INTERNACIONAL
CRECEN LAS PROTESTAS CONTRA EL AYATOLÁ

Metamorfosis de la dinastía Pahlavi, de la autocracia a la esperanza de la 'Gen Z' en un Irán en crisis

Entre el esplendor modernizador y el rigor autocrático, la nostalgia por la dinastía Pahlavi revive hoy como motor de cambio frente a la crisis teocrática. El hijo del último shah, Reza Pahlavi, es considerado un factor clave para un futuro democrático iraní.

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Las protestas comenzaron el 28 de diciembre de 2025. Al principio eran en contra del aumento del costo de vida, pero con el paso de los días se han convertido en un movimiento contra el régimen teocrático que ha gobernado Irán desde la revolución de 1979. | AFP

El reinado de Mohammad Reza Pahlavi (1941-1979), el último Shah o emperador de Irán, no fue simplemente una administración gubernamental; fue un experimento de ingeniería social que pretendió comprimir siglos de desarrollo occidental en apenas unas décadas.

Desde su ascenso al trono en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, hasta su dramático exilio en enero de 1979, la dinastía Pahlavi transformó un reino agrario y fragmentado en una potencia industrial y militar que desafió las estructuras tradicionales de Oriente Medio. Sin embargo, este vertiginoso ascenso sembró las contradicciones que alimentarían la Revolución Islámica.

Hoy, en 2026, la historia parece completar un ciclo. Una oleada de nostalgia sin precedentes recorre el país, impulsada por el contraste entre las promesas incumplidas del gobierno de los ayatolás y el recuerdo idealizado de una era de cosmopolitismo.

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Este fenómeno dejó de ser un refugio cultural para convertirse en una fuerza política que encontró en el príncipe heredero Reza II, el hijo del shah, una figura de apoyo en las revueltas que actualmente sacuden los cimientos del poder en Teherán.

Reza Pahlavi, príncipe heredero de Irán
Reza Pahlavi, que de niño fue preparado para ser el próximo shah del Irán imperial pero que ha pasado casi cinco décadas en el exilio, ha surgido como una figura de apoyo en las protestas que sacuden a la república islámica. Fotos: AFP
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Las protestas, al principio, eran en contra del aumento del costo de vida, pero con el paso de los días se han convertido en un movimiento contra el régimen teocrático que ha gobernado Irán desde la revolución.

El Trono del Pavo Real: de la dinastía Qajar a la era Pahlavi

Para entender las luces de la era Pahlavi, hay que retroceder a 1925, cuando Reza Khan Shah, un oficial de la Brigada de Cosacos de orígenes pobres, derrocó al shah de la decadente dinastía Qajar, sumergida en la bancarrota. El reino era entonces un territorio de poderosos señores feudales, tribus nómadas y una influencia asfixiante de británicos y rusos.

Reza Shah, admirador de las reformas de Atatürk en Turquía, impuso el orden mediante la centralización del ejército y la creación de una identidad nacional basada en el pasado pre-islámico, buscando deliberadamente diluir el poder del clero chií en la vida pública. En 1925 fue coronado "shah" (rey) después de la caída del último monarca de la dinastía Qajar.

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Reza I abdicó en 1941 y su hijo, Mohammad Reza Shah, heredó un país en una posición geopolítica precaria pero con un potencial inmenso. Educado en Europa y poseedor de una sensibilidad francófila, el joven regresó a Irán con la visión de convertir a su nación en un Estado moderno, laico y respetado por las potencias occidentales.

Su reinado al principio estuvo marcado por la lucha interna, especialmente tras la crisis del petróleo de 1951-1953 y el ascenso del primer ministro nacionalista Mohammad Mosaddegh. La caída de este último, apoyada por la CIA y el MI6 en la conocida Operación Ajax, consolidó el poder del Shah, pero también marcó el inicio de un estilo de gobierno cada vez más autócrata y dependiente del respaldo estratégico de Washington.

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La Revolución Blanca del Shah

En 1963, el Shah lanzó el programa más ambicioso de su reinado: la Revolución Blanca. No se trataba de una revolución armada, sino de una transformación sistémica diseñada desde la cúspide del poder para evitar una explosión social desde las bases. Como detalla Gholam Reza Afkhami en su biografía "The Life and Times of the Shah" (2009), este programa atacó los pilares del conservadurismo iraní de manera frontal y agresiva.

