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ELOBSERVADOR / tendencias politicas globales
sábado 11 enero, 2020

Verdes: por qué crecen en Europa y no en Argentina

Son parte de la coalición de gobierno en Austria y tienen alta representación en Alemania, Bélgica y los Países Bajos. En nuestro país, no hay todavía un partido que los represente.

por Juan Carlos Travela

Europa. Los Verdes funcionan como límite a los populismos de derecha en países industrializados (arriba). Funcionarios. Sergio Bergman y Juan Cabandié, ministros de Ambiente de las últimas gestiones (abajo). Foto: european greens / juan ferrari
sábado 11 enero, 2020

Entre el desgaste generalizado de la socialdemocracia europea y el ascenso de la extrema derecha aparece un nuevo actor que toma protagonismo erigiéndose como una alternativa concreta: los partidos verdes. Las elecciones locales en Bélgica y los Países Bajos, las generales de Luxemburgo, Eslovaquia o las regionales en Baviera son algunos ejemplos de este fenómeno, que no tiene una propuesta análoga en la Argentina. Sin embargo, vale aclarar, la existencia de alternativas ecologistas en Europa no es algo novedoso y tampoco homogéneo en todo el continente. Mientras sus orígenes datan de la década del 70, el mayor éxito de los partidos verdes se encuentra en las economías más avanzadas.  

En Argentina, a diferencia de lo que sucede en Europa, el ecologismo no tiene lugar dentro de las estructuras políticas que suelen alternarse el poder.

Si hacemos referencia al Poder Ejecutivo, en el presente siglo podemos diferenciar distintas estrategias que se han optado para tratar con el problema ecológico. Por ejemplo, Cristina Fernández durante su presidencia optó por enfrentarse de forma directa con los ecologistas, etiquetándolos como enemigos de la modernidad y del “desarrollo”. Mauricio Macri, aun promoviendo el modelo insostenible a partir de la quita de retenciones y el aumento de la dependencia financiera, no se enfrentó de forma directa y trató de sostener una pálida imagen “verde”, basada en una minúscula política de energías renovables. Y actualmente, Alberto Fernández, alternó discursos ecologistas y antiecologistas, pero en la práctica, se posicionó a favor de la megaminería cuando se estaba discutiendo la reforma de la ley 7.722 en Mendoza que habilitaba esta actividad.

Leyes. En términos legislativos contamos con actores que han hecho de la cuestión ecológica un eje transversal a su accionar político, pero siempre han sido minoritarios. A su vez, en muchas ocasiones las leyes socioambientales que se aprueban no se aplican, o simplemente se violan sin tener consecuencia alguna, como sucede con el desmonte en el impenetrable chaqueño y la violación y desfinanciación de la ley de bosques, simplemente por mencionar un ejemplo.

De esta forma, la pregunta que debemos hacernos es si es posible que los partidos políticos mayoritarios en la Argentina puedan incluir a la ecología política dentro de su núcleo ideológico sin sufrir grandes cambios, y sin transformarse o perder su identidad que, de cierto modo, es lo que sostiene su estructura y su condición de ser potencialmente elegidos de forma mayoritaria para gobernar o tener una fuerte presencia legislativa.

Otro interrogante fundamental es por qué en Europa estas propuestas tienen mayor relevancia y no es así en la Argentina. Y ante este punto, el análisis de las características de nuestra estructura económica puede darnos varios elementos para tratar de esbozar algunas respuestas a estas preguntas.

Casos. El informe Sostenibilidad medioambiental con empleo de la Organización Internacional del Trabajo publicado en 2018 muestra, por ejemplo, cómo, entre los años 2000 y el 2012, Europa y Asia Central han estabilizado o reducido sus emisiones de gases de efecto invernadero, su extracción de materiales, de agua dulce o su uso de la Tierra. Desde la óptica de esta institución, estos países han logrado “desvincular” su economía del uso de recursos en general.

Dinamarca, con un crecimiento anual de su PBI promedio del 0,9% entre 1995 y 2013, y una reducción de sus emisiones de gases de efectos de invernadero (GEO) y de su huella de carbono en un promedio anual de 3% y 2,8% respectivamente, es un caso paradigmático en el señalado informe.

