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CULTURA / Pensador presocrático
miércoles 3 julio, 2019

Filosofía en 3 minutos: Heráclito

Admirado por Hegel, Nietzsche y Heidegger, el mensaje de Heráclito el Oscuro nos recuerda que sin la diversidad el mundo se reduciría a lo Mismo.

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por Ruben H. Ríos


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Heráclito de Éfeso (540 a. C. - 480 a. C.) Foto: CEDOC
miércoles 3 julio, 2019

Si bien se acepta que Heráclito el Oscuro, como ya se lo conocía en la antigüedad, era un ciudadano de Efeso, ciudad ubicada en Jonia (hoy Turquía), hay menos certeza acerca de la época en que vivió. Conforme a algunas fuentes a las que se reconoce autoridad, el curso de su vida se desarrolla entre fines del siglo VI y comienzos del V a. C. De su obra, como la de todos los presocráticos, solo han llegado fragmentos y aforismos citados por otros autores, aunque se reconoce que escribió un libro, De la naturaleza, al parecer dividido en tres partes: “Cosmológica”, “Política” y “Teológica”. Debido a que critica a Homero, Hesíodo, Pitágoras y Jenófanes, entre otros poetas y filósofos, se supone que vivió después de ellos o que era contemporáneo. También, por esta misma actitud de cuestionamiento a otros, se le atribuye dar inicio a una práctica muy difundida de allí en más en la filosofía: el contradecir a aquellos que se considera que están equivocados.

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Como sea, la influencia de Heráclito es considerable. Aristóteles afirma que el primer maestro de Platón fue un heracliteano, Crátilo (un diálogo platónico lleva su nombre), y aparentemente también impartió enseñanzas a Sócrates. El estoicismo, fundado por Zenón de Citio en el 301 a. C., recoge varios elementos del pensamiento de Heráclito, entre ellos el concepto de lógos, una palabra que se ha traducido de muchas maneras: “pensamiento”, “discurso”, “palabra”, “razón”, “inteligencia”, “sentido”, etc. La Biblia de los Setenta, la primera traducción al griego de los escritos sagrados hebreos, realizada entre los siglos III y II a. C., traduce la palabra dabar como lógos, luego, en el Evangelio de San Juan, traducida como Verbum. Por otra parte, a través de los estoicos romanos, llega a los primeros pensadores cristianos, la mayoría de ellos formados en el neoplatonismo. Plotino, uno de los principales exponentes de esta escuela, recupera parte de su legado. En la edad moderna, Hegel se declara un discípulo suyo y Nietzsche se inscribe a sí mismo en la estirpe heraclítea. Entre los filósofos más recientes, Heidegger se muestra como un gran intérprete de Heráclito.

El término lógos es fundamental en el pensamiento heraclíteo. Esta palabra se emparenta con el verbo légein, cuya raíz significa “reunir”, en el sentido de “coleccionar”, “agrupar”, “recoger”, y por extensión también adquiere el valor de “decir”, en la medida que esta actividad consiste en coordinar un conjunto de vocablos reunidos con algún criterio o sentido. Heráclito denomina lógos al principio según el cual se produce la totalidad de las cosas físicas, lo común a la multiplicidad de ellas y la unidad de cada una y sin la cual no serían lo que son. Dicho de otra manera, el lógos es lo Uno del Todo, la unidad de lo múltiple, lo que “reúne” a la heterogénea diferencia de las cosas entre sí (y a cada una de ellas individualmente) y sin el cual, por lo tanto, no existiría la totalidad (el kósmos: “orden”) o existiría como una pura dispersión, como una pluralidad absoluta, un heterogeneidad puramente múltiple. Se entiende que sin el lógos no habría nada inteligible, ninguna “cosa” como un conjunto unido.

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El lógos, que los estoicos transforman en una divinidad racional, en Heráclito no gobierna la totalidad desde el exterior a ella sino desde dentro, en forma inmanente o a través de todas las cosas. Como dice un fragmento: “escuchando al lógos, y no a mí, lo sabio es ponerse de acuerdo en saber que todo [en griego plural] es uno [singular]”. Lo cual puede entenderse que Todo es Uno como a la inversa, que Uno es Todo. No importa, porque el lógos unifica la multiplicidad de lo que existe, la totalidad de las cosas diferentes y opuestas, contrapuestas y heterogéneas, antagónicas y disímiles. De aquí que, según otro aforismo, “la armonía más bella surge de las cosas diferentes”. Sin embargo, esta conjunción no viene dada simplemente por algún poder armonizador del lógos que reúne, sin conflicto, los opuestos y desiguales. El fragmento 80 es claro al respecto: “hay que saber que la lucha es común, que la justicia es un combate, y que todo se produce gracias a la lucha y la necesidad”. Otro aforismo lo dice más claramente: “La guerra [polémos, masculino en griego] es el padre de todas las cosas. A unos hace libres, a otros esclavos”.

El estado fragmentario de los escritos de Heráclito ha permitido muchas interpretaciones y reformulaciones, pero ni los estoicos, que en algunos casos convierten al lógos en un pneuma (“soplo”), ni la teología cristiana que hace del hijo de Dios el lógos encarnado, ni la lógica dialéctica de Hegel que resuelve la relación de los opuestos en una contradicción y en un tercer término (una “superación”) en devenir cada vez más universal, transmiten acaso lo esencial de este principio heraclíteo: su carácter de unificar la multiplicidad de todas las cosas sin someterlas a lo Mismo. No es que en Heráclito “todo fluye”, como Platón le hace decir a Crátilo, sino todo se compone de diferencias y desemejanzas y, de esa manera, “cambiando, está en reposo”, como afirma un fragmento. Si “no es posible entrar dos veces en el mismo río” (fr.91), según el conocido aforismo, se debe a que el río nunca es el mismo, siempre está divergiendo consigo mismo o, dicho de otro modo, es no siendo idéntico. El lógos sólo reúne la diversidad sin eliminarla.

Se podrá impugnar el pensamiento de Heráclito como se quiera, por paradójico, críptico, inescrutable o hermético, puesto que no carece de oscuridad, como ya lo notaron los antiguos. La filosofía inevitablemente se enfrenta con lo más oscuro y a veces no puede evitar sucumbir en esa noche. El lógos tiene algo de misterioso o de inexplicable, pero más rara todavía por definición es la multiplicidad, la diversidad, la pluralidad de las cosas y de los seres. Para Heráclito todo existe y no existe, porque cada cualidad depende de su opuesto para existir (la justicia de la injusticia, la enfermedad de la salud, la saciedad del hambre, etc.), de la diferencia y lo desigual que las constituye. En una época, la nuestra, donde lejos de unir a lo múltiple sin someterlo se pretende lo contrario, en todos los ámbitos de la vida humana, el mensaje heraclíteo nos recuerda que sin la diversidad el mundo se reduciría a lo Mismo, a una homogeneidad mortífera, como en una gigantesca implosión donde ya nada sobreviviría.

*Doctor en filosofía, escritor y periodista 

Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog


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