Turismo de elite

Jet set: de Saint-Tropez a las Islas Vírgenes, Epstein sepultó el glamour

Nació como una novela rosa y termina como crónica policial escalofriante. Desde travesuras casi ingenuas hasta cenas servidas sobre cadáveres, el jet set internacional pierde, década tras década, sus encantos. En esa carrera de audacias hubo argentinos que supieron dar la nota.

Comienzo glamoroso y la decadencia del Jet Set Foto: Diseño Alejandra Silva

Dios los crea y el dinero los amontona. El jet set internacional ya existía en los años 30, se llamaba “café society” y se manejaba casi igual que 20 años más tarde: como una élite que sentía la visceral necesidad de demostrar su poder económico. 

Fue así por lo menos hasta 2015, antes de la segunda detención de Jeffrey Epstein, en julio 2019, un mes antes de que apareciera muerto. A pesar de que su doble vida de playboy y asesor financiero hayan unido sus cauces en las aguas oscuras del mal sin retorno, pocos creen que se haya suicidado. Comprendió que nadie se ensuciaría por él, llegó a declararse culpable, pero en el registro de imágenes de su celda faltaban casi tres minutos. El FBI dijo que el material era “en bruto”. 

¿Cómo nació el jet set prometiendo una novelita rosa? 

Jet set francés: en yate, Alain Delon y Brigitte Bardot

Cuando el verde de las cuentan bancarias indicaban que sus titulares no necesitarían trabajar más por el resto de sus vidas, los ricos, pero sólo los muy ricos, invertían su excesivo tiempo libre en reunirse con sus pares para ostentar su lujo abrumador y fingir que se divertían. Muchas veces, digámoslo, lo pasaron genialmente bien, pero no faltaron veces en que el tiro les salió por la culata. 

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No agüemos la fiesta y arranquemos por los comienzos felices, esos que ligan esta historia con la industria del turismo.

Cuando se inventó el jet, el avión a chorro, la manera de viajar cambió radicalmente: pasó del avión a hélice al de reacción (jet), un tipo de aeronave que gana propulsión, altura y velocidad gracias a un motor que funciona como un turbo: chupa aire caliente, lo mezcla con combustible para quemarlo, y luego lo escupe por la cola. Gracias a este portento, Havilland Comet y el Boeing 707 redujeron a la mitad los tiempos de vuelo.

Sí, nadie pensaba entonces en la contaminación ambiental sino en el confort, estigmatizado en una frase muy simple que fue emblemática para describir la agenda del ocio del jet set internacional: “Desayunar en París, almorzar en Nueva York y cenar en Londres”.

Glamour de jet set

Toda este signo de distinción dejó de ser tan incontrastable cuando otra nueva proeza tecnológica de ingenieros aeronáuticos franco-británicos presentaron en sociedad el Concorde, un avión que superaba la velocidad del sonido, volaba tan alto —18.300 metros— que la curvatura de la Tierra se veía sin abandonar el asiento y trazaba una línea divisoria entre la élite y la ultra-élite.

Festival de Cannes. Una pasarela ineludible para el jet set internacional

El círculo que englobaba a la jet society se estrechaba cada vez más. De un lado quedaron la aristocracia de cuna, los empresarios exitosos y las estrellas de Hollywood y Cannes con mejor cachet; del otro, el nuevo estrato élite+. El Concorde dividía las aguas sin mucho esfuerzo: llegó a tener un máximo de 100 asientos, pero todos de única clase, la súper-première, “gente como uno”. 

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Aun así, en algo comulgaban los ricos y menos ricos: “Son personas que viven rápido y se desplazan rápido”, al decir de Igor Cassini Loiewski, un cronista chismoso nacido en Sevastopol, hijo de un diplomático ruso, a quien se atribuye la invención del término “jet set”, que varios periódicos de la cadena de William Randolph Hearst, donde publicaba sus columnas, difundieron con maliciosa naturalidad. 

Los jetsetistas ni siquiera necesitaron una asamblea en la ONU para resolver quiénes serían sus miembros. Lo resolvía el cash flow: quienes podían comprar un ticket que oscilaba entre US$ 8.000 y US$ 12.000, a cambio del privilegio de subirse a un Concorde.

En algo comulgaban los ricos y menos ricos: “Son personas que viven rápido y se desplazan rápido' ”

El vuelo inaugural fue el 2 de marzo de 1969, pero hubo que esperar hasta el 21 de enero de 1976 para su debut comercial. Hasta entonces, seis aviones iban y venían derrochando dinero y combustible a modo de ensayo. Cuando todo estuvo listo, British Airways se quedó con siete naves, Air France con otras tantas, y ambos países estrecharon sus manos como viejos amigos, 150 años después de que la Royal Navy derrotara a Napoleón Bonaparte en las aguas españolas de Trafalgar y se calzara para siempre la corona marítima de Occidente.

