COLUMNISTAS
crisis de lectura

Repeticiones

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Paisaje. Nos acostumbramos a gente durmiendo en la calle. | cedoc

Lo primero que leí el viernes pasado fue sobre la muerte de Mario Wainfeld, columnista de Página 12 a quien yo seguía todos los domingos, siempre por veredas opuestas que no estaban separadas por ninguna grieta. Discutía con lo leído, que me era, sin embargo, indispensable. Wainfeld fue mi interlocutor y ambos sabíamos que nos diferenciaban temas políticos fundamentales... Gran tipo, sin sombra de espíritu competitivo, era un peronista que conocía bien las razones de su adhesión y de sus distancias. Nunca dejé de seguir sus notas y sabía que él hacía lo mismo con las mías. No fuimos amigos sino que a ambos nos atraían los mismos hechos, aunque ese interés en común nos provocara juicios diferentes. Yo quería saber cuál era la opinión de Wainfeld y estaba segura de que a él le sucedía algo parecido. Pensaba en Wainfeld como el peronista ideal para la diferencia ideológica y él me consideraba la antiperonista que conocía al peronismo y lo que allí sucedía. Algo similar a lo que me sucedió con Horacio González. Voy a extrañarlo y ese sentimiento marca este período de mi vida. Nos vamos yendo.

La noticia de la muerte de Wainfeld no clasifica dentro del grupo de novedades sobre las que escribo mis notas de los domingos, que se inclinan por lo directamente político. Su muerte no forma parte de una serie, sino que me afecta en mi historia intelectual, en cuyo acontecer Mario fue siempre un interlocutor abierto o encubierto. Su muerte tampoco forma fila dentro de la serie de sentimientos e impactos repetidos. A Wainfeld lo buscaré en vano el domingo que viene, para enojarme por sus dichos o, con mayor frecuencia, para admirar su capacidad de mantener sus creencias y, al mismo tiempo poder examinarlas sin la ceguera que da el partidismo fanático. Como me sucedía con Horacio González, Mario Wainfeld era una voz que yo escuchaba, incluso para enojarme. La buena fe caracterizó siempre mis relaciones ideológicas con Horacio y Mario.

Mientras tanto, las noticias se repiten o los medios las convierten en repeticiones. Esa es la duda que vuelve todos los días. Primera alternativa para responder si la repetición es un efecto buscado o una realidad. Segunda alternativa, en nuestro país no pasa nada importante, salvo la cotización de divisas y, en consecuencia, todo lo demás es deglutido por la repetición que, incluso, nos acostumbra a los pobres durmiendo sobre el pavimento al costado de unas vías y a las maniobras comerciales o financieras de los ricos o de los aspirantes a pisar sus espacios.

Atracción y política

La única respuesta que se me ocurre es que la reiteración parece ser el camino elegido o impuesto. No me refiero a las medidas de gobierno, a las que hay que analizar por separado, de una en una y según sus fines y resultados. Me refiero a los discursos cuya música vuelve como si ya estuviera grabada en un disco que no dice más de lo que ya sabemos. Y, si no sabemos lo que se dice, es porque no nos interesa y, por lo tanto, las repeticiones pueden dar trabajo a sus emisores sin lograr gran cosa. Quienes todas las mañanas o todas las noches leemos diarios de manera ritual, como si fuera oxígeno puro o envenenado, aunque indispensable para comenzar y terminar la jornada, conocemos las fórmulas con que se titula o se presenta los sucesos. La repetición es necesaria, porque, si los diarios no repiten se deteriora el mundo que presuponemos sostenido por lo que ayer hemos leído y al que la repetición le da consistencia. Y, si los políticos no repiten, se dirá que cambian de opinión como veletas. Salvo en las acusaciones de corrupción, a los políticos no se les perdona nada. Ellos son los siempre culpables y la sociedad es siempre su víctima, aunque vote de un modo que les facilita a ellos el camino y se desentiende de lo público por largo rato para que puedan recorrerlo.

Cuando, permitiéndonos la pereza del pensamiento, escuchamos que muchos dicen que siempre todo es lo mismo, sería un gesto de pedantería contestar que parece lo mismo porque no se lee bien o no se piensa lo que muestran los medios o, más directamente, se ha abandonado la lectura. Esa actitud pedante se sostiene en la idea de que quienes la formulamos sabemos leer bien y somos capaces de cambiar nuestras ideas si lo leído nos impulsa o nos exige hacerlo. Sin embargo, no quedan eximidos de acusar de repetidores quienes lo hacen usando este calificativo como pretexto para no enterarse en detalle de nada y, sobre todo, para conservar el derecho de culpar a otros, a los periodistas y a la estrategia de los medios, de reiterar lo que suponen ya sabido. O sucede algo solo en apariencia diferente y se acude a un lugar para escuchar una probable novedad, pero se la rechaza o se la pasa por alto cuando lo novedoso que se aguarda se parece mucho a lo conocido o es demasiado difícil de comprender.

