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POLITICA / ENTREVISTA
domingo 16 septiembre, 2018

Julio Blanck: "El periodismo de guerra fue perder tonos"

El editor de Política de Clarín murió hace una semana, pero poco antes brindó un reportaje inédito que forma parte de un libro de Fontevecchia de próxima aparición. Aquí, el adelanto.

por Jorge Fontevecchia

Adios a un simbolo. Blanck lideró casi treinta años la sección Política de Clarín y tenía un programa en TN. Sus palabras ponen luz sobre áreas claves del trabajo periodístico. Foto: GZa. la IZQuierda Diario - Mariana Nedelcu

—Fuiste el primero en hablar de “periodismo de guerra”. ¿A qué te referías exactamente?
—A la necesidad de defendernos, de sobrevivir a una guerra que nos habían declarado. Me acuerdo de la canción de Serrat que terminaba diciendo “padre, deje ya de llorar, que nos han declarado la guerra”. Y nosotros lloramos un tiempo pensando en por qué atacaban al diario, que es una entidad y que para muchos de los periodistas era ajena, impersonal, el empleador, el patrón. En el diario, los periodistas de Clarín vimos que era contra nosotros también. Lo ubico en un día preciso: el día en que Néstor Kirchner maltrató a Leonardo Mindez en una conferencia de prensa. Leo era un cronista joven, del equipo de redactores. Me acuerdo del impacto en la redacción mientras veíamos por televisión esa conferencia de prensa durante el conflicto con el campo. Ahí cambió algo. Puede ser que toquen a Van der Kooy o Kirschbaum o Blanck pero a Mindez… Y ahí cambió la cabeza de la gente: también era contra los periodistas; no solo contra los medios.

—Eso fue 2008.
—Después vino la Ley de Medios. Ahora estamos en la posguerra; terminó eso. Nos vimos obligados a defendernos. ¿Es el periodismo que queríamos hacer? No. Pero es el que tuvimos que hacer. ¿Tenemos que hacer lo mismo ahora? ¿Nos sale bien no hacerlo? ¿Hacer una cosa más ecuánime, más ponderada? A veces nos sale y a veces, no. Eso fue el periodismo de guerra. Fue una situación de excepción en la cual tuvimos que corrernos de algunos de los parámetros clásicos con los que trabajamos porque, si no, la compañía no sobrevivía. El que no tenía la misma decisión se sumaba al kirchnerismo, como muchos compañeros lo hicieron, o se refugiaba en un lugar menos expuesto. Si vos querías seguir haciendo lo que hacías, estabas sometido a esas leyes que no pusimos nosotros.

