcel a Santoro es por coacción. El juez federal de Dolores dice que forzó una entrevista con un directivo uruguayo de la petrolera estatal venezolana PDVSA contra su voluntad siendo cómplice consciente del plan extorsionador de D´Alessio. En la propia declaración ante el juez, este directivo, Brusa Dovat, dice que Santoro le preguntó dos veces si estaba de acuerdo con hacer la entrevista y le explicó en qué consistía.

El juez se aferra al intercambio de chats entre D´Alessio y Santoro previo a la realización de esa entrevista:

Dice D´Alessio: “estoy ablandando a uno que…yo me estoy quedando y estoy viendo a ver si el jueves te lo puedo sentar….te aseguro un titular de Clarín en un domingo y mucho más”.

Tan afuera estaba Santoro de cualquier vocación extorsiva que le responde que se va de vacaciones, que lo pueden hacer a su retorno. Por eso D´Alessio rápidamente organiza el encuentro con Brusa Dovat lo más cerca que puede de la casa de Santoro.

Dice D´Alessio: “lo voy a intentar citar en Palermo a las 12, convencerlo de que es su mejor opción y a las 2 venís vos a hacerle la entrevista, ahí en la esquina de tu casa sin que sepa obviamente que vivís por ahí. Digo, para que te quede cerca. Lo que vos digas, ¿ok?”.

Ahí el juez leyó una frase que parece haberlo impactado:

Dice D´Alessio: “Podemos almorzar en Sarkis e ir ablandándolo. Te da todo. Yo hice mi parte”.

Y el juez escribe emocionado: “se exhiben aquí concretas y claras referencias de D´Alessio a Santoro acerca de que se hallaba utilizando ‘técnicas’ para vulnerar la voluntad de Brusa Dovat y lograr que se preste a brindar un relato”.

Si la palabra ‘ablandar’ es una “técnica para vulnerar la voluntad de Brusa Dovat”, el juez debe saber que persuadir fuentes es uno de los trabajos principales de un periodista de investigación. Por supuesto que ablandar puede ser aplicar una picana eléctrica, meterlo en el submarino, o secuestrarle un hijo, pero ninguna de esas ‘técnicas’ se aplica en público en un restaurante. La palabra ‘ablandar’ la deben haber usado desde terribles dictaduras hasta la Madre Teresa de Calcuta para convencer a una de sus misioneras de la Caridad. En el contexto en el que recibía esa palabra Santoro, el sentido unívoco de ese diálogo es el de persuadir a una fuente para convencerlo de que dé un testimonio que el periodista cree de interés público.

Brusa Dovat contó ante Ramos Padilla cómo lo extorsionaba Marcelo D'Alessio

Pero el juez piensa distinto. Por el chat del “ablande” Ramos Padilla adjudica a Santoro el conocimiento de la “maniobra coactiva”. Para el juez “queda claro el conocimiento que tuvo en la ocasión de la maniobra ilícita que se estaba perpetrando y que con su aporte estaba contribuyendo al plan criminal desarrollado”. La desviada aplicación del código penal que el juez hace contra el periodista está sostenida en una de un millón de interpretaciones de la palabra ‘ablande’ que cada uno puede hacer. Además, hay que aclarar que todas las pruebas son palabras que usa D´Alessio. Nunca han sido las palabras de Santoro las utilizadas por el juez para incriminarlo.

El juez encuentra otra “prueba” con el siguiente chat posterior de D´Alessio: “Ok. Si le saco más información te aviso. Más allá de que esté en pánico, que quiera recular y todo, no hay vuelta atrás”. A partir de este chat, el juez dice: “frases como ‘no hay vuelta atrás’ y otras similares que se han citado y se expondrán más adelante dan cuenta que el imputado antes, durante y después de la entrevista supo de las circunstancias que rodeaban a aquel suceso…..y de este modo (contribuyó a) consolidar el plan ilícito de la organización….”.

Brusa Dovat en esa entrevista publicada y filmada del 30 de enero pasado es locuaz, da respuestas coherentes, contextualiza para que el periodista entienda cada hecho de corrupción que le está explicando, y no parece rehusar ninguna respuesta.

En la película El Informante se ve todo el trabajo de ablande que hace Al Pacino para que su fuente, Russell Crowe, denuncie a una empresa tabacalera. En el caso de la fuente de Santoro, Brusa Dovat fue a buscar a un periodista, Rolando Graña, del grupo América, para que lo ayude y este le presentó a D´Alessio. No era una fuente que estaba escapando de los periodistas, sino que buscaba su ayuda. Aprovechando ese interés de Brusa Dovat de relacionarse con los periodistas, el estafador D´Alessio se metió en el medio y lo atrapó en su juego extorsivo.

El juez califica a Santoro como cómplice primario por realizar “una ayuda imprescindible para la comisión del delito”. Esta acusación le cae nada más a Santoro pero en pocas horas lo entrevistaron Rodrigo Alegre, para Telenoche, y Eduardo Feinman para A24. No señor juez, Santoro no era una ayuda imprescindible para la comisión del delito. D´Alessio ya tenía pautadas entrevistas con otros periodistas. Si no era Santoro el entrevistador, otros periodistas muy conocidos, y en medios de mayor difusión, estaban haciendo fila para entrevistar a Brusa Dovat.

El estafador Marcelo D´Alessio utilizaba “el poder de Santoro” para sus extorsiones. “El poder de Santoro” construido en base a treinta años de ejercicio del periodismo era usado con precisión por D´Alessio. Dice el juez: “El periodista Daniel Santoro tuvo un rol fundamental en el desarrollo de estas acciones, ya que no solo se amenazaba a las victimas con sus publicaciones -o escraches. Estas notas de prensa en algunos casos efectivamente fueron realizadas y allí aparecía volcada la información producida ilegalmente por Marcelo D´Alessio y la organización aquí investigada”.

