POLITICA
INTERNACIONALES / 11-S

A cinco años del mega atentado

El ataque terrorista constituyó un punto de inflexión en la Historia. El nuevo orden mundial.

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Antes del 11-S, la administración Bush carreteaba sin levantar vuelo porque sus dos alas no lograban coordinarse. El ala bíblica sólo pensaba en la política interna, obsesionada por limpiar de jueces liberales la Corte, promover la castidad prematrimonial desde el Estado y enfocar el sistema educativo desde la óptica religiosa. Mientras que al ala hegemónica sólo le importaba el mundo, consideraba a las Naciones Unidas como un estorbo y a los mecanismos de consulta con los europeos instancias a respetar sólo cuando acordaran con los proyectos de Washington. En suma, promovía el unilateralismo.
Fue un gobierno sin rumbo hasta que las Torres Gemelas ardieron como antorchas hasta hundirse en el vientre de Manhattan. A partir de entonces, el ala bíblica y el ala hegemónica se descubrieron, se apreciaron y coordinaron su accionar dando nacimiento al hegemonismo bíblico.
George W. Bush, que había llegado al Despacho Oval proclamando el "conservadurismo compasivo" de Marvin Olavsky y bendecido por Pat Roberttson y la Coalición Cristiana, se entregó a los designios de los hegemonistas, el vicepresidente Dick Cheney, el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, proclamando la "guerra contra el terrorismo" con un discurso plagado de conceptos como "cruzada" y "nación predestinada".
LOS PASOS. El primer paso no implicó roces ni problemas. El terrorismo había alcanzado escalas genocidas con la firma de Osama Bin Laden y la red Al Qaeda. Rusia venía padeciendo en el Cáucaso el extremismo wahabita, igual que la India, enfrentada al separatismo cachemir al que asistía el millonario saudita. Por eso Moscú y Nueva Delhi se apresuraron a lanzar el dedo acusador sobre Afganistán, donde Al Qaeda tenía sus bases y era el poder detrás del trono talibán.
Europa apoyó la embestida contra el delirante régimen afgano. La conquista de Massar- e- Sharif, Kabul, la cordillera del Hindu Kush, el desierto de Bamiyán y finalmente Kandahar, contaba con un plan de posguerra medianamente posible, ya que había en Afganistán una dirigencia medianamente creíble para compatibilizar las ancestrales estructuras tribales bajo un líder respetado, Hamid Karzay, que hiciera convivir a las etnias tadjika, pashtún, hazara y uzbeka.
Bin Laden y su mano derecha, el médico egipcio Aymán al-Zawahiry, se escabulleron en el entramado montañoso de la frontera con Pakistán, pero el resultado de la guerra alentó a Washington. Por eso puso de inmediato la mira en el régimen iraquí.
Esta nueva escala de la guerra contra el terrorismo resultaba más al gusto de los unilateralistas. Estaba claro que Saddam Hussein, junto a sus hijos Uday y Qusay, encabezaba un régimen genocida, pero no era para nada claro que tuviera vínculos con Al Qaeda. El carácter ultrarreligioso de la red terrorista, inspirada en la prédica intolerante y radical de Muhamad bin Abd al Wahab, un teólogo que en el siglo XVIII predicaba la jihad contra los infieles en los desiertos de la Península Arábiga, la convertía en enemiga natural del régimen iraquí, forjado en el secularismo del Partido Baas. Además, si bien Europa y buena parte del mundo despreciaban a Saddam Hussein por ser un psicópata con incontinencia criminal, países como Francia y Alemania tenían millonarios negocios petroleros con él y necesitaban desesperadamente el crudo de los yacimientos iraquíes, igual que China y Japón, entre otros. Por eso cerraron filas en requerir la comprobación de que Saddam escondía arsenales de destrucción masiva en violación a las disposiciones de Naciones Unidas impuestas tras la guerra de Kuwait.
Al cabo de largas inspecciones, el sueco Hans Blitz y su equipo de expertos llegaron a la sorprendente conclusión de que Irak no tenía armas químicas ni bacteriológicas. Sorprendente, porque Saddam había tenido esos armamentos, lo prueba que los usó contra iraníes y kurdos, pero no los desmanteló como se debe, o sea a la vista de observadores internacionales. El hecho es que tal veredicto implicó una doble violación de Bush: por un lado sepultó el multilateralismo para actuar sin respaldo del Consejo de Seguridad; mientras que, por otro, engañó al Congreso y a la sociedad de los Estados Unidos diciendo contar con pruebas que en realidad no existían.