—Horacio González decía que el periodismo había nacido en los partes de guerra de los generales que, al terminar una batalla, relataban cómo había sido. Dice que el periodismo fue siempre periodismo de guerra, más solapado a veces, más evidente otras.
—No comparto esa idea. No es solamente un cambio de tono. El periodismo de guerra fue la pérdida de tonos. Era el blanco o el negro. Perdimos la capacidad de los tonos, la resignamos o no nos salió mantener el tono en determinado momento, sobre todo en los últimos años. Conflictos con el kirchnerismo o con todos los gobiernos tuvimos siempre. Hemos tenido conflicto con el kirchnerismo en la época en la que el diario y el gobierno de Kirchner se llevaban estupendamente. Daniel Fernández Canedo y yo estábamos a cargo de la edición los sábados, como editores jefes del diario, allá por junio de 2005. Dedujimos que el gobierno preparaba un aumento a jubilados. Estábamos en el camino de la primera elección de Kirchner. Ismael Bermúdez le pregunta a Massa, que era jefe de la Anses –la praxis periodística más elemental–, que no le contesta. Tenían, desde el principio, una disciplina espartana en el control de la información. El subsecretario de Estado no podía hablar con la prensa; el secretario solo podía hablar con autorización del ministro; los directores no podían hablar con los medios. Y los ministros hablaban. Acá Massa hizo lo que tenía que hacer: “Che, me están preguntando esto desde Clarín”. Me llama Alberto Fernández y me asegura que no había nada de eso. “No lo pongas porque te vas a equivocar”, decía. Al rato, me llama otra persona que trabajaba en el gobierno y con la que yo tenía una relación de mucho tiempo y confianza. Me dice: “Julio, no publiques eso”. “Pero ¿por qué?”. “Porque te va a desmentir el presidente mañana”. 2005 no era un momento feliz para que te desmintiese Kirchner, por la popularidad que tenía. En la conversación, le digo a Alberto Fernández: “¿Vos me estás diciendo que esto no va a suceder, que no va a haber aumento a jubilados?”. “Te lo puedo firmar. Si hay aumento a jubilados, yo te pago una cena. Y si no, me la pagás vos a mí”. No hubo desmentida; nosotros fuimos cautos. Lo publicamos bajándole el tono con un título grande adentro, pero muy poquito en la tapa. Y en julio anuncian el aumento a partir de agosto; se cobra en septiembre; la elección fue en octubre. Teníamos una línea de tensión amable, pero de tensión al fin, eran naturales. También con Menem. Si no tenés una línea de tensión, estás jodido, estás trabajando para el gobierno aunque no te des cuenta, aunque no quieras. Así que no es guerra, es tensión. Si vos hacés periodismo militante, decidís hacer propaganda, decidís transmitir el parte de un bando de los generales. Nosotros intentamos hacer otra cosa, y eso te lleva a una tensión inevitable, aun para lo bueno.

"Nos vimos obligados a defendernos. No es el periodismo que queríamos, sino el que tuvimos que hacer."

—¿Cómo fue durante el gobierno de Raúl Alfonsín?
—Yo era cronista en esa época. El gobierno de Alfonsín te corría con que si hablabas mal del gobierno, estabas poniendo en riesgo la democracia, que estaba tan débil y tan nuevita. Y muchos de nosotros éramos sensibles a esas cosas. Después venía Menem, Raúl Delgado, que había sido compinche mío cuando él estaba en La Nación y yo en Clarín, en Deportes. Y lo nombran vocero. Yo ya era jefe de Política del diario. El Flaco (Delgado) me dice: “Yo, operar, tengo que operar sobre Clarín y La Nación”. Me estaba diciendo: vamos a tener que pulsear un poco porque yo tengo que operar sobre ustedes. Es natural que haya tensión. “Información es lo que alguien no quiere que se publique; todo lo demás es propaganda”: nosotros trabajamos con esa idea. Tratamos de publicar información, de molestar un poco al poder, de incomodarlo. Hay un sector del periodismo, entre ellos periodistas muy valiosos y entrañables, que se amputaron la profesión para hacer militancia y otros que estuvimos a punto de hacerlo. Algunos se la amputaron y no se dieron cuenta o se dieron cuenta y hacen de la amputación un sentido contrario, un marketing hoy.

—Hoy C5N mide más que TN, parece que hoy rinde más la crítica al actual gobierno o el elogio al anterior, que viceversa.
—En un punto, sí. Por un lado una de las explicaciones es que hacen un tipo de propaganda muy empática con su audiencia. Por otro lado, lo que era una enorme red de medios que difundían esa voz hoy se concentró por razones económicas, porque se acabó la pauta del Estado. C5N, Radio 10, un poquito Del Plata, tienen ese público, y no es poco, es un 25 por ciento.

—¿Siempre el periodismo crítico es opositor?
—No necesariamente. Muchas veces el opositor es opositor a todo. Si soy opositor, quiero que te caigas, que vayas preso, que te vaya mal, que te vayas en helicóptero. Y no me parece. Tendríamos que tener o recuperar la capacidad de ser críticos sin necesidad de desearle lo peor al que está en el gobierno. No es lo que sale más fácil. Y no es lo que se acepta más fácil por parte de los que están sentados en el lugar del poder. Nunca lo aceptaron. Hay tan baja tolerancia a la crítica, nunca nadie como el kirchnerismo pero antes tampoco, ni los radicales ni el Frepaso, que eran tan progresistas. He tenido que defender a alguno de los cronistas ante mis jefes porque habían disgustado a algún funcionario de los del Frepaso, el gobierno de la Alianza.

