COLUMNISTAS
despedidas

El escenario vacío

Guillermo Heras 20230715
Guillermo Heras | actores.org.ar

De tu muerte, querido Guillermo Heras, me duele especialmente que no hayas llegado a tiempo de volver a tu Madrid. 

Te sorprendió en Buenos Aires y aquí te nos quedaste. Como uno de nosotros. Podría haberte sucedido en cualquier país de tu América Latina y sería igual: uno de nosotros.

También me duele pensar que tu partida podría estar señalando el fin de muchas cosas. Cosas que han ido cambiando y no necesariamente para mejor. Contra toda adversidad, pusiste tu vida al servicio de acortar las distancias atlánticas que nos separan de España, que hoy parecen ampliarse ante la escasez de recursos de un lado y otro del océano y la falta de políticas claras y rápidas para reunir un mapa teatral que se fragmenta como Pangea.

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La nueva derecha

Ejemplo vivo de agitación y desencuadre, supiste mover al teatro español de sus cómodas casillas, ya sea desde la Muestra de Autores Contemporáneos de Alicante, el Inaem, el Consejo Nacional de la Danza o los proyectos de Iberescena. Ser autor teatral contemporáneo en España es particularmente arduo, lo sabemos. Ofrecer a la danza un lugar de privilegio en los escenarios públicos lo es más. Y favorecer la hibridación con los teatros panhispánicos fue tu mayor quijotada. 

Durante muchos años, la entrada a España para el teatro argentino fue la ocupada puerta del Festival de Cádiz, más angosta que el estrecho de Gibraltar, una entrada modesta, porque como festival de teatro latinoamericano en España nunca dejó de tener un aire de muestrario: un poco de los condimentos culturales de la herencia española en tierra americana. 

Un pequeño avatar

Pero gracias a muchos con tu ejemplo y tu dedicación, esta herencia dejó de ser considerada un blasón olvidado entre las joyas de la familia para permitirse incluso proyectar en las cooperaciones con América un verdadero teatro del futuro. Quiero pensar que ese futuro no se muere contigo, hoy que los cruces se hacen cada vez más esporádicos, que la censura en los teatros españoles conoce picos de insolencia inaceptables, que los gobiernos hacen poco y nada por favorecer la crianza conjunta de nuestras tradiciones.

No hubo teatrista argentino que no te conociera. En cualquier ocasión en la que te cruzáramos el tiempo parecía no haber pasado; detrás de tus gafas gruesas como escamas tus ojos brillaban de gozo ante la posibilidad infinita de nuevos proyectos para el aquí y para el ahora.

Me desespera pensar que Buenos Aires, tu segunda casa, no fue la ciudad a la que viniste a vivir, sino la ciudad en la que te nos moriste. No nos despedimos. Vamos a llorarte en ambas orillas.