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COLUMNISTAS / PERFIL 14 AÑOS
domingo 15 septiembre, 2019

Democracia y alternancia

Es inevitable que la política del futuro sea distinta a la antigua y esté más cerca de las formas culturales que ha creado y difundido la red.

por Jaime Duran Barba

ELLOS. Si Alberto derrota a Mauricio en octubre sería el primer presidente peronista que recibe el gobierno de un no peronista. Foto: CEDOC.
domingo 15 septiembre, 2019

México tiene la democracia presidencialista más antigua del mundo después de la norteamericana. Desde la elección de Alvaro Obregón en 1920, todos los presidentes han entregado el mando a su sucesor en tiempo y forma, sin que haya existido nunca un movimiento militar o de cualquier otro tipo que altere el orden democrático. Durante ochenta años los mandatarios fueron del PRI, aunque tuvieron su propia visión del Estado y no expresaron un continuismo mecánico.

En el año 2000 ganó la presidencia Vicente Fox, del PAN, y la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, del PRD. A pesar de la transformación que significó esta elección a nadie se le ocurrió impedir que asuman el mando o pensaron que había que lograr que renuncien antes de que termine su período.

En 2012 el PRI volvió al poder cuando Enrique Peña Nieto obtuvo una ventaja del 6% sobre López Obrador, aunque todas las encuestas decían que la diferencia alcanzaría al 20%. Los estudios siempre fallan con López Obrador. En 2018, cuando los especialistas anunciaban un triunfo más moderado, dobló en intención de voto al candidato del PAN y logró una mayoría aplastante en el Poder Legislativo y las gobernaciones.

En los últimos veinte años se han alternado en México presidentes del PRI, de derecha, de izquierda, sin que eso dañe al proceso democrático, ni signifique el fin de los partidos, ni la persecución a sus líderes. Cuando pierden las elecciones, la pregunta no es cuál será la organización que ocupará su puesto, sino qué harán los derrotados para disputar nuevamente el poder. Ejercer el poder en cualquier función foguea a los dirigentes y les da conocimientos que no se pueden obtener de otra manera. Es esa acumulación de experiencias y formación de dirigentes la que permite que los partidos sean vitales para la democracia.

Otros casos. La alternancia democrática existe también en Colombia, donde ha funcionado a lo largo de toda su historia con la sola excepción de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, que duró cuatro años desde 1953.

Chile ha sido un ejemplo de democracia en la que los gobiernos se sucedieron ordenadamente antes y después de la única dictadura militar que tuvieron, la de Pinochet.

En Paraguay, después de  sesenta años de presidentes colorados, Nicanor Duarte Frutos entregó el poder al izquierdista obispo Fernando Lugo, que fue cesado constitucionalmente por el Congreso y reemplazado por el liberal Federico Franco, que a su vez entregó el mando a Mario Abdo Benítez, del Partido Colorado. 

En Brasil, Itamar Franco, del derechista Partido de Reconstrucción Nacional entregó el poder a Fernando Henrique Cardoso, líder de la socialdemocracia. Después de dos períodos, Cardoso se lo entregó a Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, a quien sucedió Dilma Rousseff, del mismo partido. Actualmente el presidente es Jair Bolsonaro, que se ubica en las antípodas ideológicas del PT.

Uruguay ha sido una democracia estable en la que blancos, colorados y frentistas se han alternado en el poder a lo largo de décadas.

En todos los demás países latinoamericanos ha pasado algo semejante: dirigentes de diversas ideologías se han sucedido en el poder sin que eso provoque traumas. El único país en el que a lo largo de todo un siglo no hubo un presidente no peronista que  pueda entregar el poder en tiempo y forma es el nuestro. Si Alberto Fernández derrotara en octubre a Mauricio Macri sería el primero en hacerlo.

Apocalipsis. La poca experiencia en alternancia democrática difunde una visión apocalíptica de la política. Algunos sienten que si sus adversarios ganan las elecciones se acaba el mundo y por eso, cuando las ganan, creen que es necesario exterminar a la oposición. Ambas ideas son profundamente antidemocráticas. En una democracia normal quienes pierden se convierten en contrapeso del poder y se organizan para tratar de ganar las siguientes elecciones, reforzados por la experiencia adquirida por sus cuadros en el ejercicio del poder. Esto que ocurrió en el pasado, debemos repensarlo en una sociedad líquida como la nuestra. Si bien la historia nos ayuda a comprender los procesos políticos debemos ser conscientes de que en actualmente las transformaciones se suceden con una velocidad que crece de manera exponencial. 

En términos reales Mauricio Macri ganó hace cuatro años con un 51% de los votos, frente al 49% de Daniel Scioli, que representó en ese momento lo que en 2019 es el Frente para Todos. En las PASO Cristina y Alberto Fernández se aproximaron al mismo 50% de votos.

Argentina se encuentra dividida en dos partes de tamaño similar que tienen actitudes distintas ante la vida, que se expresan también en la política. Los unos están más apegados al cambio y los otros más vinculados a la política tradicional. La realidad no existe en blanco y negro. Hay oficialistas que tienen comportamientos anticuados y opositores que comprenden la política contemporánea, pero quienes están  relacionados con el mundo y la tecnología de manera inteligente se sienten mejor expresados por Macri y quienes tienen actitudes más arcaicas lo rechazan. Los unos quieren una Argentina integrada al mundo, los otros prefieren un país encerrado en sí mismo.

