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COLUMNISTAS /
domingo 25 octubre, 2015

En tierras lejanas

default Foto: Cedoc

Volví de Chile con dos libros de un género poco transitado: escritores latinoamericanos que describen su experiencia en Extremo Oriente. El primero es Corea: apuntes desde la cuerda floja, de Andrés Felipe Solano, que nació en Bogotá en 1977 y se puso de novio con una coreana, como mi amigo Marcelo Alderete con la encantadora Luna Moon. Solano y Cecilia Yi se casaron, vivieron juntos en Colombia hasta que en 2013 se mudaron a Seúl, donde él tiene algunos trabajos menores mientras imagina las doce novelas que conformarán su obra. En el libro, Solano cuenta con sequedad y destreza su vida coreana a lo largo de un año, las sorpresas, los pequeños deslumbramientos y las grandes dificultades que le plantea una sociedad que le resulta impenetrable, empapada en alcohol, rituales y supersticiones. Tan impenetrable que su desconcierto lo lleva a escribir esta frase terrible sobre su mujer: “He pensado en la posibilidad de aprender coreano lo suficientemente bien como para entender lo que ella habla con la gente, y he evaluado la posibilidad de que esta nueva Cecilia esté llena de un humor soso, de comentarios inanes, de respuestas aburridas. El silencio siempre será nuestro aliado, nuestro tesoro a defender”. Solano se identifica con un amigo venezolano: “Extraño muchísimo, pero Corea es un buen país para alguien que no es violento”, y parece pensar que el desarrollo de su carrera en paz bien vale el mutismo y la misoginia. La introducción de Leila Guerriero sugiere veladamente que la estadía de Solano en Corea será corta, tal vez apenas un paso de su biografía literaria.
 
El otro libro es Cuaderno de Tokio, de Horacio Castellanos Moya, y también habla de una temporada en Asia, aunque con fecha de regreso prefijada. El salvadoreño nacido en Honduras viajó a Japón con una beca para escribir sobre Kenzaburo Oé, un escritor que no lo fascina demasiado: “Cada vez estoy más convencido de que Oé ha ejercido su oficio de tal manera que yo soy su antípoda”, y se siente más cómodo en compañía de Kenko, el monje budista del siglo XIII.
El tema central de los 309 fragmentos que componen el libro es menos la discreta algarabía que al autor le provocan las curiosidades (“¿Por qué las japonesas tienen el culo plano?”) y la gastronomía locales que la vida literaria. Si Solano se ubicaba al principio de la suya a los 36, Castellanos se declara terminado a los 51. Anclado en el desprecio a sí mismo, su retórica resulta la contracara de la ambición de Solano. “Sólo el extremo amor a ti mismo te hace suponer que estos apuntes tienen el mismo valor que los que escribiste cuando no eras nada y la escritura lo era todo. Ahora tú eres todo y tu escritura, una mierda”, se flagela, y desde ahí dispara: “El chiquitín hacendoso administra su fama, minúscula y misérrima. La vida se le va persiguiendo lo poco que se habla de él”.
“Tu mayor esfuerzo debería ser deshacerte de esa imagen tan anquilosada, feo estereotipo del escritor respetable y de éxito”. Lanzado a despreciar la medianía, el impulso del libro culmina en este aforismo: “La literatura como oficio de hombres desesperados es la que cuenta”.
Una vez conocí a Castellanos Moya en una librería. Parecía menos un desesperado que un petiso simpático y vehemente. El libro también lo es.


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