—¿Perdías las fuentes?
—Podía pasar eso; era una pulseada. Pero nunca con el kirchnerismo, que no era un tema que perdías la fuente: no te hablaban. Me llegué a encontrar con un personaje importante del kirchnerismo en la casa de la madre de un colaborador una noche que fui a cenar y nos quedamos hasta las 4 de la mañana, como si fuera algo clandestino. Y para él, lo era. Yo le decía: “Muchachos, ustedes son gente grande, con historia política, ¿por qué se dejan tratar como chicos?”.

—¿Por qué fue posible que gente grande, que tenía una trayectoria, una historia, entrara en ésa?
—Era el salvoconducto para entrar en los beneficios, no solo económicos, del poder. Se pusieron detrás del que tenía popularidad. También había un grado de convencimiento de algunos de ellos y de otros que eran nuevos. Eso tiene que ver con lo que era la personalidad de Kirchner, que pese a su modo brutal en el trato, lideraba y llevaba a la gente hacia algún lado. Sobre todo en la última etapa de Cristina, ya sin Néstor, cuando el gobierno entró en caída libre, el último servicio de Néstor fue cómo ganar la última batalla.

—¿Ganarla con su propia muerte?
—Sí, y con Cristina con una actuación política extraordinaria. Cristina se pasó 362 días sin decir en público la palabra Clarín. Desde el día de la muerte de Néstor, el 27 de octubre de 2010, hasta el día que a ella la reeligen, el 24 de octubre de 2011. Hacía lo mismo que está haciendo ahora: era Cristina la buena, una viuda dolorida, que lo era. Pero, además, actuando, creo yo, su mejor papel.

—¿Puede ser que Cristina haya querido mantener a “Clarín” como adversario?
—Sin duda.

—Y finalmente terminaba no matándolo sino simplemente hiriéndolo lo suficiente, pero no llegando a la estocada final. ¿Intentó y no pudo?
—Era difícil. ¿Por qué no pudo si pudo tanto, si tenía casi la suma del poder público? Cristina trató de forzar la ley a su favor, pero nunca la violentó absolutamente. Así como su discurso fue violento pero nunca hubo violencia física: era facilísimo que hubiera violencia física pero me parece que fue un umbral que Cristina y el kirchnerismo no atravesaron. Presionaron con la Ley de Medios, con la adecuación de oficio pero en algún punto pararon. También es cierto que a partir de 2013 comenzó la parábola de caída. Al final había mucho más declamación que acción posible. Quiero creer que hay límites que ella no quiso pasar.

"La política, afortunadamente, sobrevalora a Clarín y a cualquier medio. Es por vulnerabilidad."

—¿Límites que se autoimpuso?
—Me parece que sí.

—¿Por principios o por conveniencia?
—Primero, porque no le era fácil; tenía que hacer verdaderamente lo que era Venezuela. Y como todo el mundo decía, nosotros veníamos cuatro o cinco años detrás de Venezuela. Y en algunas cosas, Cristina tiene una especie de ida y vuelta entre su carácter constitucionalista y su práctica. Ella llega prometiendo calidad institucional. Ibamos por Alemania y terminamos casi en Venezuela.