Un lado. Por un lado está la política clientelar, que se alimenta de una pirámide de favores que alimentan el funcionamiento de un aparato. En esa visión de la política es normal distribuir casas y subsidios entre quienes son sus partidarios, manejar esos beneficios a través de organizaciones políticas afines, como es el caso de organizaciones piqueteras, barriales, como la Túpac Amaru de  Milagro Sala o Sueños Compartidos de Hebe de Bonafini. Quien recibía esos beneficios debía ir a manifestaciones y trabajar por el grupo político que los mantenía. Existía un manejo piramidal del poder  en el que los cuadros formados manejaban a gente que en muchos casos ni siquiera sabía para qué iba a una movilización, como lo comprobaron radios y canales de televisión que entrevistaron a algunos movilizados. Pasa lo mismo con las ollas populares, donde se produce un buen espectáculo y no en donde existe  gente con hambre. Este no es un ataque ni una crítica, sino una descripción de un método de hacer política que fue normal durante un siglo y sigue existiendo. Finalmente es la aplicación de la teoría de Lenin en Qué hacer, cuando habla de la clase en sí y la clase para sí. Existen por un lado obreros o en este caso pobres, que tienen necesidades pero no conciencia de clase y por otro cuadros políticos formados en la teoría, que tienen conciencia revolucionaria y pueden conducirlos a luchar por sus verdaderos intereses, superando el trade unionismo. La mayoría de los que hacen piquetes y bloquean la Ciudad no saben por qué lo hacen, pero obedecen a dirigentes iluminados, que además los ayudan a satisfacer sus necesidades inmediatas. Esa es una forma de movilizar a la gente que nunca empleó el macrismo.

Otro lado. En contraste hay personas que nacieron con las nuevas comunicaciones y la red, que pusieron en crisis el estilo vertical del líder que predicaba y decía lo que se debe hacer. Quieren participar de los procesos políticos por sí mismas, sin que los lleve en un camión un puntero esclarecido. Los que participaron de la manifestación espontánea de respaldo a Mauricio Macri hace pocas semanas fueron porque querían, sabían por qué estaban allí, defendían una visión de la política que no dependía de la convocatoria de alguna organización. Era una movilización de la política posinternet, como fueron los Forajidos de Ecuador, la 132 de México, los Indignados de España, los chalecos amarillos de Francia. No dependen de aparatos que los movilizan sino que expresan la voluntad libre de ciudadanos que participan de manera activa en la política. Reproduzco literalmente el tuit de uno de los asistentes, que expresa esa nueva visión: “La imagen de MM en el balcón es de una enorme subversión tremenda de lo establecido. El líder escucha, no discursea; agradece y no arenga; es convocado en vez de convocar, no imparte órdenes a las masas como un caudillo sino que recibe un mandato republicano de la ciudadanía”.

Los nuevos electores seleccionan ciertos elementos del mensaje que envían  los líderes y ni siquiera toman nota del resto de lo que se les dice. Recuerdan lo que a ellos les parece importante, no lo que el orador cree importante. Reproducen ese mensaje a su aire, lo envían a sus conocidos, hacen memes, dibujos, comentarios. Escogen lo que quieren del mensaje del dirigente y lo transforman. Se produce algo parecido al juego del teléfono descompuesto que organizábamos en las clases de comunicación, cuando pedíamos a uno de los asistentes que diga algo al oído de quien tenía a su lado, que debía hacer lo mismo con otro, y así sucesivamente, hasta que volvía el mensaje a su autor original. Después de pasar por los oídos de treinta  personas volvía  convertido en algo completamente distinto.

Pasa lo mismo con el mensaje político en la era internet, que cambia según pasa de un ciudadano a otro miles de veces y queda convertido en algo distinto, producido por la gente en base a algunos elementos de los que comunican los dirigentes.

Las personas de mentalidad arcaica creen que la red sirve para manipular a los demás y en el extremo, contratan trolls para sus campañas. Siempre hay avivados que se ganan unos pesos vendiendo troll centers que no sirven para nada. La nueva sociedad nacida con la revolución de las comunicaciones es inmanejable, y está llevando a las instituciones políticas occidentales a una crisis total.

El macrismo expresa a millones de argentinos que se sienten conectados de alguna manera con las transformaciones. Navegan, viajan, aprenden idiomas, estudian. Muchos argentinos han cambiado, siguen cambiando todos los días, las actitudes de nuestros nietos son completamente distintas a las nuestras en todo.

Es inevitable que la política del futuro sea distinta a la antigua y esté más cerca de las formas culturales que ha creado y difundido la red. La mayoría de esos nuevos electores tienen esperanza en un futuro distinto, quieren integrarse al mundo, estar en la punta de la tecnología,  y por eso votaron a Macri aunque también padecen penurias y rechazan los efectos de la política económica en su vida cotidiana.

 

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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