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COLUMNISTAS / GANADorES de una epoca
domingo 15 abril, 2018

El anonimato de los fondos

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por Jairo Straccia

POSTAL. Sancor, una cooperativa que nació en 1938 y ahora será sociedad anónima. Foto: Cedoc Perfil

La transformación de la cooperativa láctea Sancor, que iba a cumplir 80 años en septiembre, en una sociedad anónima controlada por la firma Adecoagro, propiedad de un conglomerado de inversores qataríes, holandeses y estadounidenses, no hace más que confirmar a esta etapa económica como una verdadera era de los fondos de inversión.
De hecho, ¿quiénes si no este tipo de jugadores están protagonizando las principales noticias de negocios? El fondo PointState, con Darío Li-zzano a la cabeza, viene de comprar vía TGLT la constructora Caputo y el Hotel Sheraton; antes, otro fondo, el Grupo Emes, de Marcelo Mindlin, se quedó a través de Pampa tanto con los activos de la brasileña Petrobras como con la constructora Iecsa, que supieron manejar desde Franco Macri hasta el primo del Presidente, Angelo Calcaterra.
De rostros y sedes fiscales muchas veces desconocidos y ágiles para entrar y también para salir de los negocios, los fondos de inversión son los que interpretan de manera más clara el pensamiento político y económico del Gobierno. Tal vez, porque está expresado justamente por gente que viene de ese palo, como Mario Quintana, el vicejefe de Gabinete, que de hecho se hizo rico manejando un fondo de inversión como Pegasus, o como Horacio Reyser, ex asesor de inversiones extranjeras del Presidente y hoy secretario de Relaciones Internacionales de la Cancillería, que viene de ser muchos años el capo del fondo Southern Cross, de Norberto Morita.
Los fondos de inversión, universos heterogéneos donde fluye el anónimo dinero desde familias que ahorran en el primer mundo hasta grandes inversores institucionales, son los que le vienen financiando el gradualismo al Gobierno, los que le arman los foros de autobombo en el exterior y por último, los que le responden comprando empresas para apostar en sectores con garantías fuertes desde el Estado: construcción, con beneficios en la participación público privada; turismo, con apertura aérea total, y energía, con tarifas a precios internacionales.
Y son también el semillero donde muchos de los funcionarios que hoy manejan la economía hicieron su carrera y se consustanciaron con sus reglas, valores y principios. Así, está claro que a los Luis Caputo o a los Nicolás Dujovne les resulta mucho más fácil empatizar con un manager de inversiones de Wall Street que con una pyme del Conurbano, hablar de due diligence que de mercado interno. Por eso les hincha tanto tener que aclarar que una cuenta offshore es lo más normal del mundo, porque para ellos es lo más normal del mundo, en el mundo de los fondos de inversión, que en un punto son siempre anónimos, opacos.

Yo te vi abrazar a Marcelo. Pero pasar desapercibidos, hay que decirlo, es un objetivo que persiguen no solo los inversores financieros, sino la mayoría –salvo algunas excepciones– de los grandes dueños del capital en todo el mundo. Y en Latinoamérica todos los años hay una muestra de ello, cuando se reúnen los mayores magnates del continente en un encuentro reservadísimo que se hace desde 2003, conocido como Padres e Hijos. Este año el meeting será la semana que viene en la ciudad de Antigua, en Guatemala, siempre con la presencia del creador del espacio, el mexicano Carlos Slim, dueño de América Móvil (Claro en la Argentina). En ediciones anteriores, desde la Argentina participaron entre otros Alejandro Bulgheroni, Gustavo Grobocopatel o Eduardo Elsztain. Y hay ediciones que ahora mejor no recordar: en 2012, muchos quedaron inmortalizados en cálidas charlas junto a Marcelo Odebrecht, hoy preso por corrupción en Brasil, a quien, claro, ahora nadie conoce.


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