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CIENCIA / Coronavirus
martes 24 marzo, 2020

La conducta social frente a las epidemias

En general la respuesta frente a una epidemia comienza en la sociedad de la misma forma con la que individualmente tomamos por lo general un mal augurio: la negación o la minimización.

Un hospital de campaña en Kansas, EE.UU. durante la pandemia de 1918 Foto: Cedoc Perfil
martes 24 marzo, 2020

“Si no sabes dónde quieres ir, 

cualquier camino te llevará…”

 Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas

En 1969, la psiquiatra suiza Elisabeth Kubler Ross planteó en un famoso libro la existencia de lo que denominó el “ciclo del duelo” de las personas que se enfrentan a una grave noticia respecto de su salud. Un ciclo dividido en cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Esta descripción, basada en observaciones a lo largo de años de experiencia tuvo, entre otras, la virtud de explicar la diversa y volátil conducta humana dentro de categorías generales que no solamente ayudan al propio afectado a contextualizar sus reacciones dentro de un mismo proceso sino también al entorno que debe acompañar de la mejor manera al paciente en este tránsito.

Años después esta descripción fue criticada por un supuesto afán sobresimplificador aunque la misma autora se encargó de aclarar que la transición no es necesariamente lineal y que, de hecho existen etapas que pueden obviarse de acuerdo a las características individuales de cada persona.

Sin el respaldo de años de experiencia dado que las epidemias no ocurren cotidianamente y sin más intención que la de plantear un ángulo de análisis a las circunstancias que hoy estamos viviendo se podría decir también que la respuesta de la sociedad frente a las epidemias permite la categorización en etapas y hasta podría aproximarse al estereotipo.

Resulta obvio remarcar las diferencias entre una enfermedad crónica y una epidemia, o entre un individuo y una sociedad. Y sobre todo la distancia que hay entre la certeza de un duelo y la incógnita de lo desconocido. La respuesta social es siempre plural y el promedio resultante no representa minorías. Pero es en la conducción de esta diversidad en la que sobresale el comportamiento de los líderes en todos sus estratos. Los líderes sociales -en particular los que se mueven dentro del marco del respeto a la ley y a los ciudadanos- tienen que dar rápida respuesta frente a un nuevo gran desafío. Con sus acciones pueden favorecer el tránsito de la sociedad hacia la organización o bien “anclar” la respuesta promedio de la sociedad en alguna de las otras etapas del ciclo, con consecuencias más negativas.  

Atendiendo a las salvedades podría plantearse que el ciclo de respuesta social frente a las epidemias incluye etapas de negación, de adjudicación, de pánico, de manipulación, y finalmente de organización.

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Negación (o minimización)

En general la respuesta frente a una epidemia comienza en la sociedad de la misma forma con la que individualmente tomamos por lo general un mal augurio: la negación o la minimización. Creemos que no se trata más que de un contratiempo pasajero que no logrará afectar la vida cotidiana. En el caso del Covid-19 son bien conocidas las consecuencias que enfrentan sociedades en las que la etapa de negación persistió peligrosamente más tiempo que el científicamente tolerable. Aún más, hay expertos que creen que la menor tasa de mortalidad por Covid-19 que se observa en Alemania hasta el momento tiene relación con la política rápidamente implementada de testeo masivo. Siempre es mejor reconocer la realidad para lograr la resolución de los problemas.  

Adjudicación

En esta etapa se genera el pensamiento mágico de creer que señalando de manera inquisitoria a los primeros afectados por la epidemia lograremos contenerla y que no avance hacia nuestra cercanía. La pulsión discriminadora que con mayor o menor esfuerzo las sociedades logran vencer a fuerza de educación y humanidad vuelve a intentar abrirse paso hacia la superficie.   “Es un problema de los chinos” dijeron algunos. “Son los mexicanos” se dijo en la epidemia de gripe A en 2009. La inutilidad de esta concepción es rápidamente evidente en la aldea global interconectada. Baste recordar que la pandemia de 1918 con la que muchas voces comparan la situación actual se conoce como “gripe española” no porque se originó en España ni porque allí haya sido su epicentro, sino simplemente porque mientras Gran Bretaña, Francia y Alemania escondían sus estadísticas para mantener la moral de las tropas combatientes en la Primera Guerra Mundial, la España neutral contó la verdad de lo que estaba ocurriendo. 

A la infección por VIH se la llamó tempranamente como la enfermedad de las cuatro “H” creyendo que solamente afectaba a homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y……..haitianos. 

