COLUMNISTAS

Eran para Kirchner

Kirchner todavía pregunta: “¿Por quién doblan las campanas?” ante cada político caído, lo reemplaza como puede y saca cuentas de porcentajes, distritos y votos que podría obtener el oficialismo el próximo octubre.

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Huevazos a Rossi. Fue el lunes 2 en Santa Fe, lanzados por productores rurales mientras él subía al auto.

Kirchner todavía pregunta: “¿Por quién doblan las campanas?” ante cada político caído, lo reemplaza como puede y saca cuentas de porcentajes, distritos y votos que podría obtener el oficialismo el próximo octubre. Quizá leyó la novela de Ernest Hemingway sobre la Guerra Civil Española Por quién doblan las campanas. La frase que inmortalizó Hemingway la escribió por primera vez en 1624 el poeta John Done, y el párrafo original decía así: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

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La belleza metafísica de la pluma de Dole –maestro de lo que en literatura se denomina “concepto extendido”– creó una súper metáfora en la que también Kirchner se podría ver reflejado y obtener una enseñanza. Por ejemplo, que los huevazos (y el excremento de caballo) que días atrás recibió el diputado Agustín Rossi no eran sólo para él, porque si en su lugar, en ese mismo auto, hubiera estado el lunes pasado Néstor Kirchner, los huevos que volaron por el aire como municiones en Laguna Paiva, provincia de Santa Fe, no habrían sido menos.

Si bien es santafesino –lo que agrega irritación a los productores agropecuarios de esa provincia, quienes lo consideran más un “traidor” que un “enemigo”–, y su hermano (quien conducía el auto) también es diputado por esa provincia, Rossi, por sobre cualquier otro legislador del Frente para la Victoria de Santa Fe, es visto con desagrado por ser el jefe del bloque de diputados del kirchnerismo.

No es él solo, sino lo que él representa: a Kirchner.

Reutemann, el peronista con mejor imagen de Santa Fe, al rechazar la invitación a integrar la comitiva presidencial a España y, sin disimulo, expresar que cualquier foto con cualquier kirchnerista es hoy “pianta votos”, demuestra que los huevos no eran sólo para Rossi.

El Kirchner actual se parece al Duhalde de hace tres años: tiene el control de la estructura y muchos recursos, lo que predispone a muchos candidatos a contar con su apoyo, pero de forma solapada, porque exponerse públicamente junto al matrimonio presidencial es un seguro de derrota garantizado.

El rechazo que generan Néstor y Cristina Kirchner en todas las provincias agropecuarias es persistente y prácticamente inmodificable. En esas zonas, la pampa húmeda y sus alrededores, se concentra la mayoría de los votos del país. El kirchnerismo apenas puede esperar el apoyo electoral de varias de las provincias cuya producción está orientada a la minería y la energía –las patagónicas y las andinas, menos pobladas– y del Conurbano bonaerense, su gran esperanza, donde sí se encuentra aglutinada la mayor cantidad de ciudadanos del país. O sea que el kirchnerismo podría hacer una elección decorosa en octubre próximo sólo en aquellas áreas donde casi nada se cultiva. En todas las demás, no sólo perderá las elecciones por una aplastante mayoría, sino que los políticos oficialistas ni siquiera podrán caminar por la calle.

El campo es el fenómeno sociológico más contundente de la última década. Hay que remontarse hasta el origen de los piqueteros para encontrar una fisura de otro sector de la población que afecte a todo el resto del país. Los dirigentes que aumentaron notoriamente su popularidad lo hicieron gracias a haberse opuesto al Gobierno en su enfrentamiento con el campo: Solá en Diputados, Reutemann en el Senado y Cobos desde la Vicepresidencia. Los tres fueron la contracara de Rossi en el Congreso que, a mitad del año pasado, terminó rechazando la 125.

Como el fenómeno piquetero, el campo es una hidra con mil cabezas que se esparce por todo el país, inorgánicamente. Los productores de Laguna Paiva que le tiraron huevos a Rossi son unos chacareros toscos, que sin mucho pensar produjeron la foto política de la semana para luego volver a aislarse en sus campos. Comparten con los piqueteros su carácter de estructuras de base y no se trata de un aparato organizado y bajo control, como es la CGT. Los sindicatos, que emergieron de otra fisura social hace más de medio siglo, ya pasaron por décadas de cohesión y homogeneización, que los transformó en una herramienta política.

El Gobierno dice que no negocia con la Mesa de Enlace porque no importa qué conceda, será siempre insuficiente ante la aversión política de estos dirigentes, que sólo se saciarían con un cambio de gobierno. Es cierto, pero si el Gobierno lograse convencer a los dirigentes de la Mesa de Enlace, lo que acordara con ellos tampoco solucionaría el problema, porque no controlan a todos los ruralistas. Abriendo el paraguas, la Federación Agraria decidió “evitar y no estimular los cortes de ruta” porque son “el peor de todos los mecanismos”, pero advirtió sobre su incapacidad de controlar a los productores autoconvocados.

El viernes, dirigentes kirchneristas hicieron un desagravio a Agustín Rossi por los huevazos. Dante Gullo fue el orador del acto, en el que participaron Daniel Filmus, Remo Carlotto, Jorge Coscia y Dante Dovena. Los discursos (Gullo: “Individualismo o solidaridad, la Argentina del desastre o la Argentina de la solidaridad”) y las declaraciones (Filmus: “Es simbólico que fuera agredido Agustín, quien tiene la fuerza de la palabra”) muestran que el kirchnerismo no lee bien lo que le pasa.

El acto de desagravio no debería haber sido para Rossi sino para Néstor Kirchner, y para ellos mismos. Las campanas no doblan por Agustín Rossi, doblan por cada uno de los kirchneristas.