26th de February de 2021
OPINIóN Aniversario
18-09-2019 16:21

La Noche de los Lápices y sus relatos

El autor escribe sobre los secuestros, torturas y asesinatos de los jóvenes que reclamaban por el boleto estudiantil, en septiembre de 1976.

18-09-2019 16:21

La Noche de los Lápices incluye un relato edulcorado y un relato histórico que es a su vez un relato siniestro. Han transcurrido más de cuarenta años de aquellos acontecimientos trágicos por lo que se impone no solo una lectura más exigente que reclama el paso del tiempo y la distancia, sino una evaluación más precisa acerca de la tragedia que ocurrió en aquellos lejanos días en La Plata y que de alguna manera expresó con sus tonos más macabros la tragedia que le tocó vivir al país en esos años.

Por lo pronto, se impone ubicar en su lugar el reclamo del boleto estudiantil. El reclamo existió, pero los estudiantes muertos no fueron asesinados por el precio de un boleto sino por las ideas que sostenían. Esta conclusión parcial suele regocijar a los partidarios de la dictadura militar, porque según ellos de este modo quedaría probado que no eran inofensivos adolescentes que escuchaban a Sui Generis sino peligrosos terroristas.

Convengamos que en boca de seguidores del general Ramón Camps y del comisario Miguel Etchecolatz, conclusiones de este tipo huelen a siniestro, un tramposo recurso retórico como el de admitir que los judíos asesinados en Auschwitz no lo fueron porque eran judíos, sino porque eran enemigos de Alemania y por lo tanto estaba justificado gasearlos en masa en nombre del Tercer Reich.

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Admitamos, de todos modos, y digámoslo de una buena vez, que los diez estudiantes secuestrados en esos días eran de la UES, lo que significa decir que se trataba de la rama juvenil de Montoneros. Muy bien: eran Montoneros. Pregunto a continuación: ¿Esa identidad justificaba que los secuestren, los torturen hasta enloquecerlos y luego los maten y arrojen sus restos a algún pozo inmundo? ¡Por favor! Nadie, escuchen bien, nadie, merece morir así en una sociedad civilizada; nadie merece ser arrancado de su casa, encerrado en un sótano para luego ser sometido a tormentos. Nadie lo merece. Ni siquiera Camps y Etchecoltaz

Y como han pasado tantos años de lo sucedido, algunas “obviedades” importa destacar, obviedades que hace unos días discutí con un colega que tiene cierta “debilidad” por los militares golpistas y considera que un Montonero o un ERP merece el peor de los destinos. No jodamos, le respondí…podemos y debemos decir de Montoneros lo que mejor o peor se nos ocurra, pero nada justifica o perdona la tortura. ¿Acaso es necesario repetirlo? ¡La tortura no se justifica nunca! Y no se justifica contra militantes de Montoneros o el ERP o contra un militar como Larrabure, por ejemplo.

Pero en el caso que nos ocupa tengamos presente que los temibles terroristas tenían de 16 a 18 años. No se secuestra ni se tortura, pero mucho menos se cometen esas atrocidades con chicos que recién están descubriendo la vida. Mi colega “procesista” alguna vez tuvo un problema serio con su hijo por el consumo de drogas. Fue serio, pero lo pudo resolver y hoy su hijo es un profesional y lo que se dice “un hombre de bien”. Nos conocemos con mi amigo “procesista” desde hace unos cuantos años y algunos recursos puedo permitirme a la hora de argumentar. Tu hijo se equivocó y se equivocó en serio –le dije–, pero le dieron y le diste una oportunidad. Todos se la dimos, incluso a contramano de quienes también en estos casos reclamaban horcas y cadenas. Pues bien, esa oportunidad no la tuvieron los chicos de la Noche de los Lápices. Los mataron como a perros. O peor que a perros. No voy a cometer el error de decir que si hubieran tenido más de treinta años los represores estaban autorizados a martirizarlos, pero –vamos– una chispa de humanismo hasta en el represor más duro habilita a sostener un mínimo de compasión, de piedad. ¿Qué pasa –me pregunto– por la cabeza y el corazón de un tipo que con absoluta impunidad asesina a una adolescente indefensa? ¿Que estaba políticamente equivocada? Pongamos que si, pero ese error, me animo a decir, resulta mínimo al lado del horror de un tipo que asesina a una chica de 16 años.

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Esto es lo imperdonable de los militares represores. A esos adolescentes podrían haberlos detenidos, juzgados, condenados, pero no: optaron por el camino sin retorno de la muerte. Y de la muerte más indigna, incluso para el código de honor un guerrero, porque ningún guerrero que se respete a sí mismo tortura a chicos y a chicas indefensas. Esta “hazaña” la cometen los canallas, los miserables, los cobardes. Lo siento por ellos: eligieron envilecerse, optaron por practicar la crueldad y creyeron en el correctivo de la tortura, la desaparición y la muerte.

No se confundan. No estoy mezclando las cosas. Intento ponerlas en su lugar. Que los juristas, los psicólogos, los profesionales del caso hagan la evaluación que corresponda. Yo, por lo pronto, me tomo la licencia de evaluar desde la pasión, desde el dolor, desde el humanismo o como mejor lo quieran denominar. Ni sentimental ni cursi, pero hay verdades del corazón que también hay que poner en este tema. Los asesinos fueron unos miserables. Claro que no digo nada nuevo. Por algo será que a través de los años los apellidos de Camps y Etchecolatz, como el de de Menguele o Eichmann, contienen –incluso más allá o mas acá de la política– todo el asco y la inmundicia, todo lo siniestro de lo que es capaz de llegar la condición humana cuando queda librada a la pulsión de muerte y al regocijo por provocar dolor y muerte.

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