En las primeras epidemias documentadas de sífilis luego del medioevo los habitantes de la actual Italia la llamaban “la enfermedad francesa”, los franceses “la enfermedad napolitana”, los rusos “la enfermedad polaca”, los polacos “la enfermedad germana” y los turcos “la enfermedad cristiana”. 

De este modo no sería impropio considerar que el Sr. Trump con su referencia recurrente al “virus chino” (ya claramente extemporánea) promueve el anclaje de la sociedad en la etapa de la adjudicación.

Pánico

Nadie vive esperando epidemias. No estamos preparados de antemano como sociedad para enfrentarlas. Y la reacción espontánea de la sociedad puede tender hacia su propia desintegración. El pánico nos conduce a dos tipos de reacciones contraproducentes: la parálisis y la exageración. Pareciera habilitarse el espacio para el tristemente conocido “sálvese quien pueda” que tanto cuesta superar. Pero frente a las grandes catástrofes sólo sirven las respuestas comunitarias. Se trata de mantener nuestras diferencias individuales para la intimidad pero actuar en público como iguales. Frente a la ley y también frente a los virus más contagiosos.  

Manipulación

Esta etapa responde a la realidad de inequidades y diferentes capacidades de respuesta frente a los imprevistos que existen en nuestra sociedad. Aquellos que no pueden -ni quieren- ocultar su sitial de privilegio y que piensan que las normas están para que las cumplan los demás. Puede suceder en todos los estratos. Desde los que estando en el poder ocultan información o recursos hasta el comerciante que aprovecha para remarcar los precios de los productos de necesidad. Aquellos medios que no terminan de entender su rol hasta los ciudadanos de a pie que depredan las góndolas persiguiendo un stock que ni siquiera podrán almacenar. Son los que buscan hacer su agosto aún sin saber si llegaremos a julio.

El rol de los buenos dirigentes para advertir, evitar y corregir estas distorsiones es evidente y crucial.

Organización

Finalmente podemos asumir que es en la etapa de la organización (y colaboración) aquella en que las sociedades logran sus mayores éxitos frente a las epidemias. Esta etapa puede conformarse de manera natural -cuando el causal de la epidemia ya cobró tantas víctimas como su voracidad le permitió y no hay más remedio que construir desde cenizas- o bien de manera cultural cuando se toman medidas de contención que resultan exitosas. Para esto es absolutamente imprescindible la decisión de los líderes en todos sus niveles. Esta contención puede tener diferentes caras. Desde el cierre de la bomba de agua que transportaba cólera a los barrios de Londres hasta la vacunación masiva de la población cuando existen vacunas efectivas, o el uso de medicación preventiva sobre poblaciones particularmente vulnerables. O medidas de aislamiento y restricción del contacto interpersonal como en el caso que hoy nos toca vivir. En esta etapa se termina de circunscribir a la situación como lo que realmente es y va perdiendo su representatividad de otros fantasmas, la epidemia deja ya de ser metáfora. 

El rol del verdadero líder es el de conducir a la sociedad –o la fracción bajo su responsabilidad- lo más rápido posible hacia la organización, acortando o aun evitando el tránsito por otras de las etapas descriptas. Y el rol de la sociedad en su conjunto es facilitar este tránsito y cumplir con las indicaciones que tienen el sentido de cuidar más que el de restringir.

Al igual que lo que sucede en el ámbito individual no todas las sociedades transitan por todas las etapas de la respuesta frente a las epidemias. Pero en este caso es incluso deseable que así sea. La rémora en cualquiera de las etapas previas a la organización condiciona menores posibilidades de éxito. 

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En este momento inédito de angustias y preguntas sin respuesta nuestra dirigencia se ha mostrado cohesionada y resolutiva. El proceso de toma de decisiones es complejo y nunca ofrece garantías. Pero estamos teniendo cada vez más claro el panorama de hacia dónde queremos llegar y cuál es el camino. Dejando de lado nuestras diferencias y mirando desde distintos ángulos todos hacia el mismo horizonte. Aislados en conjunto, si vale el oxímoron.

Es claro que dentro de la sociedad hay individuos estancados en distintas etapas de la respuesta frente a las epidemias. Es también nuestro deber ciudadano acompañarlos de manera respetuosa pero firme hacia el rol que le cabe dentro de este nuevo orden social transitorio.

Debemos aprender a creer en el valor de los actos aún frente a la incertidumbre de sus resultados. Y en ese camino de convencimiento los aspectos simbólicos también tienen un rol. En los últimos años nos hemos acostumbrado a escuchar el neologismo “viralizar” como sinónimo de “propagación incontenible”. Tal vez haya llegado la hora buscar otra palabra.

Waldo H. Belloso. Médico infectólogo y farmacólogo clínico.

 


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