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CULTURA / Libro / Reseña
lunes 30 septiembre, 2019

Clásico de la semana: "El guardián entre el centeno", de J. D. Salinger

Al publicarse, en 1951, el libro despertó muchas controversias por retratar sin reparos la sexualidad y la rebeldía adolescentes.

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Juan José Becerra


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J.D. Salinger (Nueva York, 1919 – Cornish, 2010) Foto: Cedoc
lunes 30 septiembre, 2019

La historia de J.D. Salinger  (1919 – 2010) es la de alguien que pasó una infancia acomodadísima en un piso de Park Avenue, fue a la academia militar sin vocación, fracasó como estudiante de arte, viajó a Polonia y Austria antes de la Segunda Guerra y volvió como militar con las tropas que liberaron París sin tener noticias, para bien de su obra futura, del alcalde americano en las sombras, Ernest Hemingway, quien le contó a todo el mundo que él había sido el primer americano que liberó París (en realidad liberó un hotel, como bien cuenta el documentado Enrique Vila Matas en “París no se acaba nunca”). En esas circunstancias, el soldado Salinger y su compañero de batalla John Keenan detienen en las calles a un “sospechoso colaboracionista”, pero antes de llevárselo la turbamulta lo descubre y lo lincha. Un lindo recuerdo del retorno a la libertad posnazi.

En ese huevo multiforme se fue incubando por descarte o hastío “El guardián entre el centeno” (1951), una novela misántropa de iniciación que, a diferencia de lo que se había esforzado Mark Twain para negarlos, revela los aspectos bestiales de la juventud. El libro, que es al mismo tiempo un laboratorio de salvajismo contenido y una granja de recuperación (tal vez por eso fue objeto de prohibiciones y lecturas obligatorias), se mueve mediante una voz agresiva y contestataria cocinada en el caldo de insatisfacción de la época. O sea: es una novela política.

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La historia que se cuenta de un modo vívido y cansino (así es todo en sus páginas), y que inspira tanto el cine de etnografía adolescente de Larry Clark como “La naranja mecánica”, de Antonhy Burguess, es la del celebérrimo Holden Coulfield, quien vaga sin rumbo y choca mentalmente con su familia cada vez que piensa en ella. No hay dudas de que la fuerza que lo empuja es la del trance de la emancipación, una fuerza que no necesita un sentido para manifestarse o, en todo caso -y para ganar tiempo, porque el adolescente es un poco paranoico- se manifiesta en una carrera hacia adelante.

Si la calidad de la literatura de “El guardián entre el centeno” fuese puesta en duda por su regodeo modernista, sus exabruptos celineanos y su nihilismo deprimente, no se advierte a simple vista que puede cuestionarse el carácter de su autor. Más bien hay que reconocer que Salinger es un carácter puro -es puro carácter-, una materia prima sin la que la literatura no podría existir.

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Como si el carácter fuese poco para mantenerse en la memoria de varias épocas, Salinger es además un caso clínico que, según la biografía sosa pero vasta de David Shields y Shane Salerno, se deja entrever que empieza a brotar del ex soldado en la tercera edición de “El guardián entre el centeno”, cuando decide retirar su foto de la solapa. Desde ese momento su lucha por la intrascendencia, la desaparición y la inmersión en el olvido es ardua y vana. Primero porque dejó de escribir en 1963 y la inactividad produce en los otros reflujos enfermizos de interés, después porque su obra es breve y eso fija la memoria de los lectores y, finalmente, porque cuando Mark David Chapman asesina a John Lennon tenía encima un ejemplar de “El guardián entre el centeno”. Lo que convirtió al crimen en el fenómeno de publicidad estática más extraordinario en la historia de la literatura.    


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