Sin embargo, lo que sucede en Europa, es en parte porque hubo una deslocalización de la producción industrial que  fluyó en las últimas décadas hacia el sudeste asiático, y porque cuenta con los recursos suficientes para introducir tecnologías que provocan, ante el mismo uso, menos impactos ambientales que en los países periféricos como la Argentina. Todo esto en un contexto socioeconómico donde incluso, por lo general, es posible replantearse el decrecimiento económico sin poner en riesgo el bienestar social alcanzado.

Argentina. Pero en Argentina,  con un piso de un tercio de la población consolidada en la pobreza, más allá de algunas fluctuaciones, es imposible hablar de decrecimiento. Incluso es un error creer que la ecología política propone el decrecimiento para los países periféricos.

Ahora, ante la necesidad de aumentar tanto en cantidad como en calidad y en remuneración el empleo existente en el país y hacerlo mediante actividades económicas que no sean nocivas para el ambiente, el ecologismo político se encuentra ante un primer obstáculo cultural para introducirse en aquellas estructuras políticas que se disponen a ganar las elecciones.

¿Por qué? En principio, porque para transformar aquellas actividades económicas que son fuertemente nocivas para el ambiente en nuestro país, por ejemplo, el modelo agropecuario, las dos opciones electorales tienen que transformar su núcleo ideológico.

El Frente de Todos, la coalición de partidos que en su mayoría vienen de tradición peronista, tiene que aceptar que el progreso y el desarrollo poco tienen que ver con el acceso al consumo de bienes materiales (una vez satisfecho el piso material mínimo para una vida digna) y que, si la única realización posible de la persona se encuentra en el acto de consumir, estamos hablando de un fracaso de la política.   

Por su parte, Juntos por el Cambio, la coalición de partidos de tradición liberal, tiene que aceptar que el mercado, mientras menos regulaciones posee, más dañino es para el bienestar social y el cuidado del ambiente.

Por este motivo, dada nuestra estructura económica y la dificultad de realizar este tipo de “desvinculaciones”, no podemos hablar de avanzar hacia la sostenibilidad si antes no realizamos una profunda redistribución de la riqueza que garantice niveles dignos de calidad de vida. Cuestión que genera una fuerte confrontación social y resistencia de los políticos que buscan evitar el costo de semejante disputa.

Además, exigir la “desvinculación” de la economía es más sencilla en países que históricamente no han basado su economía en la extracción intensiva y a gran escala de recursos naturales, de ahí una primera explicación a la relativa facilidad del crecimiento de los partidos verdes en Europa.

Tecnologías. Pero no es menor señalar que el sentido de progreso y los patrones de consumo no han cambiado fuertemente, sino que se han realizado cambios tecnológicos que permiten, sin cambios bruscos, mitigar las causas de la crisis socioecológica fronteras adentro.

Aunque si las industrias contaminantes se localizan en otras partes del mundo, o si continúan sosteniendo un nivel de consumo que las obliga a operar por encima de la tasa de renovación natural de los elementos que utilizan, y a desechar basura por encima de la capacidad de absorción del planeta, su mejora relativa no tiene mucho sentido.  

La integralidad de los ecosistemas, que no entienden de fronteras políticas, hacen que, más temprano que tarde, la crisis socioecológica afecte a todos.

Por último, como sostiene David Harvey, para poder materializar utopías, es decir, que las transformaciones sociales sean posibles, necesitamos poder identificar en el presente a esos agentes y procesos de cambio que nos conduzcan a las transformaciones deseadas.

Estos agentes y procesos existen en Argentina, pero son invisibilizados. La mayor dificultad a la que se enfrenta el ecologismo político son los intereses económicos que pone en juego, y la fortaleza de los actores que se oponen a una transformación ecológica en países con una estructura económica como la nuestra. Estos actores también hacen política y también disputan la hegemonía en las estructuras políticas mayoritarias.

*Lic. en Comercio Internacional - Candidato a Doctor en Desarrollo Económico.


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