—¿Con Néstor Kirchner habría sido distinto?
—Habría negociado o intentado negociar. En algún momento de sus años complicados, Magnetto hace una convocatoria a las figuras periodísticas de todas las empresas en el cuarto piso del diario. 2011 o principios de 2012. Estábamos entrando en el peor momento. Estaba Nelson Castro, Chiche Gelblung, que estaba en Mitre hasta que llega Longobardi. Y a Magnetto, alguien le pregunta: “¿No podemos negociar?”. “Ahora ya no; ya no hay con quién hablar”, contesta. Con Kirchner siempre hubo alguna línea. Y Kirchner te cagaba a trompadas y hablaba. Lo que sintió Clarín era que, muerto Kirchner, no había más con quién hablar. Y ahí no hubo más negociación.

—Así como se estatizó y nacionalizó YPF, ¿podrían haber estatizado Cablevisión?
—Hubo alguna barrera en la Justicia, o no quisieron romper o no se animaron, o pensaron que no tenían respaldo suficiente. Siempre me sorprendió por qué De Vido no dijo un día: “Cablevisión no existe más”. Ellos siempre jugaron mucho a amedrentar. Con Clarín se encontraron con una resistencia detrás. Detrás del tanque, venía toda la infantería que empujaba a ver si Clarín aguantaba. Y me parece que encontraron una resistencia que no esperaban y que sumó una cantidad de influencias, de poder. El Presidente hoy te dice: “Si no fuese por ustedes, no llegamos a este punto”. A mí me parece una exageración, como me pareció siempre una exageración eso que se decía de que si no salís en Clarín no existís.

—¿Creés que sobrevaloran a “Clarín”?
—La política, afortunadamente, sobrevalora a Clarín.

—¿Y a todos los medios?
—Ahora también. Hoy se asustan por cualquiera.

—¿A que lo atribuís?
—A su debilidad, a su vulnerabilidad, a que no resisten el cotejo verdadero con la demanda de la sociedad hacia la política, entonces quieren salir bien en los medios. Kirchner no se preocupaba por salir bien en los medios sino por controlarlos. Y Menem y Alfonsín tampoco. A Cristina los medios le preocupaban mucho. Vivía obsesionada con los medios. Está enormemente preocupada por cómo la historia va a hablar de ella. En eso me parece que es más débil que otros líderes, aunque parezca una líder de una enorme fortaleza.

—Esa idea de Perón de “con todos los medios en contra ganamos las elecciones”, ¿la creés verdadera?
—Creo que no influyen tanto. Los medios estaban en contra del gobierno de Cristina cuando fue su reelección. Y sacó el 54 por ciento.

—Y en ese contexto, ¿cómo imaginás el futuro de Macri? ¿Se parece más a Cristina, más a Néstor?
—No, no se parece a nada. Tiene cosas de político tradicional aunque a él le disguste tenerlas. Viene de otro lado porque entiende el Estado de otra manera. Me parece que tiene una voluntad de transformación mayor que ningún  otro en el gobierno. Yo lo conozco como periodista. Un día en 2003, charlaba con Macri en el patio del Hotel Intercontinental. Macri se estaba postulando a la primera jefatura al gobierno de la Ciudad, que pierde con Ibarra en la segunda vuelta. Me llamó enojado, un poco de razón tenía: “Me tratás como si lo único que soy es un chico rico y que soy culpable de haber nacido en una familia con plata”. Un poco de eso la nota traslucía. Nos juntamos a comer y nos quedamos charlando. En un momento me dice: “Yo fui presidente de Boca para dejar de ser el hijo de mi viejo, y ahora que entro en la política, yo quiero llegar a ser presidente. Me doy diez años. Plata no necesito, yo tengo más plata de la que puedo gastar en mi vida, vos lo sabés. Si en diez años no llego, me dedico a otra cosa”. Tardó doce. Me quedó la idea de un tipo muy determinado. Me parece que él tiene esa determinación y sufre por las cosas que no puede hacer.

"La relación con la gestión Macri es la de más tolerancia y educación que hemos tenido en décadas."

