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CULTURA / Libros
lunes 16 septiembre, 2019

Soledad, robots y exceso laboral: Japón desde otra mirada

A partir de una serie de crónicas, Julián Varsavsky relata un mundo tan lejano como inquietante. Falsa libertad, adicción digital y el pensamiento neoliberal como amenaza.

por Gustavo Yuste

Julián Varsavsky reatrata en "Japón desde una cápsula" su experiencia en la sociedad actual japonesa. Foto: Gentileza Adriana Hidalgo
lunes 16 septiembre, 2019

La crónica es uno de los géneros más inquietantes a la hora contar una historia y su hibridez la convierte en una especie difícil de encontrar en la actualidad. La aparición de Japón desde una cápsula (Adriana Hidalgo, 2019), de Julián Varsavsky, ya es un hecho para celebrar por ese motivo.

A lo largo de 27 capítulos, el licenciado en Comunicación por la UBA se adentra dentro de un mundo tan misterioso y lejano como es el de la sociedad japonesa para los ojos de un occidental promedio. A partir del descubrimiento de los hoteles cápsulas -hospedajes en donde se duerme en pequeños espacios apilados en una pared y que pueden estar atendidos por robots-, Varsavsky retrata los detalles de un estilo de vida en donde la soledad es el motor de un negocio perfecto. “Amoldarse a un hotel cápsula es infinitamente más fácil porque todo está pensado racionalmente para la practicidad y el placer”, señala el autor en diálogo con Perfil .

Los diferentes avances en materia de robótica y programación van en esa dirección: crear acompañamientos virtuales para vidas sentimentales y amorosas cada vez más disfuncionales, en donde encajar dentro de los parámetros de una sociedad tan ordenada y prolija tiene sus consecuencias en los planos de la intimidad. Personas cada vez más solas, entregan su cariño a los affective robots: máquinas que toman la forma de mascotas, niños o figuras fantásticas. “Mientras actúes como se espera de vos, siempre reinará la armonía. Pero claro: la procesión siempre va por dentro, y esto es universal”, destaca Varsavsky.

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Ahora bien, toda norma tiene sus vías de escape y el autor logra reflejar ese terreno con precisión y sagacidad. Así, personajes como los cosplayers, los consumidores de hentai, los fanáticos de bandas pop sin talento formadas por adolescentes y los bares que actualizan el concepto de geisha, también forman parte de ese entramado social tan particular como el japonés. “ todo se mezcla en una cultura que, en tanto asiática, es especialmente porosa y carente de esencias fijas al modo occidental”, advierte Varsavsky.

Japón desde una cápsula

Por último, además de llenar de color e información cada una de sus crónicas, el autor también las reviste de teoría al incorporar su lectura del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, una suerte de Foucault del siglo XXI. La conclusión es aterradora: el Estado ya no necesita reprimir en una sociedad como la japonesa; los modelos de consumo y autosuperación nos vuelven nuestros propios verdugos. “Creo que hay que ir pensando de antemano qué vamos a hacer en un futuro quizá cercano, no con los robots sino con nosotros mismos”, reflexiona Varsavsky tras volver de su viaje por el desafiante mundo de las máquinas, que no es más que el escalofriante mundo humano.

— ¿Qué grandes diferencias ves entre la sociedad japonesa y la sociedad argentina?

— ¡Tanto como entre un terrícola y un marciano! (indistintamente de quién sea el marciano). Pero hablando más en serio, Japón queda casi en nuestra antípoda, no existe cultura más lejana en términos de distancia física. Para colmo, están al Este del Este, fuera del continente. Ya dentro del mundo asiático son muy singulares: la insularidad fue potenciada por el auto-bloqueo que se impusieron a sí mismos en 1639 y duró dos siglos y medio (se dieron cuenta que los iban a colonizar). Entonces se desarrollaron casi sin contacto con el mundo exterior hasta ayer nomás (1868). Y antes de 1639 es aislamiento te lo imponía lo limitado y exclusivo de la navegación. Una de tantas diferencias es el modo de pensamiento confuciano-introducido hace siglos desde China- donde el sujeto en alguna medida es anulado por el grupo. En antropólogo Lévi-Strauss observa que Japón es un país centrípeto: el grupo condiciona al individuo. Mientras que en Occidente, es el sujeto quien influye en lo social. Esto conduce a una auto-regulación permanente donde la mirada del otro –cuyo juicio genera vergüenza antes que culpa- es implacable. Y vos debés comportante en función del lugar jerárquico muy estratificado que ocupes en el grupo.

