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Gris de ausencia

Soledad 20220509
soledad. | Shutterstock

No es menor esa diferencia: la diferencia entre estar y no estar. No da igual, no resulta igual, estar ahí o no estar ahí, entrar o no entrar en contacto, estar cerca o estar lejos, lo inmediato o lo remoto. Supongo que desde hace tiempo lo saben quienes, por razones de lejanía geográfica, venían recurriendo al Skype para poder al menos verse y escucharse con sus seres queridos. No da igual, no da lo mismo.

Participo por estos días de un congreso universitario. Algunos expositores asisten y se reúnen, comparten un mismo espacio con quienes acuden a escucharlos. Pero otros se inclinan, en cambio, por leer sus ponencias encerrados en sus casas, bajo condiciones de aislamiento social, separados físicamente de los demás (curiosamente, varias de sus ponencias versan sobre el cuerpo, que es lo que quitan, o sobre las formas de lo común, que es lo que vacían). Es más que notoria la diferencia de la calidad de interpelación y escucha, de la fluidez de los debates posteriores, entre las palabras emitidas en presencia y las palabras transmitidas por computadora. 

Una pandemia no es asunto baladí. Altera el curso de las vidas, no podría no alterarlas. Pero la prolongación de las restricciones, ya sin necesidad sanitaria alguna, me desconcierta y me aflige. Está pasando, y no en escasa medida, en los ámbitos educativos. Los recursos de emergencia a los que debimos apelar en su momento se mantienen ahora, ya sin justificación, por inercia o por comodidad, por especulación o por dejadez.

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