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COLUMNISTAS /
domingo 13 octubre, 2013

Desilusión de la literatura

David Markson (1927-2010). ¿Qué pensar de David Markson? La Bestia Equilátera acaba de publicar un segundo libro suyo, Esto no es una novela (2001). Como el anterior, La soledad del lector (1996), es una colección de frases dispuestas en series que se intercalan, se aluden o se complementan: causa de la muerte de artistas o pensadores, citas (más o menos reconocibles), curiosidades (“Una de las hermanas de Edvard Munch se volvió loca”), opiniones (“La prosa afecta, falsa, finalmente casi siempre chata de Vladimir Nabokov”), invectivas contra los críticos, etcétera. Aunque Marson tiene humor, la muerte permea el libro, le da ese tono lúgubre. Cada tanto, aparece suelta la palabra wanhope, que se nos aclara es una forma antigua de decir despair. Otra de las series menciona al Escritor, quien explica de algún modo la obra: una novela sin personajes, sin acción, sin locaciones, sin historia, que tal vez sigue siendo una novela, o quizás un poema épico pero, al menos, literatura (“si eres capaz de hacerlo, no es alarde”).

“¿Por qué el Escritor a veces parece admirar el Ulises aun más cuando piensa en él que cuando efectivamente lo lee?”, escribe Markson. Y dice lo mismo de La Ilíada. Una idea interesante, que se aplica a mi propia lectura de Esto no es una novela: el libro tiene algo admirable, pero leerlo me provoca un tremendo fastidio. Markson dice que alguna vez escribió “algunos libros relativamente tradicionales”. Entre ellos, su primera novela, Epitaph for a Tramp, publicada en 1959. La leo: es un policial de detective privado consciente del género (todavía no se decía “posmoderno”): juguetón como Chandler de a ratos, prejuicioso y misógino como Spillane a veces, lleno de referencias y bromas a los escritores que basan la obra en la experiencia. De otro modo, pero como en Esto no es una novela, Markson incluye en el libro todo el orden literario, el artístico en general, hasta el deportivo. La esfera de sus intereses recubre la novela, y ésta es un espejo de ella. Su escritura, hecha de retazos, no tiene agujeros, puntos de fuga, misterios (a lo sumo, alusiones crípticas): todo está contenido en la novela y el escritor es así un literato, una mezcla de orfebre y coleccionista, de una erudición enorme e ideas a raudales.

¿Es Markson lo que me molesta o es la literatura? Por casualidad, veo La última película, de mi amigo canadiense Mark Peranson (que apocopado quedaría Markson) y el filipino Raya Martin, filmada en México y financiada en Dinamarca. En apariencia, La última película contiene el orden cinematográfico e incluso decreta su acabamiento por la muerte del celuloide. Ni documental ni ficción, utiliza todo el metraje filmado, los actores se burlan de los directores, juega con el absurdo de incluirlo todo, hasta la globalización (un encuentro de famosos chefs que homenajean la cultura maya). La película elude con gran lucidez los mecanismos del juicio y las aspiraciones de consagración (tan presentes en los escritores), se afirma libremente en su propia perplejidad y en su ligereza. Tal vez, para encontrar ese camino en las letras, haya que volver a Laurence Sterne. El resto se parece demasiado a Greenaway, esa abominación cinematográfica rellena como una empanada. Se ve que hoy estoy un poco negativo.


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