Japón es un país centrípeto: el grupo condiciona al individuo. Mientras que en Occidente, es el sujeto quien influye en lo social. Esto conduce a una auto-regulación permanente donde la mirada del otro –cuyo juicio genera vergüenza antes que culpa- es implacable.

— ¿Qué recursos de la crónica te fueron más útiles para encarar las diferentes historias que se cuentan?

— Según Juan Villoro la crónica es el ornitorrinco de la prosa: de la novela toma una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos. En mi caso, traté de enriquecer el texto desde lo ensayístico recurriendo a la antropología por un lado, y a la filosofía por el otro. Traté de reconstruir en mi cabeza -dentro de los límites posibles- parte de la cosmovisión que subyace a ese mundo para tratar de entenderlo en su propia lógica (por eso leí bastante antropología sobre Japón). Y para entender las lógicas del hiper-trabajo y del nuevo mundo virtual, apliqué la obra del filósofo Byung-Chul Han que estudia lo que llama La Sociedad del cansancio y su brillante concepto de panóptico digital que suplanta al de la sociedad panóptica disciplinaria de Michel Foucault.

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 — A lo largo del libro, vas mostrando tu cambio personal, en el que te vas adaptando a los hoteles cápsulas y a algunas de las distintas costumbres japonesas. ¿Cómo viviste esa transformación?

— Lo de transformación quizá sea demasiado, pero te acepto la metáfora. El ser humano puede adaptarse casi a cualquier cosa, a vivir en las cavernas, en un campo de concentración o en un iglú. Amoldarse a un hotel cápsula es infinitamente más fácil porque todo está pensado racionalmente para la practicidad y el placer. Mucha gente va el fin de semana al hotel cápsula que está a cinco cuadras de su casa por los servicios de spa y la posibilidad de socializar. Así que no hay nada dramático en dormir ahí. Lo que más me incomodó al principio era la imposibilidad de tener mis cosas conmigo: a la cápsula no podés llevar nada. Entonces tenés que subir y bajar a cada rato si querés algo. Después de muchos días -allí dentro yo estaba casi incomunicado con el otro- te empezás a sentir un poco solo. Pero yo fui con un objetivo: reportear para un libro. Y todo fue tan, pero tan rico en vivencias silenciosas y observaciones, que estuve poco menos que en éxtasis periodístico, uno de mis más altos goces personales. Ahora, si yo fuese un salary-man japonés que trabajó 15 horas en una oficina sin hablar con nadie que va a dormir ahí 6 horas y tampoco habla con nadie, y más o menos así se me va la vida, seguramente sería otra cosa.

El ser humano puede adaptarse casi a cualquier cosa, a vivir en las cavernas, en un campo de concentración o en un iglú. Amoldarse a un hotel cápsula es infinitamente más fácil porque todo está pensado racionalmente para la practicidad y el placer. Mucha gente va el fin de semana al hotel cápsula que está a cinco cuadras de su casa por los servicios de spa y la posibilidad de socializar. Así que no hay nada dramático en dormir ahí.

— La aparición del pensamiento del filósofo surcoreano Byung-Chul Han resulta clave durante tu viaje y para el armado de este libro. ¿Cuáles de sus conceptos son los que más te impactaron?

