miércoles 12 de mayo de 2021
OPINIóN Educación
22-01-2021 14:00

Vuelta a clases: el impacto negativo de la no asistencia a las aulas es devastador

Con todos los recaudos que señala la experiencia internacional, y cuando las estadísticas lo permiten, es imprescindible retomar la presencialidad en la máxima proporción posible de las actividades educativas.

22-01-2021 14:00

Los argentinos hemos estado orgullosos de “la 1420”, nuestra ley de educación primaria, obligatoria y laica y no en menor medida, la hemos considerado un instrumento que contribuyó decisivamente a nuestro progreso social. Fue sancionada durante la presidencia de Julio Argentino Roca, y en ella se plasmaron las ideas de Domingo Faustino Sarmiento, quien ni durante su presidencia ni la del que fue su Ministro de Educación, Nicolás Avellaneda se había podido convertirla en ley.

Un instrumento educativo clave en el ideario sarmientino es la escuela. El hábitat donde tiene lugar el proceso de aprendizaje, que va mucho más de un intercambio comunicacional entre educadores y educandos. La escuela no es solo el lugar donde a las niñas y niños se los prepara capacitándolos para el futuro. En las escuelas sarmientinas, muchas de ellas verdaderos palacios, sus habitantes niñas y niños en sus guardapolvo blancos vivían en presente ese progreso igualitario prometido y avizorado cada mañana, en una rutina formativa de años. Un presente de interacciones cívicas, solidaridad y competencia, que conjuga orden y libertad, disciplina y juegos, repetición e innovación.

Ese “ir a la escuela” es para los niños y niñas, por el peso de las actividades, por el tiempo que ocupa en su día, por la densidad de las interacciones, los más significativo en términos de la regularidad cotidiana en esos años de infancia. Es un proceso educativo integral, intelectual y emocional de socialización humana y ciudadana. 

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El contraste entre ese espíritu sarmientino con lo que ha pasado en el  recién terminado 2020 no puede ser mayor. Los alumnos no pudieron concurrir a la escuela en todo el año, y si hubo clases, fue gracias al esfuerzo denodado de alumnos, padres y maestros, fue en términos virtuales, que no se asemeja en nada con la intensidad de la actividad de “ir a la escuela”, de ese diario “volver al aula”.

La pandemia del Covid-19 alteró completamente nuestras vidas cotidianas, y fundamentalmente todas aquellas que demandaban contactos estrechos con otras personas, siendo esta interacción la forma más habitual de contagio. De este  modo, las actividades educativas presenciales y en lugares cerrados quedaron dentro de las interacciones más peligrosas y se las suspendieron en todo el territorio del país. Por otra parte, si bien los niños y las niñas no forman parte de los sectores etarios que mas sufren la enfermedad, sí lo son los docentes y no docentes que trabajan en la escuela.

Estas dificultades la sufrieron la gran mayoría de las sociedades del mundo, pero en casi todas, las autoridades hicieron los máximos esfuerzos por volver a la presencialidad, tomando todos los recaudos del caso, cada vez que la pandemia presentaba una tregua. En cambio, en la Argentina, las autoridades educativas nacionales y los principales sindicatos docentes mostraron la preocupación contraria. La postura desde el inicio de la pandemia fue que no habría clases hasta que no estuviera todo el mundo vacunado.

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Así no se aprovechó las bajas en los números de contagios, las nuevas rutinas de distanciamiento social, la toma de conciencia de los cuidados. Ni siquiera se estimó aprovechar el comienzo de los días de verano, donde la presencialidad podía haberse dado sin peligros al aire libre. Es, además, muy difícil sostener la no concurrencia a las aulas con el peligro de contagio que asumen los docentes, cuando los supermercados no cerraron nunca sus puertas, y hoy bares, negocios y hasta casinos realizan sus actividades dentro de los protocolos de seguridad.

Con todos los recaudos que señala la experiencia internacional, y cuando las estadísticas lo permiten, es imprescindible retomar la presencialidad en la máxima proporción posible de las actividades educativas que deben volver a girar sobre ese eje vital.

En la Argentina pasamos de naturalizar que “unos pocos días de clases” perdidos por las huelgas docentes “no significaban nada” a que “un año perdido de clases” tampoco “significa nada”. Pareciera entonces necesario recordar lo evidente: que el proceso educativo es uno e integral y que el impacto negativo de la no asistencia a las aulas es sencillamente devastador, dada la relevancia que tiene para los chicos y chicas en edad escolar.

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Y también, que los que principalmente sufren la no asistencia a la escuela son los chicos y chicas de los hogares con mayores necesidades, que deben permanecer hacinados, en los problemas y la vida de los adultos de su familia, sin poder interactuar con sus pares. Es esa infancia donde se hace propia la idea de esfuerzo y futuro mejor, en donde se forja la personalidad social y solidaria,  la que queda desvirtuada.

En esta pandemia todos hemos hecho muchísimos esfuerzos para proteger a nuestros mayores del Covid-19. Hagámoslo también para que los que tienen la vida por delante reciban la educación que se merecen. Al menos, la misma que la que tuvieron la oportunidad de recibir esos adultos y que les brindó oportunidades vitales, esa que hoy no nos parece importar mientras las chicas y chicos siguen sin poder ir a la escuela.

 

 

* Emiliano Yacobitti. Diputado Nacional por la UCR CABA. Profesor y Vicedecano FCE-UBA.