"La Revolución Blanca no fue solo una reforma económica; fue una revolución social que liberó a las mujeres y educó a las masas", escribe Afkhami, citando cómo se otorgó el derecho al voto a las mujeres y se promovió la educación universal. Esto se tradujo en avances concretos: la tasa de alfabetización pasó del 15% en 1941 al 50% en 1979, según datos históricos recopilados en "A History of Modern Iran" de Ervand Abrahamian (2008).

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Para ello, el Shah instauró el Cuerpo de Alfabetización, una iniciativa que enviaba a jóvenes educados a las aldeas más remotas para enseñar a leer y escribir a una población mayoritariamente analfabeta. En solo veinte años, la tasa de alfabetización escaló de manera vertiginosa, creando una nueva clase media educada que, paradójicamente, comenzaría a exigir libertades políticas que el trono no estaba dispuesto a ceder.

A esto se sumó el empoderamiento femenino; con el impulso de Farah Diba (la tercera esposa del Shah), Irán aprobó la Ley de Protección de la Familia, restringiendo la poligamia y facilitando el divorcio para las mujeres, quienes ya gozaban del derecho al voto desde 1963, situando a Irán como un ejemplo de progresismo en una región profundamente conservadora.

Otro de los ejes centrales fue la reforma agraria, mediante la cual el Estado compró tierras de los grandes terratenientes feudales para distribuirlas entre los campesinos. Por primera vez en la historia milenaria de Persia, millones de trabajadores rurales se convirtieron en propietarios de la tierra que labraban. Aunque la implementación enfrentó obstáculos técnicos y muchos campesinos terminaron migrando a las ciudades debido a la falta de capital, el golpe al sistema feudal fue irreversible y alteró para siempre la demografía del país.

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El boom petrolero y la ambición de una potencia mundial

Hacia la década de 1970, el aumento de los precios del petróleo tras la guerra de Yom Kipur inyectó una riqueza sin precedentes en las arcas iraníes. El país pasó de ser una economía en desarrollo a una potencia financiera capaz de otorgar préstamos a naciones europeas en crisis.

El Shah, considerado el heredero de Ciro el Grande, se posicionó como el "gendarme del Golfo Pérsico", adquiriendo el armamento más sofisticado del arsenal estadounidense y construyendo una fuerza aérea que no tenía rival en la región.

La infraestructura floreció a un ritmo que la prensa internacional calificó de milagroso. Se construyeron autopistas que conectaban el mar Caspio con el golfo Pérsico, represas hidroeléctricas de escala masiva y se sentaron las bases del programa nuclear iraní con asistencia técnica alemana y francesa.

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Mientras la economía florecía, la emperatriz Farah construyó un puente cultural único. Su patronato permitió la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, una joya arquitectónica que hoy todavía alberga la colección de arte occidental más importante fuera de Europa y EEUU, incluyendo obras de Picasso y Pollock que permanecen bajo custodia teocrática. Farah buscaba unificar la vanguardia neoyorquina y parisina con la milenaria artesanía persa. "Queríamos que Irán fuera un centro mundial de creatividad, no solo un exportador de crudo", recordaría años después.

Teherán se transformó en una metrópoli de rascacielos y centros comerciales donde el lujo occidental convivía con la tradición. La coronación del shah y de su esposa (por primera vez una mujer fue proclamada reina o "shabbanou") puso a Irán en el mapa en 1967, pero la opulencia alcanzó su punto más polémico en 1971, con la celebración del 2.500 aniversario del Imperio Persa en Persépolis.

El impresionante banquete, al que asistieron reyes, presidentes y emperadores de todo el mundo, fue visto por el clero y las clases populares como una oda a la extravagancia y un desprecio a la realidad económica de los más desfavorecidos.