— Por un lado, La sociedad del cansancio que suplanta a la sociedad disciplinaria, cuyo nacimiento Foucault ubicó en el siglo XVIII a partir del modelo de cárcel panóptica, que tendría un carácter reeducativo: es una estructura circular de visión total que permitía a un solo hombre controlar todas las celdas desde una torre central. Byung-Chul Han plantea que esa sociedad disciplinaria mutó en sociedad de rendimiento, donde ya no es tan visible un poder opresor. El neoliberalismo de post Guerra Fría instaló una psicopolítica individualista basada en la idea de la autosuperación, en pos de maximizar la productividad y el consumo: se compite contra uno mismo. El llamado a la iniciativa propia genera una explotación más eficiente que la del viejo control panóptico. En el trabajador tigreasiático y también global, estaría cada vez más presente un Yo erigido en víctima y verdugo a la vez, en amo y esclavo. Como esto va acompañado de un sentimiento de libertad, el sujeto se explota sin límites en busca del éxito. Ante un fracaso laboral, no vislumbra a un opresor y carece ante quién rebelarse. En lugar de convertirse en revolucionario, languidece como depresivo.

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— ¿Y en relación al panóptico digital que hiciste referencia antes?

— Ese es el otro concepto central. Aquí Han parte otra vez de Foucault para conceptualizar la existencia de una nueva visibilidad que permite verlo todo a través de medios electrónicos. Esta red transparente se construye con redes sociales, herramientas de Google –Earth, Glass y Street View–, YouTube, blogs y así hasta el infinito. El control panóptico de la sociedad disciplinaria funcionaba con una mirada en perspectiva lineal desde la torre central. En cambio, el panóptico digital pierde el punto único de vigilancia analógica. Ahora se observa desde infinitos ángulos: todos vigilan exponiéndose a su vez de manera activa para ser vistos. Pero el control continúa y sería aún más efectivo: cada persona entrega a las demás su intimidad. Los habitantes de la sociedad de control digital entregados a la mirada panóptica no se sienten vigilados. Se creen libres y se contactan de manera constante desde su lugar de aislamiento, generando una hipercomunicación adictiva, multifocal e intermitente que produce un “ruido” infernal. Alimentados con voyerismo y exhibicionismo, colaboran en su edificación: en la pantalla uno exhibe éxitos y se va desnudando. Para Han la transparencia sin ocultamiento es pornografía e internet deriva en reino del porno: “La exhibición pornográfica y el control panóptico se compenetran”. En esta sociedad transparente las personas “son su propio objeto de publicidad (…) lo invisible no existe porque no engendra ningún valor de exposición”, escribe Han. El Big Brother muta en Big Data.

Los habitantes de la sociedad de control digital entregados a la mirada panóptica no se sienten vigilados. Se creen libres y se contactan de manera constante desde su lugar de aislamiento, generando una hipercomunicación adictiva, multifocal e intermitente que produce un “ruido” infernal. Alimentados con voyerismo y exhibicionismo, colaboran en su edificación: en la pantalla uno exhibe éxitos y se va desnudando.

— ¿Y cuáles creés que se adaptan más al momento que vive la Argentina a nivel social, político y económico?

— Esos conceptos son globales y van de la mano de la expansión de las políticas neoliberales (con sus avances y retrocesos). Hoy, especialmente, se adaptan a la Argentina; casi diría que son política de Estado, entre ellos, la idea del emprendedor como cultura de la salvación individual, así como la adicción digital en la que vamos cayendo casi todos poco a poco.

— Durante varios momentos comentás la impresión que te causó el consumo de dibujos, animaciones y otras producciones que rozan con la idea de la pedofilia en Japón. ¿Qué sensación te dejó eso y cómo lo ves ahora a la distancia?

