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CULTURA / jonas mekas: nueva york y los años 60
domingo 28 mayo, 2017

Cámara a diario

Segundo libro de Jonas Mekas publicado por Caja Negra, “Cuadernos de los sesenta. Escritos 1958-2010”, da cuenta de uno de los mayores momentos artísticos de la capital mundial del siglo XX. En el libro desfilan, entre otros, William Burroughs, Andy Warhol, John Cage, Susan Sontag, John Lennon y Yoko Ono, en forma de diálogos, entrevistas, reseñas y manifiestos.

Osvaldo Baigorria

Registros multiples. El cineasta de origen lituano –emigrado en 1949– Jonas Mekas fue uno de los protagonistas centrales de aquel latido psicotrópico que el libro recupera. Foto: cedoc
domingo 28 mayo, 2017

Que el proceso puede ser más interesante que el resultado es algo que las vanguardias de Nueva York en los sixties deberían haber tenido presente cuando el sueño aún no había terminado. En esos años, registrarlo todo por escrito en un cuaderno personal o filmado por una cámara Bolex que llevaría a todas partes se convirtió en una obsesión para Jonas Mekas. Razones no faltarían, porque esa ciudad fue epicentro de una explosión de creatividad que ya se había iniciado a fines de los 40, justo cuando Mekas llegaba como hambriento refugiado lituano a Brooklyn. Allí pudo presenciar, y de alguna manera potenciar, el nacimiento de una cultura underground y su sueño de una liberación total desde los primeros picotazos para romper la cáscara. El registro puede ser tan inestable como una cámara en mano pero los testimonios son irrefutables: en Cuadernos de los sesenta. Escritos 1958-2010 desfilan, entre otros, William Burroughs, Andy Warhol, John Cage, Susan Sontag, John Lennon y Yoko Ono, en forma de diálogos, entrevistas, reseñas y manifiestos como En defensa de la perversión, del propio Mekas, que en 1958 escribía: “En una sociedad bastarda, estandarizada, conformista y enferma, la perversión es una fuerza de liberación. Ser beat hoy es ir contra la normalidad y el conformismo, ser inmoral, ser perverso”.

Ya en su diario de sobreviviente de guerra Ningún lugar adonde ir, también publicado por Caja Negra, había mostrado una vocación de reportero que pronto se volcaría hacia el home movie documental de circulación independiente. El discurso de Mekas seguiría siendo más fascinante que sus películas-diario, que pueden resultar agotadoras y requerir muchas horas o días de labor para verlas, no digamos hasta el final porque a veces un fragmento es suficiente, sino apenas en parte. Pero su deseo de libertad, paradigma de esos artistas-activistas de los 60 que recupera en estas páginas, lo llevaría a proponer y elaborar con audacia una defensa del arte aficionado y no profesional.

En diálogo con Pier Paolo Pasolini, uno de los mejores de esta selección traducida por Guido Segal y prologada por Pablo Marín, Mekas expone la idea, que él mismo admite “exagerada”, de que todas las cámaras caseras que había en los hogares del país en los 60, unas 7 millones de cámaras de 16 mm y 8 mm, fuesen “liberadas” y puestas a disposición de toda la gente que deseara hacer películas: “Este es el verdadero sentido de lo que llamamos cine underground. Quitarle el cine a la industria y a Hollywood”. Pasolini tiene sus dudas, le pregunta cuántas máquinas de escribir habría en ese país, y por qué cree que el cine sería un mejor medio hacia la liberación que la literatura. Las respuestas de Mekas son ingenuas (“porque las cámaras muestran fragmentos de realidad, rostros y situaciones”) pero valientes y dan una idea de los debates que atraviesan todo el libro: “Estamos recaudando dinero para un proyecto que hemos llamado ‘Encuentra tu propia salida con una cámara’, en el que planeamos entregarles doscientas cámaras a jóvenes negros de entre 16 y 20 años”. El desencantado y profético Pasolini, en cambio, sugiere que la única esperanza es que se produzca una guerra civil en EE.UU.: “Si eso ocurre, el mundo estará a salvo por los menos trescientos años. ¡Espero ansioso una guerra civil en los Estados Unidos! Si no, este país asumirá la herencia de Alemania y llevará el nazismo hasta sus últimas consecuencias”.

Reseñas de happenings, experiencias psicodélicas con Timothy Leary, comentarios sobre el cine de Stan Brackhage y los conciertos de Cage, fotos del funeral de Allen Ginsberg, posters y anuncios, imágenes de ensayos, una entrevista a Gregory Corso, un extracto del manifiesto del Orgies Mysteries Theatre, performances sangrientas del austríaco Herman Nitsch, debates sobre imperialismo cultural, notas sobre danza y artes mediáticas en el Village Voice, reflexiones sobre las películas Fly, Legs y Bottoms, de Lennon y Yoko, con sus nalgas desnudas en exposición y en largas conversaciones que parecen casi sin edición, se cruzan en este collage deseante que intenta abarcar la totalidad de lo que fue vanguardia en esa ciudad que Mekas adoptó como su hogar de exiliado.

“El diario en el arte es el formato más personal y democrático. Quien elige llevar un diario en el mundo del arte es alguien abierto a todas las posibilidades, que no descarta nada, porque todo eventualmente encuentra su uso”, escribió Mekas sobre Warhol cuando éste caminaba por las calles de Manhattan y filmaba lo que aparecía ante su vista, pero finalmente es una definición de sí mismo: “El trabajo del cronista nunca acaba, lo guarda todo, es un ojo abierto, es el balde de basura en el que todo cabe y todo lo recibe”. Sin embargo, ese recipiente de residuos tiene un filtro, un sesgo en la mirada, que invierte el canon y las jerarquías para dejar abajo lo profesional o comercial y poner arriba lo subterráneo, improvisado y amateur: “Prefiero el período en que se afinan los instrumentos al concierto en sí mismo. El no-arte del material crudo es más potente en su estado aleatorio que el resultado final”.


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