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Las sombras de la autocracia y el papel de la SAVAK, la policía secreta del Shah

Bajo la fachada de progreso y modernidad, una estructura represiva terminó por asfixiar la vitalidad de la sociedad civil. La creación de la SAVAK en 1957 se convirtió en el instrumento principal para silenciar cualquier forma de disidencia. Andrew Scott Cooper, en su libro "The Fall of Heaven" (2006) sobre la caída del régimen, describe a la SAVAK como "el brazo depresivo que silenciaba a la disidencia" porque el Shah desarrolló una paranoia creciente tras sufrir varios intentos de asesinato.

La SAVAK no solo perseguía a los agitadores comunistas apoyados por la Unión Soviética, sino también a estudiantes, intelectuales y clérigos que cuestionaban la velocidad de la occidentalización. La represión en prisiones como Evin se volvió un secreto a voces que erosionó la legitimidad del monarca. Al eliminar sistemáticamente a la oposición laica y liberal, la monarquía dejó el campo libre a la única institución que el Estado no pudo penetrar por completo: la red de mezquitas.

Económicamente, el crecimiento acelerado trajo consigo una inflación galopante y una corrupción administrativa que generó un profundo resentimiento. La migración masiva del campo a la ciudad creó cinturones de miseria en las periferias urbanas, donde los campesinos desplazados, alienados por un estilo de vida que no comprendían, se volvieron receptivos al mensaje populista y moralista del ayatolá Ruhollah Jomeini.

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Revolución: el fin de la monarquía y el amargo exilio

​El fin de la era Pahlavi no fue una transición, sino una ruptura social sin precedentes en la monarquía persa: nunca en la historia el pueblo había osado levantarse contra el Trono del Pavo Real. La Revolución Islámica y el alzamiento del régimen de los ayatolás puso fin a 2.500 años de monarquía que se remontan a Ciro el Grande, fundador del imperio aqueménida.

Hacia 1978, el Shah, ya secretamente debilitado por un cáncer linfático que ocultaba incluso a sus ministros, había comenzado a observar cómo su proyecto de "Gran Civilización" se desmoronaba ante una marea de protestas que unieron a clérigos conservadores, mujeres de clase media y estudiantes izquierdistas.

La parálisis del monarca ante la crisis fue, en parte, fruto de su propia naturaleza; Mohammad Reza Pahlavi se negaba a salvar su trono mediante un baño de sangre masivo. "Un soberano no puede reinar sobre los cadáveres de su propio pueblo", confesaría más tarde en sus memorias.

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​El 16 de enero de 1979, finalmente el Shah y la emperatriz Farah abandonaron el país en un avión pilotado por el propio monarca. La imagen del Shah recogiendo un puñado de tierra iraní antes de subir la escalinata se convirtió en el icono de un exilio que muchos creían temporal, pero que resultó ser perpetuo. Mientras el avión despegaba, las calles de Teherán estallaron en de júbilo; las estatuas de la dinastía fueron derribadas y los retratos del ayatolá Jomeini cubrieron los muros de la capital.

Con el paso de las décadas, el juicio de la sociedad iraní comenzó a transformarse. La generación nacida después de la revolución, que hoy constituye el grueso de la población, empezó a mirar hacia atrás no con los ojos de los revolucionarios de 1979, sino con la frustración de quienes viven bajo sanciones internacionales, crisis económica y una estricta censura moral.

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Esta nostalgia por la era Pahlavi se manifestó con especial fuerza en el entorno digital. En plataformas como YouTube e Instagram, los discursos del Shah en los años 60 sobre la "Gran Civilización" y las imágenes de un Irán de los años 70 donde las mujeres caminaban libremente por las universidades sin "hiyab" se viralizan. Lo que antes era considerado propaganda oficial hoy es visto por muchos jóvenes de la "Gen Z" como un documento de un futuro robado.

La figura del último Shah parece haber sido rehabilitada popularmente, no necesariamente como un gobernante perfecto, sino como el arquitecto de una nación que una vez fue respetada, próspera y abierta al mundo.

​El exilio errante de la Familia Pahlavi

​Lo que siguió fue un periplo humillante que la emperatriz Farah describiría años después con una mezcla de coraje y amargura. Países que antes se disputaban el favor del Shah —como Estados Unidos, Francia o el Reino Unido— cerraron sus puertas por temor a represalias del nuevo régimen islámico o para proteger sus intereses petroleros.