El efecto de repetición al que nos habituamos gana su competencia con lo nuevo que se reclama. Quizás esto ha sucedido siempre. Porque lo nuevo exige mayor inversión atenta y mayor conocimiento de lo previo. No solo les sucede a los lectores poco entrenados. Es un efecto democráticamente repartido entre diferentes tipos y niveles de lectores. Buenos lectores pueden desdeñar un texto simplemente cuando se dan cuenta muy rápido de que no estarán de acuerdo y si lo leen se verán en el brete de discutirlo. Leemos a medias, entre saltos y borramientos.

El estilo de Milei

Seguramente a la mayoría de los lectores no les resulte interesante esta reflexión sobre los resultados obtenidos, por lo que a muchos les resulta indiferente. Adoptamos una estrategia negadora que oculta lo que debiera interesarnos. Todos los días lo prueban breves diálogos callejeros en los que mi interlocutor, o interlocutora, porque generalmente son mujeres, me dicen que están de acuerdo o en contra con lo que leyeron, y mencionan un nombre, una nota o un medio, para darme enseguida una síntesis generalmente inverosímil de la noticia o la opinión mencionadas.

Los diarios informan que los chicos tienen dificultadas para entender un texto sencillo y atribuyen esto a una precaria capacidad de lectura, inerme ante subordinadas que no sean las de tiempo o lugar. Una subordinada concesiva abre enigmas... Lo descripto sucede con gente que ha recibido lo que se considera una educación mejor en un pasado de diez o veinte o treinta años. En mi lejanísima infancia de los años sesenta, escuchaba discusiones sobre los diarios que hoy me parecerían dignas de un debate académico. En mi caso peleaban alrededor de la mesa los lectores de La Nación y los de El Mundo, como si presentaran nudos gordianos de un relato. Quienes leían uno u otro de esos diarios tenían en menos a los que les parecía suficiente el cuadernillo central de imágenes o las notas de color. Y viceversa, a los atraídos por las fotografías les resultaba aburrida una noticia que no tuviera alguna imagen. Quienes leían los editoriales políticos pensaban que seguramente anunciaban lo que vendría como elemento y ayuda del periodismo propagandístico. Un prejuicio atribuía solo a mujeres y hombres sin cultura la afición a las noticias policiales. Por suerte algunos grandes escritores, como Raymond Chandler y Rodolfo Walsh, les dieron una lección a estos tradicionalistas.

Es necesario recordar que, hace más de cien años, grandes debates políticos, que se convirtieron en clásicos de la historia de las ideas, tuvieron su lugar en la prensa. Para que eso sucediera, eran otros los lectores. Por supuesto eran minoritarios, una especie de ampliación de la familia cultural de quienes escribían, que pertenecían al mundo cultural de su público.

La prensa popular, el diario Crítica, por ejemplo, detalladamente estudiado por Silvia Saitta, construyó otros lectores, pero no disminuyó el interés por la prosa con que lograba sus efectos narrativos o polémicos, aunque se la criticara por vulgar. Se inventó un nuevo estilo periodístico, para decirlo con una brevedad que seguramente será desaprobada. Ya se ha explicado que logró darles circulación a palabras que antes no usaba el periodismo, pero que no pertenecían al tipo de icónico o emblemático, adjetivos innecesarios, porque no compensan una densidad de análisis sino que ofrecen un cliché solo en apariencia más refinado.

¿Icónico o emblemático?

No se trata de un estilo que solo puede gustar o disgustar. Se trata, más bien, de que es noticia la pelea que una estrellita televisiva puede haber mantenido con su pareja o con su productor. Y que el periodismo lo recoge como oficina de prensa de los famosos mediáticos. La vida privada avanzó sobre secciones donde antes no  se la consideraba merecedora de convertirse en noticia. Nos hemos vuelto lo que, en los barrios, se designaba como conventillero. Mis tías y mi padre tardaban una o dos horas en leer el diario. Se dirá que por sus condiciones de trabajo podían hacerlo.

Sin embargo, no se trataba solo de que faltara o sobrara el tiempo. Algunas veces, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional he ojeado los diarios que leían aquellas mujeres nacidas a comienzos del siglo XX. Páginas complicadas y notas largas. Por supuesto un nuevo periodismo llegó para descanso y auxilio de los que no se proponían pasar esa prueba, pese a que la escuela pública todavía enseñaba las destrezas y obstáculos que presenta cualquier lectura.

La crisis de la lectura no es solo local. Pero algunas naciones la consideran verdaderamente una crisis que es imprescindible atender, intervenir y remediar. Lo mismo sucede con los últimos bastiones de defensa de la ortografía que, probablemente estén condenados a desaparecer con la extensión ilimitada del populismo educativo. Allá vamos si esa deriva populista no es detenida por el voluntarismo cultural. Escribo estas dos palabras no solo para irritar al populismo, sino para juzgarlo. Ninguna cultura, en ninguna parte, se sostiene solo con la ignorancia. Escuchen a una tejedora de ponchos y díganme si desprecia todos los saberes necesarios para cumplir su oficio con destreza y, quizá, con el honor del renombre.