DOMINGO
Biología y lenguaje

Entre la vida y la muerte

1-11-2020-Logo Perfil
. | CEDOC PERFIL

Apesar de las predicciones entusiastas de que las innovaciones tecnológicas abrirán paso a los úteros artificiales y a la vida eterna, sigue siendo cierto que todos los seres humanos nacemos del cuerpo de nuestra madre y morimos. Nadie escoge nacer, y aunque algunas personas deciden morir, muchas preferiríamos no hacerlo. Los principios y los finales, la vida y la muerte, no son conceptos simples. Determinar cuándo empieza la “vida” es desde hace mucho una cuestión filosófica, así como el objeto de un debate político enardecido. También hay confusión acerca de qué define la “muerte”, aunque, en cuanto un cadáver empieza a pudrirse, se desvanecen todas las dudas. Todos los mamíferos se originan en un espacio materno. Aun así, este hecho evidente, que un feto, algo que hemos sido todas las personas, se encuentre conectado físicamente a su madre y no pueda sobrevivir sin ella, ha desempeñado un papel relativamente pequeño en la corriente dominante del pensamiento filosófico y científico en torno a qué somos los seres humanos.

Se han escrito innumerables libros sobre por qué y cómo surgió en la historia de Occidente la idea del hombre autónomo, independiente y libre que forja su propio destino. Muchos de ellos tratan de cómo las ideas históricas moldearon la conciencia de poblaciones enteras y se quedaron ya entre nosotros, y de si el ideal humanista, que en general se considera que empezó con el Renacimiento (llamado así, por supuesto, con posterioridad) y culminó en la Ilustración, es bueno, malo o ambas cosas.

En general, estos libros tienen poco o ningún interés para la biología. Aunque dan por supuesto que las realidades biológicas existen –¿cómo podría influenciar a alguien una idea sin una mente y un cuerpo que la reciban?–, a menudo omiten la complejidad material de los seres vivos. Sin embargo, la biología también se basa en conceptos, en los conceptos de la vida y la muerte, el principio y el fin, y los límites de una criatura. Uno de esos límites es la piel que cubre a un ser humano, que está compuesto de miles de millones de células. Una bacteria, en cambio, es un organismo microscópico y por lo general unicelular que consume nutrientes, se multiplica y se convierte en una colonia con su propia morfología (forma y estructura) y movimiento. La ciencia se encarga de crear buenos modelos y de trazar límites que dividen la naturaleza en fragmentos comprensibles que se pueden clasificar, nombrar y probar. A veces, las clasificaciones y los nombres pierden relevancia, y los científicos adoptan un modelo con nombres nuevos que se adaptan mejor a sus necesidades. Sin embargo, es esencial distinguir unas cosas de otras. A veces es difícil aislar algo. A veces sus límites no son evidentes. Es interesante, en este contexto, descubrir que los científicos saben poco de la placenta, que en los últimos años se ha descripto como poco conocida, infravalorada e incluso como “el órgano neuroendocrino perdido”.

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Lógicamente, cuando a una persona, cosa u órgano del cuerpo se le da el estatus de “injustamente ignorado”, suele servir de reclamo para alertarnos de que los tiempos han cambiado. La placenta es un órgano limítrofe entre la madre y el feto. Es una estructura compuesta que a veces se describe como un órgano “fetomaternal” porque se desarrolla a partir de los tejidos de la madre y del embrión. Ocupa un espacio intermedio dentro del espacio materno.

La placenta suministra nutrientes y oxígeno al feto, elimina sus residuos, le proporciona protección inmunológica, produce la hormona progesterona y tiene dos sistemas circulatorios sanguíneos, uno para la madre y otro para el feto. Por sus múltiples funciones, un embriólogo se refirió a ella como “el tercer cerebro” en gestación.

El intestino humano, o el sistema nervioso entérico –estómago, esófago, intestino delgado y colon–, se ha ganado el sobrenombre de “el segundo cerebro”; hoy día parece que está de moda que aparezcan cerebros en distintas partes del cuerpo. La placenta solo se desarrolla en las mujeres, concretamente en las embarazadas, y es un órgano transitorio. Cuando finaliza su cometido, al nacer la criatura, es expulsada del cuerpo de la mujer. De ahí que en inglés también se la conozca con el término de afterbirth, “después del parto”. (…)

El lenguaje es importante y engendra continuamente metáforas. Por ejemplo, ¿cómo se explica que una placenta sea un tercer cerebro? Samuel Yen, el acuñador del término, presentó la placenta como un complejo mediador entre el cerebro de la madre y el cerebro fetal inmaduro, un cerebro intermediario de vida corta con facultades sorprendentemente sofisticadas para regular el entorno fetal. En el lenguaje que se utiliza para describir lo que hace la placenta, hay palabras que se refieren a “el primer cerebro”, así como a otros sistemas corporales: “mensajes”, “señales”, “comunicación” e “información”. No es descabellado preguntar qué papel desempeña la idea de “la mente” en toda esta señalización sistémica. Aunque resulta extraño ver en la placenta algún parecido con una mente, no lo es tanto pensar en ella como una especie de cerebro, otro órgano físico intrincado y complejísimo que sigue siendo muy poco conocido. Cuando el cerebro de una persona deja de funcionar, ¿no se va la mente con él aunque el corazón bombee y los pulmones trabajen? ¿Está muerta? ¿O es necesario detener toda clase de “comunicación”, todo movimiento biológico, para que una persona esté realmente muerta y empiece a descomponerse?

¿Qué importancia tiene para la mente, si es que tiene alguna, el hecho de que los mamíferos se gesten dentro de otro cuerpo? ¿Qué tiene que ver esta realidad biológica con cómo se desarrolla un mamífero con el tiempo? Nacemos de alguien, pero no morimos de dos en dos. Morimos solos, aunque a veces un cónyuge, un compañero o un amigo sigue rápidamente a su ser querido a la tumba. La expresión para referirse a este fenómeno es “morir de pena”. Los seres humanos dejamos a nuestra madre para salir al mundo, y abandonamos este mismo mundo cuando nuestro cuerpo de una manera u otra se apaga. 

*Autora de Los espejismos de la certeza, Seix Barral (fragmento).