D´Alessio utilizaba “el poder de Santoro” en muchos casos conocidos, y seguramente en algunos que no sabemos aún. Ese poder es, sobre todo, un poder moral, el prestigio construido con décadas de trabajo profesional. Y todo periodista corre ese riesgo. Está lleno en periodismo, en la política, y en todos los espacios, de quienes ganan la confianza de personas prestigiosas y usan su prestigio para abusar y delinquir. Pero aquella persona cuya reputación fue usurpada no puede ser perseguido con el código penal como si él fuera un extorsionador. Solo el direccionamiento que hace el juez, en consonancia con las escuchas previas, permite entender esta acción.

El dardo más cruel

Pero lo más hiriente que sufrió Santoro no tuvo repercusión judicial por su evidente falsedad: la acusación de espiar a sus colegas. Lo doloroso no fue la acusación, sino que algunos de los colegas le dieran credibilidad a esa denuncia. Es peligroso que todavía haya grupos paraestatales que hagan perfiles ideológicos de periodistas, pero eso es una de las deudas más estables de la democracia desde 1983. El propio Santoro fue víctima varias veces del espionaje ilegal, pero en dos tuvo pruebas por lo que lo denunció en el 2006 y en el 2014. También la revista Veintitrés lo acusó, desde una infame portada, de ser un espía ruso, cuyo indicio principal era que su segunda esposa nació en Rusia. Ser periodista de investigación en América Latina no es un trabajo del que uno sale indemne.

Cualquier periodista habla con sus amigos sobre sus colegas, en especial si son conocidos, incluso con sus fuentes cercanas. Lo mismo pasa en cualquier otro ámbito de trabajo. Es común en una conversación tener un capítulo sobre nuestros colegas. Por eso, es una canallada dar vuelta a esa conversación habitual para convertirla en un acto de espionaje como si fuera la seguridad del estado cubana o la vieja Stasi germanoriental. D´Alessio formateaba en un “perfil ideológico” los comentarios que escuchaba de Santoro. ¿Cómo alguien puede decir que eso lo convierte a Santoro en un espía? Gustavo Silvestre dijo en Radio 10 que Santoro “extorsionaba con sus notas en el diario Clarín”, y en esa conversación Horacio Verbitsky agregó: “imagináte, estás trabajando con un tipo que crees que es un colega y de golpe te desayunás que en realidad es un espía”. Por supuesto, ni Verbitsky ni Silvestre llamaron a Santoro para verificar nada. De ahí en adelante, un elenco de abogados, académicos, dirigentes políticos y periodistas activó el coro del linchamiento público. Como el linchamiento parece ser irresistible, la abogada Graciana Peñafort agregó en redes: “¿Sabés a quien espiaba Daniel Santoro para darle información a D´Alessio? A sus propios compañeros de trabajo”. Y Verbitsky repitió: “Santoro es el operador judicial del grupo Clarín que, según abundantes constancias en la causa, formaba parte del dispositivo montado por D´Alessio y los servicios de la AFI para intimidar y extorsionar”. Y, a pesar de que Verbitsky considera a D´Alessio “un bocón, fanfarrón patológico”, decide repetirle cuando dice que “Santoro trabajó para la KGB”. Verbitsky ha desarrollado una actitud agresiva contra periodistas profesionales que investigan las prácticas de corrupción de los políticos que él defiende. Así lo hizo contra Julio Nudler, Santoro, Diego Cabot o Hugo Alconada Mon. Además, en este contexto de tensión política, que haya publicado el domicilio de uno de esos periodistas, no fue un gesto amable.

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Periodistas embolsados en el anticlarinismo militante no tardaron nada en el linchamiento mediático, pero también lo hicieron varios de los periodistas que dicen sostener la buena costumbre de no ser obedientes a la grieta en la búsqueda de información, quienes dudaron sin ningún indicio real. Prefirieron el equilibrio político a la verificación de la verdad. Eso también es poner la política por sobre el periodismo. También a ellos la grieta los corrió del eje. Un juego de simetría con los dos lados de la grieta lleva a una igualación que construye una tercera mentira. La comunidad de periodistas tiene que reconstruir una amistad profesional alrededor de los valores centrales, en primer lugar, la verdad.

Otra vez Dolores

 El juez sabe que para procesarlo solo necesita probar la probabilidad positiva de la participación en el delito. Y toma dos medidas amenazantes: la amenaza de que podría detenerlo por la posibilidad de que entorpezca el proceso, y un embargo enorme para alguien que el mismo juez verificó que mantiene a su familia con su salario y no tuvo ningún fin de lucro en su relación de fuente con D´Alessio. Santoro tiene razón en sentirse amenazado.

Dolores es casi una ciudad mítica para el periodismo argentino. Esta fue prácticamente una ciudad tomada por los periodistas durante el juicio por el asesinato de José Luis Cabezas. Gabriel Michi describió ese clima en un capítulo hermoso de su libro Cabezas. Un periodista. Un crimen. Un país. (Planeta, 2017). Es un retroceso tremendo que un periodista profesional tenga que viajar a Dolores con una muda de ropa y un libro de largo aliento, ante la expectativa de quedar preso por su trabajo. D´Alessio es una cosa y Santoro es otra. Santoro es la víctima, no el victimario. Si el juez no entiende eso es que no es un juez. En el expediente no hay nada para procesar a Santoro y, como diría el Rey Lear de Shakespeare, “de la nada sale nada”.


 * Fernando J. Ruiz. Su último libro es Cazadores de noticias. Doscientos años en la vida cotidiana de los periodistas (Ariel, 2018).


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