Así las cosas, tras 27 años de proezas aéreas, el Concorde abandonó el mercado, no sin antes dejar imborrables recuerdos en los nostálgicos del jet set internacional.

 

El Concorde fue la cima de la experiencia jet set; ultimo vuelo en 2003 (izq.) y el primero el 2 de marzo de 1969 (der.)

Todo lo que ofreció era de rango supersónico: el trayecto de París a Nueva York duraba tres horas y media. 

Se cuenta que las azafatas hacían un despliegue coreográfico para servir en dos horas un almuerzo transatlántico “de negocios”, compuesto por cinco pasos diseñados por Paul Bocuse o Raymond Oliver, sobre vajilla de de Limoge de la casa Raynaud. 

Con un glissade, vaciaban el vino de Burdeos y Borgoña en copas de cristal y hacían un pas de deux de cubiertos de plata Christofle para énlacer con posiciones definidos el caviar, la beluga, el foie gras de pato, la langosta de Bretaña y el filet de boeuf au poivre vert con trufas negras de Périgord. 

Finalmente y antes de cerrar el telón, el relevé de la tripulación danzante para verter el Dom Pérignon o el Krug en la fundición del brindis apoteótico con quesos Brie, Roquefort y Comté.

Las azafatas del Concorde hacían un despliegue coreográfico para servir en dos horas un almuerzo transatlántico diseñado por Paul Bocuse o Raymond Oliver"

Esos años dorados dejaron recuerdos imborrables, que algunas crónicas rescataron con discreto encanto, cada vez que fotógrafos o periodistas lograban alguna instantánea en spots turísticos inolvidables del triángulo áulico. A modo de ejemplo, algunas pinturitas:

-El playboy Gunter Sachs llenando una pileta con miles de litros de champagne. 

-Entre tapados de piel y rodeados de 156 maletas, Elizabeth Taylor y Richard Burton, subiendo o descendiendo escalerillas de avión. 

-Brigitte Bardot tapizada por los pétalos de rosas que caían de un helicóptero. 

-Los autos de oro que Lady Norah Royce Docker se hacía diseñar en Daimler y olvidaba en los aeropuertos. 

-El yate de Aristóteles Onassis tapizado con piel de ballena. 

-Breve escala en París, escapadita a la Place Vendôme y seguir viaje, para aturdir al otro lado del Atlántico, con el nuevo grito de la vieja alta costura.

-Audrey Hepburn —la princesita que quería vivir— ingresando al Chateau de Ferrièrres, debajo de un insólito tocado de jaula-repleta-de-pájaros (“¿qué tienen en la cabeza?”, se preguntaba Freud).

Audrey Hepburn, mucha candidez, pero también figura del jet set


Desde Saint-Tropez

Los nuevos paquetes del turismo de alta gama eran estacionales. En el verano boreal, los jetsetistas del espectáculo, la política y las finanzas se dejaban ver en la Costa Azul francesa, una selección natural que hizo de Brigitte Bardot y Saint-Tropez la capital europea de los excesos. Por entonces, el Hôtel Byblos facturó más que nunca y Les caves du roy llenaba de alcohol a los comensales, hasta que muy entrada la mañana siguiente los eyectaba.

Actores, productores y cineastas detenían sus jets privados en el aeropuerto de Niza y dejaban rodar su brillo mientras ascendían con desparpajo las escalinatas de los Hoteles Majestic y Carlton.

Christina O: el lujo sin precedentes del yate de Aristóteles Onassis

Por su parte, las monarquías europeas y varios tycoons y magnates de gran calibre —como Aristóteles Onassis— preferían el estratégico Hôtel de Paris en Mónaco, el centro neurálgico del Principado, a un kilómetro del helipuerto, a 25 km de Niza y sobre todo, al lado del Casino de Montecarlo.

Los Kennedy y los Sinatra estaban entre los que no deseaban renunciar a los destinos cálidos y elegían las coordenadas de vuelo que los depositaban en el Hotel Brisas de Acapulco (México), que vivió por entonces sus mejores años, hoy una pálida sombra de su gloria.

La industria naviera no quiso quedar en la cola del avión y puso en el mercado un artículo tanto o más glamoroso que el Concorde: el yate"

En invierno, el staff del magazine francés Point de vue se apostaba en la puerta del Palace Hotel de Gstaad para pescar algo de Elizabeth Taylor o algún miembro de la realeza de Mónaco. Cuando no les daban primicias el Kulm y el Budrutt’s de Saint Moritz.