Lo primero pudo no ser tan grave ya que, en la guerra de Kosovo, la Otan actuó sin el aval de la ONU, porque China y Rusia vetaron la resolución que legalizaba la ofensiva contra Slobodán Milosevic, sin embargo toda Europa (incluido el eje París-Berlín) lo mismo dio su venia por estar harta de las olas migratorias que producían las limpiezas étnicas del líder serbio. Pero la mentira de la Casa Blanca a las instituciones y la sociedad norteamericanas mostró la gravedad de lo que la administración republicana había generado en los Estados Unidos.
Si Nixon cayó por la mentira del Watergate y Clinton terminó en un impeachment por haber mentido bajo juramento cuando el fiscal Kenneth Star le preguntó por Mónica Lewinsky, Bush debió sufrir incluso mayores asedios judiciales, dado que su mentira tuvo consecuencias trágicas. Pero a esa altura de la guerra que proclamó tras aquel 11 de septiembre, el gobierno conservador había logrado ideologizar in extremis la vida política y social de su país.
EL CAUDILLO. Convertido en el presidente de los Estados Unidos que más se parece a los típicos caudillos latinoamericanos, Bush dividió a políticos, intelectuales y periodistas entre patriotas y traidores. El resultado de su política confrontacionista y maniquea fue la paralización de la actividad opositora de los demócratas y el silencio de la prensa. En ese marco logró la reelección derrotando a John Kerry, a pesar de que la realidad en Irak ya demostraba que el Pentágono no tuvo una estrategia de posguerra. Y en el país del Golfo el mayor desafío no estaba en la maquinaria bélica de Saddam, que ya había sido barrida por la "tormenta del desierto" en Kuwait, sino en el caos que se desataría tras la caída de la tiranía sunita.
A Bush se lo había advertido Brent Scowcroft, consejero de Seguridad del gobierno de su padre. Le dijo que Irak era ingobernable y que, sin una dictadura sunita, estallarían fuerzas centrífugas que lo fragmentarían por el accionar de los kurdos en el norte y los chiítas en el sur. El presidente desoyó la advertencia y empantanó al ejército en un conflicto de baja intensidad como el que carcomió a las fuerzas francesas del general Massoud en Argelia y al ejército soviético en Afganistán. Rumsfeld tejió fracasadas alianzas (como la que hizo con el impresentable Chalabi) que lo mostraron improvisando y sin conocimiento del tablero iraquí.
En el escenario afgano las cosas también se complicaron porque el talibán cuenta con guerreros que, sin acciones terroristas, mantienen su asedio y sus emboscadas contra las fuerzas occidentales. Pero en Irak, los únicos méritos de Bush fueron la caída de Saddam y el hecho de que los marines no plantaron las pruebas que Hans Blitz nunca encontró.
DESPUÉS DEL ATENTADO. En los cinco años que pasaron desde el 11-S, Bush ideologizó y dividió a los norteamericanos, además de haber aislado a Washington debilitando su imagen en el mundo. Al Qaeda ya no es lo que era pero el ultraislamismo siguió con sus acciones de exterminio, mientras que el deterioro en la imagen de la superpotencia envalentonó a regímenes lunáticos como el norcoreano y el sudanés, así como también a milicias fundamentalistas como la de Justicia Islámica en Somalia y Hizbolah en el Líbano.
En el mundo de Bush, Fidel Castro vive un insólito momento de esplendor y el caudillismo autoritario divide a Latinoamérica, mientras se forja una alianza paradójica hasta lo descabellado: la izquierda antiimperialista renuncia a la secularidad y al progresismo para actuar de socio y vocero de retardatarios jeques que predican la teocracia.
La administración republicana, que no hizo nada por fortalecer al gobierno libanés surgido de la "revolución de los cedros" para que pueda desarmar a la milicia de Hassán Nasrallah, parece no tener ni respaldo ni credibilidad para afrontar desafíos como el que está planteando Irán.


Por CLAUDIO FANTINI (POLITÓLOGO, AUTOR DE "LA SOMBRA DEL FANATISMO")