— ¡Esto es tan, pero tan complejo, que te mandaría a leer de nuevo el libro! Y está el peligro de caer en estereotipos. Dicho brevemente: por momentos, en algunos lugares, a uno lo shockea mucho la naturalidad con que se dibujan niñas prepúberes -paradójicamente voluptuosas- en situaciones eróticas o pornográficas. El neurótico fantasea lo que el perverso lleva al acto, dijo Freud. Mi impresión es que puede ir por ese lado el asunto. Al mismo tiempo, hay cuestiones que llevan a ciertos conceptos estéticos de belleza: es lo kawaii como imagen de lo tierno infantil, visto como bello independientemente de la edad de cada persona. Y hay links con el shintoismo y su inclinación sagrada hacia la idea de pureza, donde lo aniñado y virginal es un ideal -que encierra cierta deseo de inmortalidad- de lo límpido e impoluto, y por lo tanto perfecto. Pero todo se mezcla en una cultura que, en tanto asiática, es especialmente porosa y carente de esencias fijas al modo occidental. Las teens de carne y hueso del J-Pop también tienen algo de deidad milenaria que opera a nivel del inconsciente colectivo.

— El libro deja una sensación alarmante, en donde el mundo de los robots, no es otra cosa que el mundo de los humanos. ¿Cuál es tu postura respecto a la creciente utilización de robots para tareas humanas?

— No sé si es posible tener una postura porque son una realidad indetenible. Desde el punto de vista de la acción política, creo que hay que ir pensando de antemano qué vamos a hacer en un futuro quizá cercano, no con los robots sino con nosotros mismos. En mi libro cito la obra de Martin Ford -viene investigado el tema desde hace lustros-, quien al igual que Byung-Chul Han plantea que vamos hacia un mundo cada vez más desigual –resultado de la aplicación de la robótica y la inteligencia artificial algorítmica al capitalismo- donde podría suceder en algún momento que no haya quien consuma lo que fabrican los robots, dado que un porcentaje alto de la población podría no tener acceso a trabajo alguno o sufra una precarización extrema. Ambos autor plantean la necesidad de pensar algo así como una asignación universal masiva por desempleo crónico.

El exceso de trabajo tiene que ver con aumentar la productividad y la ganancia de las empresas. Ese exceso laboral erosiona el Eros de aquel sujeto de rendimiento quien, a la larga, termina siempre insatisfecho consigo mismo y se deprime (la depresión termina siendo anti-productiva, lo cual no es problema si ese trabajador es fácil de reemplazar). Pero la soledad japonesa también tiene que ver con factores culturales propios.

— Por último, la sociedad japonesa se plantea como una sociedad alterada por los ritmos productivos, en donde la soledad es cada vez más creciente y cualquier posibilidad de relacionarse por fuera de las normas parece imposible. ¿Es la versión más eficaz del capitalismo como idea de control social?

— A mí me parece que no. Creo que fenómenos sociales como estos no son pensados con una finalidad política. Simplemente se dan, consecuencia de las circunstancias. El exceso de trabajo tiene que ver con aumentar la productividad y la ganancia de las empresas. Ese exceso laboral erosiona el Eros de aquel sujeto de rendimiento quien, a la larga, termina siempre insatisfecho consigo mismo y se deprime (la depresión termina siendo anti-productiva, lo cual no es problema si ese trabajador es fácil de reemplazar). Pero la soledad japonesa también tiene que ver con factores culturales propios. Las confucianas son sociedades muy auto-reguladas donde vos no debes exteriorizar tus sentimientos y estás obligado a mantener siempre en público una máscara de perfección y solidez como la que llevaba al samurái (el “tatemae” en japonés). Y ya en la escuela los niños están muy separados por sexo. No están acostumbrados a relacionarse con el género opuesto con naturalidad. Eso se potencia en la modernidad donde en el trabajo no podés conversar con nadie y ya no te queda casi tiempo extra para socializar. Incluso si vas a un bar, veras que las mesas están como en compartimientos semi-amurallados. Y como hace rato ya los casamientos no son arreglados por la familia, ir hacia el otro se complica bastante. Siempre en el contexto de un panóptico digital que funciona por vouyerismo y exhibicionismo, un lógica narcisista que facilita el amarse a sí mismo, lo cual conlleva soledad y depresión. Pero creo que el tema de la soledad no es pensado como una técnica de control sino que es una consecuencia de toda esta alineación potenciada por singularidades locales.


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