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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 5 mayo, 2018

El problema del tiempo

Cambiemos, la aprobación de Macri, el odio a Cristina, la cotización del dólar, la paciencia con la inflación, la esperanza por el futuro, el desagrado por el pasado, todo, tiene una duración.

por Jorge Fontevecchia

28 de diciembre: el comienzo de la crisis del dólar. Foto: Agencia N.A.

A partir de la crisis económica, la columna de la semana pasada se dedicó a la dimensión relacional entre las partes de cualquier sistema político: “El problema del todo”. Hoy, en “El problema del tiempo”, se aborda la dimensión temporal de la crisis, dado que la duración es una propiedad de todas las cosas. Cambiemos, la aprobación de Macri, el odio a Cristina, la cotización del dólar, la paciencia con la inflación, la esperanza por el futuro que se espera (crecer sostenidamente), el desagrado por el pasado que se recuerda (el estancamiento con Kicillof), todo, tiene una duración.

   A la experiencia en la gestión fisicalista de administrar una ciudad le falta sumar alguna metafísica    

Aunque Cambiemos sea un fenómeno político moderno y único, todos los fenómenos políticos, como todos los organismos, tienen un reloj interno que marca su duración, programada en sus códigos genéticos, sean biológicos o sociales. Pueden ser más extensos o más efímeros, dependiendo de las condiciones que les dieron vida. En el caso de Cambiemos, el mencionado odio a Cristina, el cansancio frente a los 12 años de kirchnerismo, la muerte de Nisman, el mal humor por el deterioro económico del fin de ciclo anterior, la sobredosis de discurso duro del populismo, el hastío frente a la posible repetición de lo mismo (alguna forma de peronismo) o el agotamiento del modelo basado en precios altos de las materias primas.

Pero el Gobierno leyó mal el triunfo en las elecciones de octubre pasado y sin entender que la derrota de Cristina Kirchner lo obligaba a más y no a menos resultados; enfermo de éxito electoral, relajó las metas de inflación y lo comunicó peor en la fatídica conferencia de prensa del 28 de diciembre. Creyendo que podía seguir ganando elecciones sin controlar la inflación, esa vez fue el mercado quien le votó en contra.

El tiempo es la inquietud del ser, decía un filósofo, y no hay actividad más temporalista que la política. Y que la economía, porque la incertidumbre es la duda sobre la duración de las cosas. El mundo es mucho más complejo de lo que supusieron quienes participaron de la conferencia de prensa del 28 de diciembre: incluye caos e inestabilidades. La prueba fue esta nueva conferencia de prensa de Dujovne y Caputo (ya sin Marcos Peña) cuando dijeron: “No nos tomó por sorpresa” el fortalecimiento del dólar. Es como aquel paciente que le dijo a Freud: “No es mi mamá, doctor”, confesando su problema. Sin aquella conferencia de prensa del 28 de diciembre, hoy el dólar hubiera pasado de 18 a 21 sin necesidad del costo de subir la tasa de interés ni mayor destrucción de valor.

Como la medida del tiempo es la duración, el tiempo se relaciona con la velocidad: el tiempo disminuye cuando la velocidad aumenta. La rapidez con que aumentó el dólar estos cinco meses –de $ 17,30 a $ 22,30, que llevado a doce meses daría 70% anual– comprime el tiempo electoral haciendo más cercano 2019. Eso lo vieron la oposición y los propios aliados del PRO en Cambiemos: el ruido alrededor del aumento de las tarifas es también consecuencia del aceleramiento del calendario político que el vértigo cambiario/inflacionario produjo.

Que el tiempo disminuya con la velocidad fusiona el tiempo con el espacio. Y espacio-tiempo son parte de la estructura de la acción causal. Por eso el tiempo tiene una dimensión creadora al sorprender y cambiar toda la realidad. La caída de imagen de Macri y de la aprobación de la acción de gobierno es creada por el cambio de la percepción del tiempo de una parte de la sociedad que ya ve la amenaza de Cristina Kirchner muy lejos (atrás =  antes). La dimensión humana del tiempo es del orden de lo sensible, una categoría íntima, subjetiva, psicológica, como algo interior y anímico. Ese tiempo fenomenológico como forma unitaria de la vivencia es el determinante para la política. Es el tiempo, que funciona más como intuición que como concepto intelectual, el que cambia el humor social y afecta a la economía y a la política.

Ese tiempo como vida o como duración de lo vivible tenía una palabra distinta en griego antiguo que el tiempo infinito y cósmico. El primero se relaciona con el pasar y el segundo, con el estar. El tiempo humano está interiorizado en los latidos del corazón, símbolo contundente de la presencia del presente. Pero hay un tiempo espiritual en el que el tiempo pasado reposa en la memoria y el tiempo futuro, en la esperanza del devenir.

Este tiempo espiritual de la memoria y el devenir fue el gran aliado de Macri: la memoria del kirchnerismo y la expectativa por un devenir económico mejor. Pero si el devenir no deviene, no viene, el tiempo, al cristalizarse, huele a muerte. Y como medimos el tiempo también por el movimiento, el estancamiento –en nuestro caso de una inflación que nos ancla– produce miedo. La vida está asociada inconscientemente al movimiento continuo, como el eterno orbital de planetas y lunas. Otro año de inflación del 24% no sería el fin del mundo, pero sí de Cambiemos.

    La complejidad aburre a muchas personas de acción, quienes responden simplificando lo real    

Por eso hubo un problema con el tiempo político en diciembre pasado que precisa una profunda reflexión dentro del Gobierno. ¿Tendría sentido cambiar el ministro de Hacienda si se mantuviera el mismo esquema de dos vicejefes de Gabinete económico? Lo mejor sería que se comprobara que los consejos de la consultora McKinsey tan útiles en el mundo de la actividad privada pueden no funcionar de la misma manera en el ámbito de lo público. Una demostración de cómo la política afecta a la economía, y de que no todo es causa del déficit fiscal, es que Brasil tuvo 9% de déficit fiscal hace dos años y la inflación igual era de un dígito. La conferencia de prensa del 28 de diciembre produjo consecuencias equivalentes a varios puntos de déficit sobre el producto bruto. El tiempo no es solo un número que mide intervalos, es, además de esa realidad, también una propiedad y una relación, individual y social.

Ojalá el Gobierno haya aprendido, y el costo de conjurar esta corrida del dólar le ahorre una crisis de magnitudes irreparables en el futuro.


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