El dólar atraviesa una etapa de calma poco habitual para la Argentina. Con más oferta de divisas y sin una expectativa inmediata de tensión cambiaria, el mercado empezó a discutir ya no si el tipo de cambio puede seguir bajando, sino hasta dónde puede hacerlo sin volver a generar desequilibrios más adelante.
La explicación inicial aparece del lado de la oferta. Andrés Reschini, de F2 Soluciones, sostuvo que desde el triunfo oficialista en las elecciones de medio término cedió la demanda privada de divisas, mientras crecieron los ingresos por colocaciones de deuda corporativa y subsoberana, el superávit comercial y el crédito en dólares. A ese puente de oferta ahora se le suma la cosecha gruesa, lo que refuerza la sensación de que en el corto plazo no hay un escenario de tensión cambiaria. “De momento el mercado no espera tensiones cambiarias en el corto plazo”, señaló a PERFIL.
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Sobre ese punto también coincidió Mariano Ricciardi, economista de BDI Inversiones. Según su lectura, en los próximos uno o dos meses el dólar debería seguir “controlado” porque empieza a aparecer con más fuerza la liquidación del agro, mientras el Banco Central compra divisas de manera escalonada para no alterar el precio. “En las próximas semanas vamos a ver mucha más oferta de dólares, que si el Banco Central incluso no comprara dólares, el dólar bajaría”, afirmó.
A esa mirada se sumó Milo Farro, research de Rava, que aportó una referencia concreta sobre el nivel actual del mercado. Según indicó, "al 15 de abril de 2026 el dólar mayorista cotiza en $1.365 en un contexto de fuerte presión vendedora en el Mercado Libre de Cambios". Farro explicó que esa dinámica responde "al aumento de la oferta por la llegada de la cosecha gruesa, la liquidación de fondos provenientes de colocaciones en el exterior y la mejora en los precios de las exportaciones a partir del conflicto en Medio Oriente".
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Esa última observación agrega un dato relevante: el shock internacional no sólo encareció la energía, también mejoró algunos precios de exportación y reforzó el ingreso de divisas comerciales. Según Farro, ese flujo se combina con el programa de acumulación de reservas que viene sosteniendo el Banco Central, que ya compró USD 5.718 millones en lo que va de 2026. Bajo ese esquema, planteó que la autoridad monetaria está aprovechando la ventana estacional para acelerar compras y que, si mantiene ese compromiso, "podría empezar a consolidarse una zona de piso en torno a $1.350 para el dólar mayorista".

Ese aporte permite ponerle un rango más concreto a la discusión. Por ahora, ninguno de los analistas habla de un derrumbe indefinido del tipo de cambio. Pero la referencia de Rava empieza a marcar un umbral técnico y operativo: un dólar en la zona de $1.350 podría transformarse en un piso de corto plazo si el Banco Central sigue absorbiendo oferta sin convalidar una baja mayor.
Reschini planteó justamente ese punto desde otra perspectiva. A su entender, el Gobierno está intentando comprar reservas mientras mantiene al tipo de cambio como ancla nominal, es decir, como referencia para moderar la inflación. En su visión, buena parte de lo que ocurra con el dólar dependerá de la capacidad del equipo económico, entre el Banco Central y el Ministerio de Economía, de acumular reservas para afrontar compromisos y construir un colchón hacia 2027. “Si lo logra, el tipo de cambio tiene chances de encontrar razones para apreciarse; de lo contrario puede haber algún repunte”, explicó.
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La idea de ancla nominal es central en este esquema. Se trata de usar un dólar estable o atrasado en términos reales como herramienta para contener precios internos. El problema es que esa estrategia suele tener un límite: si la inflación sigue corriendo por encima del ajuste cambiario, el atraso relativo del tipo de cambio puede terminar afectando competitividad y alimentando expectativas de corrección futura.