En México, Marruecos, Panamá y las Bahamas, el Shah y su familia se convirtieron en parias internacionales, enfrentando incluso el riesgo de ser entregados como moneda de cambio durante la crisis de los rehenes.

​En su desgarrador libro de memorias An Enduring Love, Farah reflexionó sobre la soledad del poder perdido: "Ayer éramos los invitados más deseados del mundo; hoy, somos una carga que nadie quiere llevar. Es en la oscuridad donde descubres quiénes son realmente tus amigos". La salud del Shah se deterioró rápidamente durante este tiempo, agravada por la falta de un entorno hospitalario estable y el estrés de ver su imperio reducido a cenizas.

​Finalmente, fue el presidente egipcio Anwar el-Sadat quien, desafiando las presiones internacionales y las amenazas de Teherán, ofreció refugio definitivo y dignidad al monarca caído.

El 27 de julio de 1980, el Shah falleció en El Cairo. Su entierro en la mezquita de Al-Rifa'i marcó el fin de una era, dejando a su hijo, el joven príncipe Reza, la pesada carga de representar una corona en el exilio mientras la República Islámica consolidaba su poder mediante ejecuciones de antiguos oficiales imperiales y una guerra devastadora contra Irak.

Además de presenciar la caída de su padre, Reza Pahlavi soportó tragedias familiares desde entonces. En junio de 2001, su hermana menor Leila fue encontrada muerta en una habitación de hotel en Londres. Una investigación posterior concluyó que la ex princesa, que durante años había sufrido depresión y un trastorno alimentario, había tomado un cóctel fatal de medicamentos recetados y cocaína.

Diez años después, en enero de 2011, su hermano menor Ali Reza se suicidó en su casa de Boston en un suicidio que, según la familia, ocurrió después de que él "luchara durante años por superar su dolor" por la pérdida de su tierra natal, su padre y su hermana.

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Reza Pahlavi, de 65 años, abandonó Irán después de la revolución islámica que derrocó a su padre Mohammad Reza Pahlavi en 1979 y puso fin a miles de años de monarquía que se remontan a Ciro el Grande, fundador del imperio aqueménida, y más allá.

​A pesar de las tragedias personales que golpearon a la familia en el exilio, la emperatriz Farah y su hijo mantuvieron una presencia constante en la conciencia colectiva iraní.

Farah lleva casi cinco décadas preservando el patrimonio cultural persa desde París, manteniendo una elegancia que muchos iraníes comparan con la austeridad de los actuales líderes clérigos. "Mi corazón late por Irán, y cada vez que veo a una mujer joven luchar por sus derechos en las calles de mi país, siento que las semillas de modernidad que plantamos no han muerto", dijo Farah en entrevistas recientes.

​Reza Pahlavi también evolucionó, pasando de ser un tradicional príncipe heredero sin trono a un defensor de la democracia secular. Su discurso caló profundamente en la juventud que protagoniza las actuales revueltas. En un emotivo mensaje dirigido a los iraníes, afirmó: "No busco el poder por el poder; busco ser el puente sobre el cual mi pueblo cruce hacia la libertad. Mi mayor ambición no es sentarme en un trono, sino ser el primer ciudadano que deposite su voto en un Irán verdaderamente libre y democrático".

​Esta postura ha sido fundamental para que la nostalgia actual no sea vista como un deseo de regresar al absolutismo, sino como un anhelo de recuperar la dignidad y el progreso que se truncaron en 1979. Como señala Farah: "La historia es un juez paciente. Al final, no se nos juzgará por los palacios que construimos, sino por el espíritu de libertad que intentamos infundir en nuestra nación".

Al entrar en el año 2026, la coyuntura política iraní alcanzó un punto nunca antes visto y la situación fue aprovechada por la exiliada familia imperial. La combinación de una economía asfixiada por la inflación, la escasez de recursos básicos y una crisis de sucesión en la cúpula teocrática generó un vacío que la oposición en el exilio supo capitalizar.

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Pahlavi siempre ha insistido en que no pretende ser coronado rey de Irán, sino que está dispuesto a liderar una transición hacia un país libre y democrático. Pero sigue siendo una figura polarizadora, incluso dentro de la oposición dividida de Irán.