El baile de Truman Capote unió intelectuales, políticos y excéntricos

Con los Ritz de Londres y París, y el Waldorf Astoria, The Carlyle y Studio 54 de Nueva York el vaivén de ricos por los molinetes del Triángulo de Oro estaba garantizado durante todo el año.

Era de rigor que un miembro del jet set alardeara de la cantidad de sellos intercontinentales que ostentaba su pasaporte, su objeto más preciado.

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Ante el alud de dólares que reverdecían el turismo de alta gama, la industria naviera no quiso quedar en la cola del avión y puso en el mercado un artículo tanto o más glamoroso que el Concorde: el yate

Flotas de embarcaciones suntuosas inundaron las costas del Mediterráneo, el Egeo, el Atlántico e incluso el Pacífico, con sedes privadas inexpugnables del gusto más exquisito. En su mayoría eran intangibles palacios flotantes de cinco estrellas que obligaron a los paparazzis a aprender a nadar para robar la mejor foto antes de refugiarse. Tenían grandes desventajas: los dueños de casa encendían los motores y sólo quedaba flotando en una estela de desconsuelo.

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Era inevitable que estos imperios flotantes del placer incrementaran el catálogo de excentricidades

En primer lugar, el cruise dress code: pantalones de lino blanco, mocasines sin medias, enormes anteojos de sol, pañuelos de seda. Esta vestimenta inocente subió de temperatura y color cada vez que se quiso convertir cada encuentro en una fiesta temática.

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Así, la fantasía de cada puesta en escena fue dando paso al asombro, la excentricidad, luego el desparpajo y finalmente la indignación de cierta opinión pública, a medida que se filtraban chismes. 

En 1951, por caso, el multimillonario mexicano Carlos de Beistegui organizó en el Palacio Labia, en Venecia, la que aún se recuerda como “la fiesta del siglo” o “el último gran baile de la aristocracia”. Todos los invitados debían llegar en góndola, vestidos con trajes nobles del 1700. Christian Dior y Salvador Dalí diseñaron algunos.

Estafó, literalmente en varios millones de dólares, a Jean-Claude Van Damme y Mickey Rourke"

En 1966, Truman Capote invitó a políticos e intelectuales al “Baile blanco y negro”. El código de vestimenta puede inferirse fácilmente, pero era obligatorio usar máscara y ya se complicaba saber quién te invitaba una pieza. Allí estuvieron la princesa Luciana Pignatelli, los Sinatra y los Kennedy, siempre de asistencia perfecta. También anduvieron por allá varias figuras del jet set argentino de entonces: los Anchorena, los Estrada, los Mitre, Porfirio Robirosa y hasta cierto punto Carlos Saúl Menem, etc.

El jet set argentino

Otro dato de color es el touch gaucho chic que hicieron valer algunos de  nuestros representantes. La élite argentina congregaba famosos cada temporada gracias al polo y sus torneos abiertos, con un deporte que englobaba varias condiciones valoradas por el selecto mundo jet: lujo natural, rusticidad onerosa, privilegios a plena luz del día, espíritu de clase y algo tan irresisitible, exótico y sin copia como el asado pampeano. 

Hotel Las Brisas, en Acapulco. Era la exclusividad que frecuentaban los Kennedy, los Sinatra y Elizabeth Taylor

Agréguese, como dice Eduardo Menegazzi, periodista especializado en Historia del Deporte, que al polo argentino lo excluyeron de los Juegos Olímpicos a partir de 1948, sólo por celos y envidia, un toque de pimienta infaltable en el jet set internacional. Y fue por una única razón: por su excelencia, ganaban siempre.

Nacho Figueras, el amigo argentino del príncipe Harry, dio detalles inéditos de su próximo proyecto sin Meghan Markle

Así las cosas, las estancias de Hurlingham y Tortugas se turnaban para ser anfitrionas de la aristocracia europea. En estos vaivenes nació la amistad del polista Nacho Figueras y Delfina Blaquier (hija de Delfina Frers) con Harry, el hijo menor de Lady Diana Spencer, y su esposa Meghan Markle. A su turno, el Hotel L’ Auberge, en Punta del Este, también la sede uruguaya de estos encuentros.

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Retomando el furor marítimo que salpicó al jet set, los navegantes jetsetistas también hicieron otro aporte que dejó huella. Frente al gigantismo que caracterizaba los barcos de otras latitudes, Argentina se hizo notar con una industria nacional diferente: las líneas simples, claras y amistosas con el ambiente de los veleros de madera que diseñaba la familia de ingenieros navales Frers (Germán, padre e hijo). Varios de sus centenares de diseños solían verse en los puertos del Mediterráneo.


