viernes 17 de septiembre de 2021
DOMINGO el duelo
01-11-2020 04:39

Etapas para sanar

01-11-2020 04:39

Soltar a los muertos no es olvidarlos, no es ignorarlos y menos aún negar que seguirán presentes en nuestros pensamientos y en nuestras emociones. Poder soltarlos es estar, vivir y recordar en paz. Es necesario hacerlo, es un desafío a la ausencia, una respuesta a lo inevitable y un tributo a quienes nos amaron, pero se anticiparon en el largo viaje hacia la eternidad. (…)

No es fácil ubicar el nuevo lugar donde están esos muertos. Si hay amor, están en el corazón. Y a este mismo hay que escuchar, y no las ocurrencias que suele decirnos la cabeza. ¿Para qué soltarlos? Sencillamente para no cargar con ellos. Nada más cruel para los vivos que cargar con un muerto. Nada más injusto para un muerto que ser una carga pesada, incómoda, inútil. (…)

El duelo tiene varias estaciones, y cada uno de nosotros tiene su propio tiempo para recorrerlas. La buena nueva es que, también, podemos ser capaces de generar las emociones que necesitamos para atravesar el dolor. El recorrido del duelo fue planteado por la psiquiatra suizo- estadounidense Elisabeth Kübler-Ross en su libro Sobre la muerte y los moribundos en 1969. Para la autora, son cinco las etapas que se transitan para sanar la pérdida de un ser querido: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Nosotros preferimos visualizarlo como estaciones por donde vamos pasando en ese tránsito del dolor al bienestar.

Lo primero que aparece es la ceguera, es decir, la negación psicológica del dolor. Es cuando nos decimos “no puede ser” o “no me puede estar pasando esto”. Pero la respuesta es “sí, está pasando” y esto nos impacta de manera muy fuerte. La segunda estación es reactiva. Aparece el enojo, la protesta o victimización de eso que nos pasa. Nos altera, nos cuesta controlarnos.

La tercera estación es la tristeza o la depresión. Empezamos a asumir que pasó y nos derrumbamos. La ausencia tal vez sea la evidencia brutal de la partida. Nos pone impotentes.

Luego viene el miedo a lo que nos pueda pasar, a que se repita eso que nos pasó, a que no podamos seguir, a que no podamos sobreponernos. La quinta estación es la aceptación porque ya sabemos que los muertos no vuelven físicamente. Pasaron los días, las semanas, los meses, y comenzamos a acostumbrarnos a convivir con ese vacío tan doloroso que dejó el que no está.

Y así un día nos damos cuenta de que tenemos un gran poder en nosotros para decidir cómo elegimos seguir. Aquí aparece desde nuestra mirada otra estación y es la declaración de lo que quiero que pase. El futuro vuelve a tener sentido. Ya más fuertes y con la mirada hacia el horizonte, surge la posibilidad de perdonar y perdonarnos, sobre todo, lo que creemos que es necesario. Este paso nos permite una sensación de completitud con nosotros y con los demás, presentes o ausentes.

Finalmente, la gratitud. Qué puedo aprender de todo lo que he pasado, agradecer lo vivido, a quiénes quiero agradecer y qué puedo agradecerme por semejante suceso. La felicidad como un compromiso a pesar de lo vivido tristemente.

No se trata de negar los sentimientos que la muerte de los otros generan en nosotros. Aunque lo intentamos, el golpe pega fuerte y nos desacomoda, pero si estamos preparados, probablemente, los efectos no puedan dejarnos muertos en vida. El vacío seguirá siendo vacío tanto si me quedo tirado/a en una cama viendo pasar las horas o si decido levantarme con espíritu curioso para descubrir qué hay más allá del horizonte.

Puedo hacer del luto un hábito que va vestido de negro profundo alargando la tristeza o plantarme, vulnerable y con la dignidad de estar de pie, recobrando los colores con sus tonos y matices, como un arco iris que ilumina a otros. Como dijo el escritor argentino Jorge Luis Borges: “El futuro no es lo que va a pasar, es lo que vamos a hacer”. Pero ¿cómo hago?, preguntarán muchos. La única respuesta posible es haciéndolo... como surja, lo que seguramente será imperfecto. Aunque sea así, será más bonito a los ojos de todos, incluso a los de nuestros muertos. Hazlo y, si tienes miedo, hazlo con miedo. Hazlo y, si duele, hazlo con dolor.

Roberto esperó un largo tiempo hasta que contó su vuelo con los pies en la tierra. Era un hombre en paz sentado en la última silla de un desordenado círculo de otras sillas y banquetas. Contó en el salón un relato inspirador sobre el después de la muerte de su hijo de 12 años. Se notaba que el dolor estaba presente como el primer día, pero la gestión de las emociones redirigió el sentimiento hacia el aprendizaje, la gratitud, la experiencia y el mejor homenaje que podía hacerle a ese pequeño: la alegría. “Tengo que seguir viviendo”, dijo con tono parejo sin entrecortarse ni un segundo, “me restan muchos años. Me queda otro hijo y estoy dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para tener la mejor de las vidas para mí y para los que me rodean”. Como si no hubiera otras opciones. El vector era él y había aprendido desde el dolor hacia qué lado orientarlo.

Vivir completos es una maravillosa experiencia para no huir de la muerte que, de todas maneras, en algún momento va a llegar por nosotros. En la medida en que nos encuentre con los sueños cumplidos, con las expectativas llenas, con las conversaciones satisfechas, sin cuentas pendientes, habiendo disfrutado la vida con sus alegrías y desventuras, podremos abrir los brazos, plantarnos firmes y aceptar que ya hemos vivido. No como una expresión de deseo, sino como una señal inevitable e ineludible de que nos ha llegado la mala hora... pero felices. Si en cambio, dejamos todo para mañana o más adelante, como si el paso por esta tierra fuera eterno, nuestra vida estará llena de cuentas pendientes. La deuda con nosotros mismos será tan enorme como impagable, y solo nos quedará huir de la muerte, como hacen los cobardes que, de todas maneras, en algún momento serán alcanzados por ella. Cada uno elige qué hacer y esa libertad es maravillosa. He aquí la doble opción, al menos hasta que la muerte, como dice el escritor portugués José Saramago, deje de matar. ¿Cómo te va a encontrar tu propia muerte? ¿Qué estás haciendo para que te encuentre vivo?

*/**Autores de Soltar para ser felices, editorial El Ateneo (fragmento).

En esta Nota