sábado 25 de septiembre de 2021
OPINIóN A 100 años de su muerte
30-10-2020 08:54
30-10-2020 08:54

John Reed, el cronista que conmovió al mundo

Periodista, escritor y cronista de guerra, publicó su gran obra, Diez días que conmovieron al mundo, sobre la Revolución de Octubre, en 1919.

30-10-2020 08:54

Hijo de una familia pudiente y conservadora, graduado en la Universidad de Harvard en 1910, al regreso de un viaje por ciudades europeas, John Reed inició su carrera de periodista con una clara finalidad política.

En 1913, informado de una huelga por la jornada de 8 horas de 25 mil trabajadores de la seda en Paterson, Nueva Jersey, Reed, quien ya venía escribiendo artículos en el mensuario radical The Masses, fue al lugar de los hechos. Tomó partido por los trabajadores. Fue arrestado, pasó cuatro días en el calabozo; en libertad, difundió la huelga a través de los diarios. Y del teatro, escribiendo el guión de un espectáculo que se llevó a cabo en el Madison Square Garden.

A fines de ese mismo año, Reed fue enviado a México por la revista Metropolitan Magazine y el diario New York World, con la finalidad de cubrir la revolución desatada en 1910. Logra entrevistar a Pancho Villa, con el que establece una buena relación que le permitió viajar junto a las tropas que combaten por la tierra y la libertad y escribir el libro México insurgente: la revolución de 1910, publicado en 1914.

Identificado con la lucha del pueblo mexicano, Reed declarará que la responsabilidad del caos que estaba viviendo ese país no la tenían "los peones sin tierra, sino los que siembran la inquietud mediante envíos de oro y de armas, es decir, las compañías petroleras inglesas y norteamericanas en pugna...".

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Enterado de la masacre de Ludlow en abril de 1914, en el sur de Colorado, donde la Guardia Nacional había ametrallado a los mineros en huelga con la Colorado Fuel & Iron Company, provocando la muerte de 26 de ellos, Reed será autor de un reportaje desde el lugar de los hechos. 

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Reed viaja a Europa como corresponsal de guerra, a la que considera fruto de un patriotismo criminal que únicamente beneficiaba a la clase capitalista de ambos bandos. Asiste a la batalla del Marne, recorre Alemania, Austria, Turquía, Italia, Serbia y escribe otro libro: “La Guerra en los Balcanes”. (1916).

Enterado del proceso revolucionario que se estaba llevando a cabo en Rusia, Reed viajó a Petrogrado, en ese entonces la capital de ese país, en compañía de su esposa Louise Bryant, periodista y militante feminista.

Acreditado como periodista, registra las manifestaciones, la toma de fábricas por los trabajadores, la oposición de los soldados a la guerra, las asambleas, recopila panfletos, carteles y proclamas, conversa con soldados y obreros, entrevista a los principales dirigentes de ambos bandos, asiste a la asamblea del 22 de octubre con el presentimiento de que se estaba librando la última batalla entre el gobierno y el soviet de Petrogrado:

“A mi alrededor la gente parecía caer en éxtasis. Tuve la impresión de que aquella multitud iba a entonar de pronto, espontáneamente, sin ponerse de acuerdo y sin que nadie les diese la señal, un himno religioso.

 

John Reed 20201021

 

Trotski leyó una resolución cuyo sentido general venía a significar que estaban dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre por la causa de los obreros y de los campesinos. “¿Quién vota a favor?”

Aquella multitud innumerable alzó las manos como un solo hombre. Yo veía aquellas manos levantadas y la llama que ardía en los ojos de los hombres, de las mujeres...Trotski continuaba hablando. Las manos incontables, permanecían levantadas. “¡que sea éste vuestro juramento! ¿Vosotros juráis consagrar todas vuestras fuerzas, no retroceder ante ningún sacrificio para sostener al soviet que ha tomado en sus manos la tarea de coronar la victoria de la revolución y de daros la tierra, el pan, la paz?

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Las manos incontables seguían en alto. La multitud asentía. La multitud juraba. Y eso mismo ocurría en todo Petrogrado. Millares, decenas de millares, centenas de millares de hombres. Aquello era ya la insurrección. ”Fue en Petrogrado, entonces, cuando comienza el desenlace de esta historia. Una historia en la que hombres y mujeres comunes ruegan por la finalización de la guerra, sueñan con un mundo donde el bienestar estuviera al mismo alcance de todos y se muestran decididos a dar hasta la vida por la revolución social.

Tres días después (25 de octubre según el calendario juliano; 7 de noviembre según el calendario gregoriano usado en el mundo occidental, que instituirá Lenin) la revolución triunfaba. Se creía que se había iniciado un período de revolución que podía durar en Rusia y extenderse luego a Alemania y después al mundo entero. El mundo capitalista estaba condenado a desaparecer.

Con la idea de reconstruir en actos y palabras a los hombres y mujeres que fueron protagonistas de ese acontecimiento histórico, Reed escribió Diez días que conmovieron al mundo, publicado en 1919, traducido a varios idiomas.

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Si bien Reed se asumió como un comunista convencido y fervoroso, -él y Louise aplauden cada intervención en las asambleas, caminan abrazados por las calles entre manifestantes, gritos y banderas rojas, cantan con fuerza y emoción “La Internacional”-, el libro recoge las voces provenientes de diversos sectores de la sociedad, revolucionarios y no revolucionarios.

Pero la vida de Reed como militante político fue breve. Después de haber participado en la fundación del Partido Comunista de los Estados Unidos de América, acusado de espionaje, tuvo que huir a Rusia. Mientras cumplía funciones de delegado al Congreso de los pueblos de Oriente, celebrado en Bakú y trabajaba en otro libro, De Kornilov a Brest-Litovsk, víctima del tifus, murió en un hospital de Moscú, el domingo 17 de octubre de 1920.

Nacido el 22 de octubre de 1887 en Pórtland, Oregon, le faltaban cinco días para cumplir 33 años. Sus restos fueron enterrados en la Plaza Roja de Moscú junto a otros héroes de la Revolución de Octubre, con la presencia de Louise Bryant, quien como ida escuchaba los discursos de encumbrados funcionarios, su corazón hecho trizas.