Ese riesgo fue planteado por el licenciado Gastón Lentini. El analista de mercados advirtió que el mercado empieza a mirar con atención el desacople entre inflación y dólar, un fenómeno con antecedentes incómodos en otras etapas de la economía argentina. Según su visión, ese recuerdo vuelve a hacer atractivos algunos bonos o fondos ajustados por inflación para quienes necesitan quedarse en pesos. “Cuando vemos que la inflación sube y se desacopla de la evolución del dólar, eso despierta los miedos del mercado”, aseguró a PERFIL.
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Lentini sumó a su análisis otro punto de tensión: la brecha entre el oficial y el dólar cable. Según remarcó, "pese al ingreso de divisas, esa diferencia no se está cerrando, sino ampliando". En su lectura, eso introduce una señal de desconfianza sobre la sustentabilidad del esquema actual. También cuestionó las nuevas restricciones dispuestas sobre la operatoria en dólares, al señalar que el Gobierno volvió a habilitar limitaciones cruzadas entre quienes operan en el oficial y quienes operan en el financiero, una medida que contradice el discurso de apertura total del mercado.
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En términos de recorrido, Lentini puso además un límite económico concreto a una eventual baja adicional del dólar: un valor demasiado bajo desincentiva las exportaciones. Esa advertencia aparece especialmente en un momento en que la oferta depende en gran parte del agro. “Más allá de que se hayan bajado un poco las retenciones al campo, si el sector no liquida la cosecha, temo que no sean suficientes los dólares para mantener este ritmo de compras que viene sosteniendo el Gobierno”, señaló.

Ricciardi sumó otro matiz relevante. Explicó que parte de la calma cambiaria actual no responde sólo a factores locales, sino también a un contexto internacional más favorable para monedas emergentes. Según indicó, el dólar a nivel global viene perdiendo valor frente a varias monedas de la región, entre ellas el real brasileño, lo que ayuda a la Argentina a no perder competitividad de manera tan abrupta pese a un tipo de cambio más bajo.
En la misma línea advirtió que esa tranquilidad puede ser transitoria. Del lado de la demanda, identificó dos factores que pueden volver a presionar sobre el dólar: la inflación y la baja de tasas de interés. Si la tasa en pesos deja de compensar la suba de precios, los inversores pueden dejar de ver atractivo quedarse en moneda local y volver a dolarizarse. “A medida que las tasas siguen bajando, ya no es tan atractivo quedarse en pesos, y muchos inversores pueden empezar a posicionarse en el dólar”, sostuvo.
Ahí aparece otro concepto relevante: las tasas reales negativas. Eso ocurre cuando el rendimiento en pesos queda por debajo de la inflación. En ese escenario, el ahorro en moneda local pierde atractivo y crece la demanda de cobertura cambiaria. Reschini también marcó ese riesgo al señalar que “las expectativas inflacionarias con tasas reales negativas son un riesgo que puede fortalecer la demanda de divisas de privados”.
Más allá del corto plazo, Ricciardi sumó un factor político: el llamado trade electoral, el proceso por el cual el mercado empieza a recalibrar precios y cobertura a medida que se acercan las elecciones presidenciales. Citando un informe de Facimex Valores, recordó que ese movimiento suele comenzar entre 12 y 18 meses antes de los comicios. Con ese calendario ya en marcha, la calma actual podría ser apenas un “veranito” antes de una etapa de mayor sensibilidad política. “El dólar puede seguir un par de meses más controlado, pero en breve se debería recalentar a medida que haya incertidumbre sobre qué va a pasar con la oposición, si va a haber reelección o cambio de gobierno”, indicó.
En ese contexto, la respuesta a la pregunta sobre hasta dónde puede bajar el dólar empieza a mostrar una referencia concreta, pero no una garantía. La zona de $1.350 aparece como un posible piso de corto plazo si el Banco Central sostiene la compra de divisas y la oferta del agro se mantiene firme. Pero ese movimiento encuentra límites en la necesidad de acumular reservas, en el riesgo de atraso cambiario, en la fragilidad de las tasas en pesos y en la incertidumbre electoral que empieza a asomar en el horizonte.
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