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COLUMNISTAS / malestar
sábado 11 julio, 2020

Las sociedades protestarán

La economía agoniza, la grieta se acentúa, harta el encierro, indigna la impunidad, explota la pobreza.

Salud vs. Economía. Problemas en relación con la transmisión. Foto: Pablo Temes

En un reciente artículo del médico y escritor neoyorquino Dhruv Khullar, que publicó The New Yorker con el título “How the Protests Have Changed the Pandemic”, el autor plantea un fenómeno apremiante: la convergencia entre la protesta social, que se desató en Estados Unidos contra el racismo, y el coronavirus. Afirma que los expertos, aun sensibles a los reclamos populares, sostienen que aunque no pueden considerarse como la única causa, las manifestaciones callejeras están contribuyendo al rebrote del virus que asola al país.

Más allá de esa secuela, impactan los testimonios acerca de un dilema menos advertido que el publicitado “salud versus economía”. Aquí se plantea otro, igualmente dramático, en particular para poblaciones que padecen alguna forma de exclusión: salud versus desigualdad. El artículo describe la disyuntiva de un médico afroamericano tironeado entre los dos términos: por un lado, la salud de su comunidad, de la que se siente responsable; por el otro, el desprecio racial y la violencia de la policía, que generan una impresionante ola de repudio y protestas.

Lo expresa de un modo desgarrador, aunque inequívoco: “Soy un hombre negro y un médico. No puedo elegir una identidad por sobre la otra, ni quiero hacerlo. Dos factores en conflicto, el racismo y el Covid, están matando a mi comunidad. Siento que es realmente injusto que no pueda luchar contra ambos al mismo tiempo”. Lo resuelve diciéndole a su gente que si están convencidos tomen las precauciones y salgan a la calle a hacer oír su voz. Por cierto, este médico conoce el trasfondo del drama: los afroamericanos tienen tasas más altas de enfermedades crónicas que los blancos, un fenómeno atribuible a la pobreza, los barrios inseguros, el acceso limitado a la atención médica y los prejuicios persistentes y generalizados. En estas condiciones, el coronavirus pegó con mucha mayor saña en esas poblaciones.

Estos y otros episodios trágicos nos ponen ante un escenario altamente probable, sobre todo en países muy desiguales o en aquellos que no podrán inyectar cifras siderales de dinero en sus economías para reactivarlas: después del coronavirus las sociedades protestarán. Harán sentir el descontento, ocuparán las calles, acaso serán agresivas, reclamarán por sus derechos vulnerados.

No es posible precisar la intensidad que alcanzará esa rebelión ni cuáles serán sus consecuencias políticas y económicas a escala global, pero sí puede responderse por qué es muy factible que ocurra. La razón es que las protestas estallaron en 2019, antes del virus, y están reviviéndose ahora mismo, como lo muestra el caso de Estados Unidos y de otras naciones. Desde entonces, nada sustancial cambió.

Ante esa frustración, salvar la vida o vivir mejor es la prioridad para millones de habitantes del planeta, reforzada ahora por la pandemia. Son los pobres, los discriminados y marginados, las víctimas de las dictaduras, los desocupados, los agobiados por la corrupción y los impuestos. La lista de razones y víctimas es extensa y el Covid las ha expuesto como heridas lacerantes.

 Conviene detenerse en 2019 para fundamentar este pronóstico. Lo primero que impresiona es la multiplicidad de causas que generaron las protestas y la dimensión internacional del fenómeno, que ocurrió en países con culturas y formas de gobierno muy diversas. Irak, Líbano, Irán y Argelia en Medio Oriente; Hong Kong en Asía; Francia, Reino Unido, Georgia y Cataluña en Europa; y Chile, Bolivia, Colombia, Nicaragua y Ecuador en América Latina.

Los móviles de los levantamientos fueron heterogéneos y afectaron a distintos estratos sociales y regiones dentro de cada nación. Unos tomaron la calle por una razón, otros por otra, lo que en algunos países profundizó las rencillas pero en muchos generó consensos impensados. En Líbano, un territorio con fuertes divisiones religiosas, logró reunir a jóvenes cristianos, chíes y suníes. En Chile, un amplio espectro social se alzó contra un modelo de sociedad considerado ejemplar por el establishment. En cualquier caso, el resultado fue contundente, provocando conmoción en el poder, que se expresó con la caída de varios gobiernos y el giro rápido de otros para atender las demandas insatisfechas.

A grandes trazos, la impotencia de las élites para resolver los problemas de la sociedad constituye la razón de fondo de las protestas, cuyas características son la masividad y la no violencia, más allá de excepciones y situaciones incontrolables. Sobre su efectividad, argumenta Erica Chenoweth, politóloga de Harvard especializada en revueltas, que las protestas no violentas son más eficaces que las violentas, enfatizando el papel de los jóvenes y de las mujeres en las ocurridas últimamente. Sin embargo, también sostiene que consideradas en perspectiva histórica las rebeliones populares han logrado menos cambios profundos que en el pasado. Se generalizan y se repiten, insistiendo una y otra vez en los reclamos, sin poder transformar el sistema.

“El capitalismo debe cambiar” demandan muchos dirigentes e intelectuales progresistas luego de la pandemia. Entre ellos nuestro Presidente. Ante esa solicitud, la pregunta incómoda es si puede cambiar, y bajo qué condiciones lo haría. A propósito, Sheri Berman, profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia, les recuerda a voluntaristas e idealistas una distinción clásica: no es lo mismo crisis que transformación. Para que esta suceda deben darse otros factores, además de movilizaciones populares: críticas consistentes al viejo orden, consensos, programas y liderazgo. Tanto Lenin como Milton Friedman sabían eso, concluye Berman.

En este mundo conflictivo debe insertarse la cuestión crucial para nosotros: qué sucederá en la Argentina -el país del “que se vayan todos”- cuando ceda la plaga. En 2019 se dijo que los argentinos concurrieron a votar en lugar de protestar, a diferencia de otros países. Ahora no les tocará votar y tendrán muchas razones de descontento. La economía agoniza, la grieta se acentúa, la impunidad indigna, explota la pobreza, el encierro harta. El jueves se vio un anticipo de ese malestar, aunque nuestras volubles clases medias sufren mucho menos que las víctimas de la discriminación racial.

Para contener la desesperación, el Gobierno sostiene la economía, aunque en una situación de fragilidad extrema, propia de un país quebrado. Cuando ese apoyo decline habrá que enfrentar la realidad. Si para entonces no hay una respuesta consensuada y sensible de la clase dirigente, podría repetirse la pesadilla de veinte años atrás.


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