—Y en esa determinación, ¿cómo analizás su relación con la prensa?
—Tenemos la ventaja de que él desdeña un poco la prensa. Cómo es la relación de la prensa ahora con el Gobierno a cómo fue antes, es imposible la comparación. Es comparar el juego del Barcelona y el de Defensores Unidos de Zárate. Son dos cosas muy distintas. Yendo para atrás, la relación que uno ha experimentado con Kirchner, Menem, De la Rúa, Alfonsín, la relación con Macri es la de más tolerancia y educación que hemos tenido en treinta pico de años. ¿Puede no gustarles algo? Sí. ¿Te lo hacen saber? Sí. Por ejemplo, un día me llama Marcos Peña y me dice: “¿Por qué pusiste que nosotros somos amateurs haciendo política?”. Habían hecho alguna cagada de esas que hacen de amateurs. Se enojan los tipos, pero siempre hablan conmigo y hablan con otros. Al Gobierno le disgustó mucho el tema de las pensiones por discapacidad. Una de las grandes cagadas que hicieron. Según ellos, el problema es el mal manejo de una vocera que no respondió a la pregunta o requerimiento del diario. La nota está sobrecargada por el enojo de un periodista. Nuestra periodista no perdió el acceso a ninguna fuente, ni a ella le dijeron nada. Fue un comentario de que esto fue así, al pasar.

—¿Cómo digerís que C5N les gane a tantos programas de TN en rating? ¿Tiene que ver con que TN ha decidido ser más moderado?
—No creo que TN haya decidido ser más moderado. Si vos vas a devolver golpe por golpe con C5N, es razonable que te termine yendo un poco peor: ellos concentran una audiencia que tiene rasgos de fanatismo; gente que está a muerte con Cristina sin haber recibido ni siquiera un choripán en un acto. Cristina y el kirchnerismo hacen una extraordinaria puesta en valor de los valores simbólicos que solo Alfonsín había tenido en algún momento. Eso les permite aguantar cuando el contenido material se les empieza a desarmar porque la inflación se mantiene alta, porque el empleo cae. Y C5N antes era parte de una red con la TV Pública, con 6,7,8. Hoy esa audiencia se concentró en un solo lugar, los periodistas se concentraron en un solo lugar. Está Víctor Hugo, Silvestre. Ese es el segmento político; en el segmento informativo no están mal. C5N tiene un público más fiel, que quizá sea un 25 por ciento de un público que sigue muy necesitado de escuchar su versión de los hechos.

—Lanata inventó “Página/12” con una dirección y Hadad inventó C5N con otra dirección, y cada uno de esos medios traicionó la línea de sus fundadores.  
—Acá los convirtió el kirchnerismo. Primero se los trató de pasteurizar, de bajarles el tono competitivo, si no en cantidad por lo menos en la orientación. Y el problema es la necesidad material, no solo la conveniencia. ¿Página pierde un millón de dólares por mes, como dicen? ¿Cómo lo sostenés? Me parece que Página es la que menos cambia porque está en la línea de siempre. Es de izquierda. Los cambios que produjo o catalizó el kirchnerismo más duro en la cultura, sobre todo en los sectores medios y en la cultura de medios, fueron muy bruscos, grandes.

—O sea, triunfó culturalmente el kirchnerismo.
—En el diario, yo decía a veces que estábamos cometiendo acto de kirchnerismo explícito. Que Clarín y sus periodistas, pero también muchos otros, hayan contestado casi con el mismo modo en el que el kirchnerismo nos atacaba es un triunfo del kirchnerismo. Néstor era un líder y un constructor político temible, como Alfonsín y Menem. Cristina, como líder y constructora política, me parece débil, pobre, con una gran capacidad de seducción sobre una franja del público pero con una incapacidad de construir cosas sólidas. El político no solo es el enamoramiento de la audiencia.

