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BLOOMBERG / Venezuela
miércoles 31 octubre, 2018

Las playas caribeñas están desiertas y sucias

La Guaira solía atraer a todos en Caracas pero la crisis que vive el país impacta en el paisaje.

Patricia Laya

La Guaira, once a popular weekend destination for citizens in Caracas, is collapsing along with the country. The beaches are lonely, dirty and lifeless. Businesses are closing and local tourism is at an all-time low. The place that used to be an escape fr Foto: Photographer: Adriana Loureiro Fernandez/Adriana Loureiro Fernandez
miércoles 31 octubre, 2018

Solía ser algo espontáneo, una llamada a primera hora de un sábado, un mensaje de texto a través del aula, una mirada provocada por el alcohol en la pista de baile. Era hora de ir a La Guaira.

A solo 45 minutos en automóvil, al otro lado de El Ávila, el cerro de color verde esmeralda que se eleva sobre Caracas, las playas públicas eran una evasión del caos de la vida de la ciudad. En el camino, el aire seco se volvía dulce y pesado, lo que indicaba que el Caribe pronto estaría a la vista.

Ese cambio todavía ocurre, por supuesto, pero cuando fui a La Guaira con un amigo hace unas semanas, el viaje debería haber sido una señal: incluso la excursión más simple se ha visto arruinada por la pesadilla económica del país. La carretera era un laberinto de baches, la berma estaba llena de automóviles cuyos dueños, sin la esperanza de encontrar piezas de repuesto, los habían abandonado para que se oxidaran donde se habían quedado parados. No había jóvenes universitarios atravesando los túneles con las ventanas abajo, tocando la bocina para saludarse, ni tiendas en la calle que vendían bikinis y cubos de plástico baratos.

La Guaira atraía a todos, de todas partes de Caracas, de todas las clases. Los enfiestados hacían el vertiginoso viaje al salir de los clubes de Las Mercedes para alcanzar a ver el amanecer con los ojos nublados y los dedos de los pies en la arena. Los padres empacaban corralitos y cubos de plástico y se iban temprano para asegurar lugares alejados de los SUV que manejaban en reversa por la arena, fiestas de esas con la puerta trasera de la camioneta abierta y sacudiéndose al ritmo del ruido ensordecedor del reggeaton. Con los trajes de baño al fondo de la mochila, los jóvenes faltaban a clases y se amontonaban en autos llenos de ron, anís con sabor a coco y cajas de cerveza.

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Nos detuvimos para desayunar en la Plaza Tanaguarena, que solía estar repleta de vendedores de empanadas de almejas y plátanos fritos con queso fresco. Sólo una familia había armado un puesto en este día. Conseguimos dos empanadas y algo de papelón, una bebida deliciosa de caña de azúcar, y luego nos quedamos allí por 20 minutos esperando la transferencia bancaria, del equivalente a solo US$2, para poder seguir.

Una vez que llegamos a la playa, había mucho movimiento, pero solo porque las personas que arrendaban sillas y sombrillas por el día que aún trataban de sobrevivir lucharon desesperadamente por hacer el negocio con nosotros. No había muchos clientes, gracias a la hiperinflación: se puede gastar la mitad del salario mínimo nacional en unas pocas empanadas, una bolsa de hielo para mantener sus bebidas frías y un lugar cómodo para sentarse. Caminamos sobre la arena y escogimos el lugar más atractivo entre las pequeñas pilas de basura, tapas de botellas, bolsas de plástico, colillas de cigarrillos y hojas muertas.

Lo que más me dolió, creo, fueron los recuerdos de lo que hacía a La Guaira tan especial, tan venezolana. Los muchachos que vendían cócteles de mariscos que prometían cualidades afrodisíacas, los niños que llevaban coloridas tortitas de coco y azúcar, las campanas de los carros de hielo raspado, los hippies que vendían tobilleras de conchas marinas o tatuajes temporales.

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La experiencia nunca fue sobre la playa misma, ya que el mar agitado de esta franja costera no tiene nada que ver con los paraísos tropicales del este y el oeste: Puerto La Cruz, Mochima y Morrocoy, donde la arena es blanca como el azúcar y el mar tiene espectaculares tonos turquesa. Se trataba de escapar, no demasiado lejos, a un lugar donde siempre te encontrarías con alguien que conocías y nunca te cansarías de observar a la gente.

Este día no había nada, ni nadie, para ver. Y empacamos y regresamos a Caracas mucho antes de que se pusiera el sol.


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