martes 26 de octubre de 2021
DOMINGO Ciudad vs. campo
21-03-2021 03:22
21-03-2021 03:22

La búsqueda obsesiva de soledad

21-03-2021 03:22

Damos por sentado que la soledad es una condición del silencio, pero en general suelen ser dos cosas meramente concomitantes. Un rápido examen de ambas nos sugiere que el silencio suele ser una articulación tardía de la soledad, y que empieza a superarla en valor solo cuando las presiones que engendraron ese aislamiento ceden a circunstancias o intenciones más extremas.

La soledad impuesta por un naufragio o por haber sido abandonados por nuestros pares, como en las aventuras de Robinson Crusoe o el exilio de Filoctetes en la isla de Lemnos, donde lo dejan los soldados griegos en camino a Troya, por ejemplo, es un tropo muy antiguo que se mantiene vigente. Hoy en día, sin embargo, en un mundo decidido a convertir toda isla desierta en un Club Med para las masas o en un retiro de lujo para famosos, un autor necesita mucha creatividad para inventar circunstancias que lleven a un individuo a alguna costa extranjera despoblada y solitaria.

Atravesados por un veloz crecimiento urbano y otros males subsecuentes de la Revolución Industrial, el siglo XIX y los albores del siglo XX parecen haber provocado, al menos en Occidente, una búsqueda obsesiva de soledad. Sin duda debido al influjo de una visión más sentimental de la naturaleza, fomentada por el primitivismo de los siglos anteriores, tanto los escritores europeos como los americanos despotricaron contra los flagelos de la vida en ciudades populosas y reclamaron un regreso a la supuesta soledad del campo.

Podríamos ver esto como una herencia de los románticos, pero ellos mismos estaban muy conscientes de haber sido escindidos de la naturaleza. Como dice William Wordsworth, lamentándose, en su soneto The World is Too Much with Us (El mundo está demasiado con nosotros): “En la naturaleza poco vemos que sea nuestro”. Esto lleva al poeta a anhelar un paraíso perdido: “¡Dios mío! Preferiría ser/ Un pagano criado en un credo obsoleto”. Nótese que Wordsworth no sugiere ser capaz de recuperar esa fe olvidada, especialmente en un reino donde los cuidadísimos jardines no hacían más que simular la desprolija vitalidad de lo silvestre.

En los Estados Unidos, en cambio, cuando el país todavía estaba en expansión, quedaba mucha naturaleza salvaje más allá de los campos labrados de las poblaciones del Este. Y hasta en aquellos pueblos era posible que alguien como Henry David Thoreau llevara una vida sencilla y bastante solitaria, como él empezó a hacer a partir del 4 de julio de 1845 en los bosques alrededor del lago Walden, en Massachusetts.

El personaje Huck Finn, de Mark Twain, comparte la aversión de Thoreau por la civilización y su preferencia por el mundo natural: “Pero supongo que tengo que volar al descampado antes que los demás, porque la tía Sally me va a adoptar y civilizar, y no lo soporto. Ya pasé por eso antes”.

Solo cuatro años después de la publicación de Las aventuras de Huckleberry Finn, en 1884, otro gran escritor, William Butler Yeats, expresa sucintamente el deseo de escapar del mundo moderno y sus “grises pavimentos” en su poema The Lake Isle of Innisfree (La isla del lago de Innisfree): “Me levantaré y me iré ahora, e iré a Innisfree,/ Y ahí construiré una pequeña cabaña, hecha de arcilla y/ zarzo:/ nueve hileras de porotos tendré ahí, y una colmena para/ la miel;/ y viviré solo en un claro entre zumbidos de abejas. / Y ahí tendré algo de paz, pues la paz cae lentamente, / cae de los velos de la mañana hasta donde canta el grillo;/ allí la medianoche son/ puras lucecitas, y el mediodía un/ resplandor violeta,/ y el atardecer está lleno de alas de pardillo. / Me levantaré y me iré ahora, pues siempre noche y día oigo el grave/ sonido del agua del lago en la costa;/ mientras estoy en la calzada, o en los grises/ pavimentos,/ lo oigo en lo más profundo del corazón.

Retirándose a la naturaleza, el siglo XIX esperaba encontrar al menos quietud, si no silencio. 

Pero, contradictoriamente, el miedo al abandono y a la soledad forzada era tan grande como el deseo de escapar de las bulliciosas multitudes de la ciudad. El barril de amontillado, de Edgar Allan Poe, publicado en 1846, relata una espeluznante venganza, donde el narrador, obsesionado con un agravio anterior, encierra tras una pared a su enemigo, vestido de bufón y con un gorro de cascabeles por el carnaval, en unas derruidas catacumbas venecianas. Cuando el narrador exige alguna reacción de su víctima, antes de poner en su lugar la última piedra, la respuesta que recibe lo deja frío: “Lo único que oyó fue el tintineo de los cascabeles”. En El entierro prematuro, un cuento anterior, menos famoso, Poe alude de un modo aún más directo al miedo decimonónico a ser enterrado vivo. El narrador, presa del pánico, recurre a una versión

del campanario de Bateson, una campana conectada mediante una cuerda a la mano del enterrado, que así podría, en caso de no estar realmente muerto, pedir auxilio al despertar dentro del ataúd. Este miedo era tan común entre los victorianos que se llegó a fundar una sociedad para prevenir estas situaciones, la Society for the Prevention of People Being Buried Alive.

En paralelo a este extraño fenómeno, se introdujo en las cárceles el aislamiento o “confinamiento solitario”, implementado por primera vez, al menos en los Estados Unidos, en 1829, en la Eastern State Penitentiary de Filadelfia. Un régimen similar, pero en completo silencio, se implementó en la misma época en Auburn Prison, en Nueva York.

Como señala Michel Foucault en Vigilar y castigar, el modelo de Filadelfia buscaba reformar al prisionero aislándolo, mientras que el modelo de Auburn permitía realizar actividades comunales con otros reclusos, pero solo si se lo hacía en completo silencio. Foucault comenta que “la soledad es la condición primera de la sumisión total”. Pero reconoce que el silencio es el arma principal que se esgrime contra la rebeldía recalcitrante del prisionero, ya sea a través del aislamiento y “la muda arquitectura con la que se enfrenta”, ya sea a través del silencio absoluto del sistema de Auburn, “garantizado por una vigilancia y unos castigos”.

*Autor de Silencio, editorial Godot (fragmento).

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