—¿Y Macri sería lo opuesto, tiene la incapacidad de enamorar, de retórica, pero construye cosas?
—La incapacidad de seducción de la masa la tiene. El Gobierno dice: no importa el diario, nosotros tenemos las redes sociales, sabés cuánta gente sigue la cuenta del Presidente, cada vez que ponemos algo en Facebook lo ven 10 millones de personas, ¿qué audiencia tienen los medios? El macrismo nos dice que valemos menos de lo que nosotros creemos, y eso nos enoja enormemente. La primera reacción es enojarse, y es la menos inteligente. Hay que tratar de entender por qué estos tipos que te bajan el precio, te menosprecian, hicieron una ONG y en doce años llegaron al poder. Algo tienen. En términos de la comunicación, alguna manera de comunicarse tienen con alguien que no tenés en tu radar. Ellos se comunican con la mitad del país que no sigue tanto los medios, que se guía más por las redes sociales, por esta nueva manera de democratización brutal que trajo la tecnología. Y los medios le seguimos hablando, sobre todo, al público que sigue medios tradicionales. Los tipos interesados por la política, informados, el círculo rojo ampliado, los universitarios, los gerentes, los médicos. Ellos le hablan a la otra mitad. Yo creo que hay dos mundos y ellos descubrieron un mundo al que no lllegaban ni los medios ni la política tradicionales.

—Los programas de América, como “Intratables”, que han resuelto la grieta en lugar de decidirse a apoyar a un sector o a otro, llevando los dos para que se peleen, ¿son el “6,7,8” del poskirchnerismo?
—No, 6,7,8 no son porque son diversos. La grieta puede ser un negocio de rating. Intratables me parece un signo de época: si la grieta no se resolvió, hagamos un negocio con la grieta. (Santiago) Del Moro me parece un hallazgo de la televisión. Le admiro profundamente su capacidad de cortar e irse; no tiene prurito en dejar un tipo con la palabra en la boca. También se está imponiendo lo que yo llamo el “movilerismo”, sobre todo por las angustias y las necesidades de leer online, por sobre el criterio del periodismo más tradicional, que se toma un poquito más de tiempo para reflexionar y ponderar. No estamos muy detrás del impacto.

—Y en eso también C5N le gana a TN, porque, como no tiene ningún límite, son capaces de hacer cualquier cosa, más divertido.
—Sí, más dramático, más teatral.

—Algo más superficial, más divertido, es más atractivo para la televisión, y ese el problema de TN, que gana en la guerra pero a partir de ahí se queda sin visión.
—Había una actora muy fuerte, que era Cristina. La oposición actuaba por reflejo de Cristina. Cuando Cristina naturalmente se opaca en la salida del poder, si seguís igual, no tenés dónde reflejar, tu onda se te pierde.

—Y ahí C5N encontró en el personaje que crean de Macri, ese oponente.
—Sí, que hay bastante de eso.

—Finalmente, el periodismo logra su cénit siendo crítico.
—Sí, porque conseguís reflejar el sentimiento de una porción importante de la sociedad, que contacta con tu manera de contar las cosas.

—Pero pareciera dar más resultados en rating polarizar con Macri que con Cristina.
—En un rating dividido, sí. Pero vos necesitás tener un punto o medio punto más de rating que el otro. La televisión es una elección sin ballottage.

—América también podríamos decir que integra la línea de la crítica a Cristina.
—Veo más C5N. América veo poco. Antes, miraba más la Televisión Pública. C5N no estaba tan desatado. C5N es el 6,7,8 del tiempo de Cristina. Y eso tiene una audiencia.

—¿Cuál era tu lectura del primer diario PERFIL en ese sentido?
—Era competencia diaria, lo miraba. Tenía buenas noticias pero no era un latigazo que vos le tenías que prestar atención sí o sí. En sociedades como la nuestra, con tanta vocinglería, tenés que hacer ruido de algún lado. La corrección paga mal acá.

"Me gusta más el papel. Y en política te tiene que gustar el papel, porque ese mundo mira papel."

