6th de March de 2021
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Viaje a ninguna parte

El cierre del Aeropuerto de El Palomar muestra la incapacidad de la sociedad para despegar de una alianza corrupta, sindical y política de características mafiosas que tiene bajo control al Estado. Iniciamos el descenso a la primera escala de un viaje que no nos lleva a ninguna parte.

15-12-2020 15:34

El cierre del Aeropuerto de El Palomar revela una vez más la incapacidad que tenemos como sociedad para despegar de una alianza corrupta, sindical y política de características mafiosas que mantiene bajo control casi todos los sectores del Estado. 

El gobierno, excedido de peso por la carga insostenible de funcionarios, ministerios, secretarías y burócratas, no logra levantar el vuelo. Se acerca a toda velocidad al temido punto de no retorno, cuando ya no se puede frenar. De seguir como vamos, a contramano del tiempo, es alto el riesgo de estrellarnos nuevamente contra el pasado. 

Por cualquier ventanilla de los medios que miremos podemos ver que la crisis política se acelera. El ataque a la Corte Suprema para evitar que los juicios continúen y se dicte sentencia canela toda discusión democrática, razonable, sobre cómo mejorar el sistema. 

Una democracia tan bella como frágil

Es notable la incapacidad de las fuerzas políticas dominantes en el Parlamento para responder a las preguntas más simples: ¿A dónde vamos? ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Cuánto nos va a costar? A los pilotos Alberto, Cristina y al personal de cabina que debería servir a los pasajeros, Massa, Máximo Kirchner sólo parecen importarles sus destinos personales, los judiciales o los electorales

Atrás, en las últimas filas, a la intemperie, agarrados de las alas viaja la mayoría. Jubilados, trabajadores en negro, desocupados, comerciantes arruinados, personas desesperadas que sobreviven a base de limosnas. Millones de amontonados en las clases pobres o en las más económicas. Todos con los cinturones ajustados por los impuestos hasta el límite de la asfixia.

Al cabo de un año, es evidente que Alberto Fernández, un candidato puesto a dedo, no aprovechó el inicial viento de cola para convertirse en el presidente de todos, que prometió ser. Finalmente en no es más de lo que era, de lo que es, de lo que siempre fue: un gris abogado que sirve a quien lo contrata para argumentar cada día a favor o en contra según convenga y defender sin límites hasta lo que él mismo ayer nomás consideraba indefendible. Por ejemplo, cuando escribió y dijo que Boudou debía ser condenado por graves delitos de corrupción, delitos que a su vez el gobierno de Cristina Kirchner intentó encubrir.

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Sobre el ánimo y la voluntad del presidente, se hace sentir cada vez más el desprecio de propios y ajenos. Para los kirchneristas es sólo un okupa circunstancial del puesto. Se les nota mucho el morboso deseo de que, una vez cumplida la tarea que le ordenaron, Alberto Fernández entregue el mando a quien consideran la verdadera dueña del cargo.

Soportando turbulencias que nos sacuden como marionetas, rezando los que creen y, los que no, iniciamos en estos días el descenso a la primera escala de un viaje que por ahora no nos lleva a ninguna parte.