Excentricidades del jet set

Y ya que llegamos a altamar, nada se compara con el Christina O., del armador griego Aristóteles Onassis. El magnate que fue pareja de Maria Callas (1959-1968) y, sin que medien muchos husos horarios, se casó ese mismo 1968 con Jacqueline, la viuda de JFK, rescató una fragata canadiense en desuso desde la Segunda Guerra Mundial y lo transformó en el yate más extravagante de la historia. 

Los medios especializados comentaban con sorna e indignación que los asientos de la barra “Ari’s Bar” estaban tapizados con prepucio de ballena. Madame, usted está sentada sobre el miembro viril más grande del mundo”, solía decir a sus invitadas de lujo, a quienes terminó contagiando con su estilo directo.

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Con cada nueva edición también llegaron otros excesos y escándalos.

Por caso, Salvador Dalí, quien una vez más dio la nota al diseñar maniquíes-cadáveres sobre los que se servía la cena en el Château De Ferrières-en-Brie. La dueña de casa era una Rothschild, la baronesa Marie-Hélène.

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Hubo falsos ricos, como Christophe Rocancourt, un melómano que creyó que llegaría lejos inventando diversas identidades que lo llevaban hasta el clan Rockefeller, los Rotshschild o incluso la producción en la industria del cine de Hollywood (estafó, literalmente en varios millones de dólares, a Jean-Claude Van Damme y Mickey Rourke). 

En 1974, la policía costera encontró el yate Saba a la deriva por las Islas Bahamas: no había ningún tripulante, pero la cubierta estaba bañada en sangre. Nunca quedó esclarecido si se trató de un ajuste de cuentas del narcotráfico o un episodio de piratería, ya que por entonces el Mar Caribe comenzaba a ser parte de las rutas del contrabando.

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Epstein y el jet set en las Islas Vírgenes

Mientras la mayoría del jet set clásico se componía de un enjambre de tilingos vacuos desencantados de su carga existencial, el caso Jeffrey Epstein suma a la novela rosa del siglo XX una densa inmoralidad que salpica a todos sin privilegios de clase. 

Asco y horror en todos los puntos cardinales. Desde Andrew Mountbatten Windsor —el expríncipe Andrés, el delfín preferido de la magna Queen Elizabeth, el primer miembro de la realeza británica que, desde 1647, tuvo que rendir cuentas de sus actos— hasta al expresidente Bill Clinton que “no vio nada” y el actual, Donald Trump, ocupado en jugar al TEG con municiones de verdad.

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Violaciones seriales, pedofilias, abusos y privación de la libertad. Los sucesos que rebautizaron a Little St. James, una de las Islas Vírgenes, como “la isla del pecado”, marcan en el siglo XXI el límite de cuánto la sociedad está dispuesta a tolerarle a quienes padecen del síndrome de tenerlo todo, sabiendo que lo principal les falta. 

Mansión Hurlingham, un clásico de los abiertos de polo y los invitados internacionales del jet set

Hace mucho, un buen día del año 186 antes de Cristo, el Senado de Roma también puso punto final a las Bacanales que se celebraban, durante las lunas llenas de enero y marzo. 

Cosas del destino, el 3 de marzo del año 2026, hace exactamente 2.212 años de esa cíclica noche de plenilunio en que la sociedad romana dijo basta, nuestro satélite natural se verá de color rojo sangre.

Excesos hubo siempre, entre los ricos, entre los pobres, de todos contra todos. Más allá del ritmo frenético que caracterizó al jet set internacional “de antes”, hay mensajes que a los comunes que no integramos ninguna élite nos resultan menos evidentes. 

Para el Senado de Roma, en su momento, fue el temor de que en esos encuentros cada vez menos secretos de las Bacanales se conspirara contra la República. Y cortaron por lo sano. Igual les costó.

No sabemos todavía si el caso Epstein resultará en un quién-es-quién clarificador entre corruptos, ilusos e indecentes. O si, al menos, podría ayudar a comprender qué es la vergüenza. Lo más probable es que haya más barcos, más aviones, más noches y que abunde el silencio. O que enriquezcan el triángulo de oro con otras líneas geométricas. Las verticales de los viajes espaciales, por ejemplo. 

Si ya no hay lugares inexpugnables en la Tierra, hay que reemplazarlos: probemos con la Luna, conquistemos Marte, dos alternativas cada vez más próximas para unos poquísimos poderosos que todavía tengan ganas de hacer de las suyas en otros espacios privados, eso sí, bien lejos de casi todos. 
 

ML