—¿Será que la subjetividad es más atractiva y la objetividad como valor, aunque sea ideal, decrece a lo largo de las décadas?
—Más entretenida es, pero pienso seguir resistiéndome mientras siga en la profesión. No me parece mal llamar la atención: es una demanda de la época y del medio. Yo creo que hay que hacer igual lo que siempre fue y va a seguir siendo el mirar a través de un filtro profesional y una praxis, no te digo objetiva, porque si me preguntás si existe el periodismo objetivo, te digo que no, jamás. Hoy
existe un periodismo honesto profesionalmente, con integridad de los periodistas. ¿Se ve menos? Puede ser. Por eso una compañía como esta en la que yo trabajo tiene que tener una web, que tiene que tener más calidad, pero que tiene que ir a buscar el clic de la gente. Tenés que hacer un producto que satisfaga la necesidad de un público masivo pero también de un público que
pide niveles de profundidad distintos. La fragmentación lo permite. No creo en la tiranía. Un tipo tiene 30 puntos de rating y el resto de los canales sumados tienen 20. Esa audiencia de 20 puntos quiere ver otra cosa. Hay que atender eso.

—¿Te gusta más  la gráfica o la televisión?
—Yo hago cable, que no es televisión. Hacemos cable en vivo desde hace diez años. Hice cable grabado siete años. La gente te dice que me conoce del programa. Llevo treinta años en Clarín y eso la gente no lo ve. Como dijo Roberto Guareschi el día que se fue de Clarín en una carta interna: “Me voy de acá y nadie me conoce, y fui catorce años secretario general de Redacción de Clarín”. No había hecho televisión, no era la época de firma, de tanta visibilidad como ahora, y nadie lo conoce. Lo conocemos en el ambiente. Es el que hizo el diario que leyó un tercio de la gente durante quince años, y nadie lo conoce. Tiene una visibilidad la tele. Pero me sigue gustando más el papel. Además, en política te tiene que gustar el papel porque el mundo en el que vos vivís mira el papel.

—¿Cómo te ves dentro de diez años?
—Decía el otro día en la redacción: “Bueno, muchachos, esto no es una radio, dejen de hablar”. Hay un momento en el diario en que tenés que escribir. Me gusta. Entré al diario a los 22 años y quería trabajar de periodista, y cuando subías a la redacción en el segundo piso, cuando pasabas el descanso de la escalera y empezabas a escuchar el tecleo de 140 tipos escribiendo en la Lexington 80… Yo digo: es la más maravillosa música. No me quiero ir nunca más de acá, no me quiero ir de la profesión.

—Hoy no está ese sonido
—La redacción silenciosa me hace un nudo en el estómago. Las redacciones ahora son más frías. No es solo por la tecnología. Hay más apuro. Hay menos pasión por el detalle porque quizá no tenés tiempo. Veo mucha gente grande que perdió el entusiasmo. Y los más chicos no alcanzaron a tenerlo nunca. Viven el periodismo como un trabajo. Para mí es más que un trabajo. Van a ser cuarenta años que llevo en la profesión y no es una vida, son dos.

—Se ha perdido ese valor de lo absoluto. Y quizás eso también tenga que ver con la pérdida de valor de la objetividad. ¿Ahora se relativiza todo?
—No creí nunca en esa idea del periodismo profesionalista al estilo americano, que acá tradujimos con una simplificación muy nuestra como el “periodismo objetivo”. No hay tal cosa como la objetividad pura. Te parás siempre en algún lugar para contar.

—Se declamaba periodismo independiente y objetividad pero cada uno le da lugar a una voz, no a todas.
—Ya pasó el momento en que una voz disonante con la dominante estaba en problemas. Y hoy podés hacer eso. No están mal todas las voces pero hay que hacer una especie de encapsulamiento del tiempo del kirchnerismo más duro.

—¿Van a volver todas las voces o se perdió esa posibilidad?
—En esta época de una audiencia cada vez más segmentada y pequeños nichos, es más fácil ir al nicho.

"A mis amigos de La Nación les digo que nosotros bajamos de los barcos y ellos eran dueños de la tierra."

