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COLUMNISTAS / perspectiva de genero
sábado 10 noviembre, 2018

Razones detrás del comportamiento

Los que deciden suelen ser, en general y por razones históricas, en su mayoría hombres.

Susana Malcorra

default Foto: CEDOC
sábado 10 noviembre, 2018

Cuando tenía dieciséis años tuve la magnífica oportunidad de participar en un programa de intercambio estudiantil por el que pasé un año viviendo con una familia y estudiando en la escuela pública de Vandalia, un pequeño pueblo de Missouri, en Estados Unidos. Fue una experiencia que, en muchos sentidos, signicó una fuerte influencia en el desarrollo de mi carrera profesional. Siempre tuve claro que Vandalia no es exactamente Nueva York, y que esa frase que tan bien cantaba Frank Sinatra: “If I can make it there, I’ll make it anywhere” (“Si lo puedo lograr allá, lo lograré en cualquier parte”), no se aplica a este caso. Pero no puedo negar que haberme sentido exitosa en adaptarme a una cultura diferente, con un idioma diferente, tan lejos de mi familia y en un lugar tan distinto de mi Rosario natal me hizo sentir que no habría desafío que no pudiera encarar. La confianza en una misma lleva, sobre todo, a no desperdiciar energía tratando de presentarse a los demás como algo distinto de lo que se es. Permite insertarse con franqueza en el ambiente en el que se actúa y encarar los asuntos con energía y naturalidad. Eso fue fundamental en mi desarrollo profesional. (...) Estoy convencida de que este enfoque fue vital en mi carrera en todos los ámbitos en los que actué, desde el colegio sindical de Rosario hasta la Cancillería. (...)

Hoy, ya muchos años después, la frase de Henri Frederic Amiel me sigue fascinando porque no dejo de encontrarle interpretaciones, algunas ambiguas y otras hasta contradictorias, como suele suceder con los aforismos. Sin embargo, a pesar de las otras interpretaciones posibles, creo que lo que me sugirió cuando la leí por primera vez fue, y sigue siendo, uno de los valores fundamentales de mi enfoque personal y profesional. “Lo inacabado no es nada” me dice que cuando una asume un objetivo final debe continuar con esa responsabilidad hasta lograrlo o, a veces, hasta la convicción profunda de que, a pesar de haber hecho todos los intentos razonables, las circunstancias lo han hecho imposible. Lo que no es válido, porque “no es nada”, es abandonar un objetivo final cuando se ha logrado un éxito parcial y así tomar un crédito fácil. Esas son estrategias de patas cortas. La tenacidad acerca el objetivo, favorece la creatividad y fortalece al equipo de trabajo.

Por supuesto que la tenacidad se apoya en la pasión. Pero tenacidad es un concepto que tiene valor en sí mismo. La tenacidad implica constancia y, en ese sentido, llama a mantener en el largo plazo el esfuerzo por alcanzar la meta. Pero también implica firmeza, la fuerza de la tenaza, que llega más lejos que las manos y con más poder. La tenacidad, mezcla, entonces, de constancia y firmeza, es la condición de mantenerse en el camino del logro del objetivo a pesar de los obstáculos circunstanciales. La tenacidad se diferencia de la obstinación en que siempre busca un objetivo noble, lo que permite mantener una mente amplia para comprender los puntos de vista de los otros y negociar positivamente un resultado posible.

Quiero ahora agregar algunos comentarios acerca de la perspectiva de género, una perspectiva que debería informar todos los campos de actividad humana. En estos tiempos existen muchos especialistas analizando este tema desde muchos puntos de vista diferentes, desde la ética y la justicia, desde la psicología, la biología y la neurología, desde la historia, desde la literatura. Todo esto es muy necesario y muy bueno. En este caso (...), mi enfoque estará restringido al de mis experiencias personales en los ambientes organizacionales en los que me tocó desempeñarme. (...)

Los ejemplos de la primera faceta, la de favorecer a los hombres para puestos de responsabilidad, son sumamente numerosos y no hace falta que mencione ninguno aquí, todo el mundo conoce muchos. Pero lo interesante es analizar las razones detrás de este comportamiento. En mi experiencia, el miedo es un factor clave. Los que deciden suelen ser, en general y por razones históricas, mayoría de hombres. En los procesos de decisión que llevan a cabo y que terminan en la elección de otros hombres, he descubierto que opera parcialmente un cierto temor oculto a que, si se vuelcan por una mujer y esa mujer fracasa –como puede pasar con cualquiera– serán criticados por no haber seleccionado un hombre. Elegir un hombre les otorga frente a sus pares una cierta “cobertura” ante el riesgo de fracaso. Adicionalmente, he podido comprobar en muchos hombres un cierto temor al simple hecho de tratar con mujeres en posiciones de poder. Temen que, en su trato diario y, sobre todo en situaciones de conflicto, deban comportarse de manera diferente de lo que harían con un hombre, algo a lo que ya están acostumbrados. Sienten que la selección de una mujer puede implicar que deban aprender una nueva modalidad de trabajo, y prefieren evitarlo.

La segunda faceta es consecuencia de la primera. En muchas situaciones se “consulta” con mujeres o con organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres para obtener su punto de vista. La “consulta” otorga una cobertura de imagen, pero la verdadera influencia se da cuando se participa en una decisión, no cuando se da una opinión. Más allá de la discusión acerca de los motivos y de la combinación natura-nurtura que sea correcta, la realidad es que mujeres y hombres crecemos con experiencias de vida diferentes, nos vemos inmersos en procesos biológicos distintos y, finalmente, tendemos a percibir con diferente fuerza aspectos diferentes de la realidad y a valorarlos de manera distinta.

*Autora de Pasión por el resultado, Paidós (fragmento).


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