En este escenario, Reza Pahlavi dejó de ser una figura simbólica para convertirse en un actor político decisivo. Las revueltas que estallaron el 28 de diciembre de 2025 y continúan casi a mediados de enero de 2026 mostraron una coordinación sin precedentes, donde el nombre del príncipe heredero es coreado en ciudades que tradicionalmente eran bastiones del régimen.

Los cánticos "¡Regresa el Shah!" o "¡Pahlavi volverá!" se convirtieron en un mantra para muchos de los manifestantes en las protestas contra el régimen teocrático.

Pahlavi, de 65 años, supo articular un discurso que resuena con la "Generación Z" iraní, nacida décadas después de la revolución, que utiliza satélites como Starlink y herramientas de inteligencia artificial para burlar la censura del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (IRGC) y coordinar huelgas generales que han paralizado el sector energético.

Pahlavi mostró una "capacidad para sacar a los iraníes a las calles", dijo Jason Brodsky, director de políticas del grupo estadounidense United Against Nuclear Iran. "Ha habido cánticos claros pro-pahlavi en las protestas. ¿Significa eso que todos los iraníes que protestan quieren el regreso de la monarquía? No, pero hay una nostalgia por la era Pahlavi que se ha ido gestando desde hace tiempo".

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En sus recientes intervenciones, Pahlavi fue enfático en que su objetivo no es la restauración de una monarquía, sino la facilitación de una transición democrática. Su propuesta de un referéndum nacional para decidir la forma de gobierno ha ganado adeptos incluso entre sectores que antes recelaban de su linaje.

Pahlavi logró así unificar a grupos étnicos y políticos diversos bajo la premisa de que Irán necesita un símbolo de unidad nacional para evitar el caos tras una eventual caída del ayatolá Ali Jamenei, el líder supremo del país desde 1989. Su propuesta de un referéndum nacional ganó una tracción inédita, incluso entre los sectores que antes recelaban de su linaje, al presentarse como un símbolo de estabilidad frente a la posible fragmentación del país tras la eventual caída de la teocracia.

Expertos como Clement Therme, investigador no residente en el Instituto Internacional de Estudios Iraníes, destacan que el príncipe tiene una imagen limpia porque no quedó involucrado en los excesos del régimen imperial. "Es un símbolo. Su nombre es bien conocido", dijo, describiendo a Pahlavi como la "principal figura popular de la oposición" dentro y fuera de Irán.

"Pahlavi tiene muchos seguidores en Irán y su popularidad ha aumentado en los últimos días, ya que se le considera el único líder opositor conocido a nivel nacional con un plan para enfrentarse al régimen", dice Arash Azizi, profesor en la Universidad de Yale. "Pero sus partidarios siguen siendo una minoría en un país altamente dividido y en una escena opositora muy dividida. En lugar de trabajar para unificar a la oposición, la mayoría de su equipo en los últimos años ha ayudado a alienar a otros y a oponerse activamente a ellos".

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La posibilidad de un retorno de los Pahlavi bajo un marco constitucional es hoy un tema de debate serio en los círculos de política exterior. En una entrevista con Fox News, Pahlavi, que abandonó su país a los 17 años, dijo que estaba "dispuesto a regresar a Irán en cuanto tuviera oportunidad". Pero el príncipe lleva años insistiendo en que no pretende ser coronado rey de Irán, sino que está dispuesto a liderar una transición hacia un país libre y democrático.

El modelo que se baraja a menudo es el de la transición española post-Franco, donde la monarquía sirvió como puente hacia una democracia parlamentaria plena. Sin embargo, los desafíos son monumentales. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), que controla gran parte del aparato militar y económico del país, representa la mayor resistencia a cualquier cambio que amenace sus privilegios.

A pesar de la represión, que dejó un rastro de víctimas y cortes masivos de comunicación en las primeras semanas de 2026, la narrativa cambió: el nombre de la dinastía Pahlavi ya no es evocado solo por las generaciones mayores que se niegan a aceptar que el esplendor de su pueblo quedó enterrado, sino un grito de guerra de una juventud que nunca conoció la libertad y la democracia.