—Pero hasta hace quince años, antes del kirchnerismo, todavía hablábamos de todas las voces, de ser independientes.
—Cuando ves cuánto de la recaudación publicitaria de Clarín era pauta oficial, entendés por qué el diario podía hacer ese juego de acercarse y alejarse de los gobiernos, porque su negocio no dependía de eso sino de tener una buena relación con el gobierno para tramitar las cosas que fuesen necesarias.

—Pero me parece que en el caso de un diario de un millón cincuenta mil ejemplares, como “Clarín” hace veinte años, el punto era seguir el humor del público, no simplemente llevarse bien con el gobierno de turno.
—Le dabas el crédito que le daba la sociedad, sobre todo si vos tenías un público multitarget donde entran todas las voces. No sé si Clarín tenía un método científico de auscultar a las audiencias o si era el instinto. Siempre me llamó la atención positivamente la variedad, el espectro interno muy diverso que había de los periodistas.

—La cúpula periodística de “Clarín”, en líneas generales, era gente que había tenido que ver con el periodismo más combativo de los años 70.
—Sí, pero se cubrieron bien de reflejarlo exageradamente en las páginas del diario, aunque sí tenían una red de conocimiento. En los 80, había dos que eran abiertamente simpatizantes de la UCeDé; otro que era del Partido Intransigente; un peronista clásico de Herminio; otros que eran más peronistas progres y después había dos o tres radicales. Esta era la sección Política a la que yo llegué.

—Recuerdo una frase: que Guareschi había llenado el diario de montoneros. 
—No había muchos montoneros. Clarín siempre tuvo una variedad bastante grande de ideas, un pluralismo.

—¿Eso tiene que ver con Magnetto?
—Creo que sí. En momentos de cambios, hay algunas fisuras en el control editorial pero, en general, Clarín tuvo una línea editorial muy clara. Pero esa línea editorial no era finita como un hilo. Era un camino, y en ese camino vos podías ir por este costado, por el otro, por el medio. Lo que había en él, de tantos años de escucharlo y de ver cómo hizo el diario, es esta idea de que, dentro de una línea editorial, tenés que dejar que jueguen los distintos instrumentos de tu orquesta porque en un multitarget siempre vas a tener a uno de tu audiencia que se identifique con alguno.

—¿Magnetto tenía razón en construir diversidades?
—Eso sí. Acá hay unos niveles de tolerancia y de promoción de la diversidad interna. Pero hay una cosa rara de austeridad. La vez pasada, entro a la oficina de Magnetto y le digo: “Discúlpeme, ¿usted cambió los sillones?”. Y me dice: “Hace treinta años”. No le gustó mi comentario. “¿Nunca los viste?”, me pregunta.
“Bueno, no sé, me había parecido”. Quedo ahí. A veces les digo a mis amigos de La Nación que la diferencia entre ellos y nosotros es fácil: cuando nosotros bajamos de los barcos, ellos ya eran los dueños de la tierra. Nosotros somos un diario de hijos de inmigrantes.

—Magnetto iba de vacaciones a San Luis manejando su auto.
—Lo habrá comprado en el 79 u 80. Lo tuvo doce o catorce años. Tiene un fanatismo por el hacer mucho más que por el decir o por el tener. Con la enfermedad que tiene, su vida es esto. Me acuerdo de la bronca que tenía cuando los empresarios argentinos vendían sus empresas en la época del 1 a 1 por millones y millones de dólares. Caliente como una pipa, dice: “¿Pero estos tipos lo único que querían era tener plata?”.

—Veo ahí su cultura estoica, que se irradia sobre todo el diario. Es un edificio antiguo, obsoleto.
—He hecho reportajes en la web en esos lugares que parecen una cárcel del pueblo. No es Conversaciones en La Nación o un estudio que teníamos antes en la redacción vidriada, más o menos linda. Son los sillones de treinta años.


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