lunes 08 de agosto de 2022
DOMINGO origen de la violencia

¿Existe una agresividad normal y una patológica?

26-06-2022 00:22

La mayoría de psicoanalistas ha intentado apoyarse en cierta angustia primigenia para comprender el origen de nuestras patologías. Otto Rank se refería al traumatismo del nacimiento, y Freud hizo del complejo de Edipo y las angustias relacionadas con él la causa nodal de todas las neurosis. Me parece, al observar de cerca el mundo que nos rodea, que la mayoría de nuestras angustias tiene su origen en una herida narcisista.

En cualquier caso, la resolución de nuestras neurosis será posible con ayuda de un tipo u otro de energía: vuelta hacia afuera podría ser agresividad, vuelta hacia adentro, angustia.

Imaginemos a un niño pequeño dando sus primeros pasos. Un adulto lo toma de la mano. El vínculo que los une es magnífico. Pero, en algún momento, el niño querrá hacerlo él solo. Para eso, tendrá que soltarse de la mano del adulto. Ciertamente, allí no habrá una gran agresividad, la energía se pondrá al servicio de la voluntad y pronto de la satisfacción de los avances realizados, sobre todo si el tutor es proactivo y alentador. Pero si al adulto le preocupa demasiado que pueda caerse o la idea de verlo emanciparse, el niño solo tendrá tres posibles salidas: renunciar a su proyecto y tener remordimientos, alimentar la ansiedad ante la idea de fracaso (caída) o la idea de triunfar (conflicto de lealtad) o utilizar la agresividad hacia los adultos para intentar emanciparse, energía que, en caso de no poder expresarse podría desviarse hacia otro objeto menos peligroso (otro niño, un juguete, etc.).

En cualquier caso, como en el duelo, cualquier progresión va acompañada de una energía (agresividad / ansiedad) y una renuncia (a los beneficios secundarios), sean estos los momentos que marcan nuestro crecimiento (salida del líquido amniótico, destete, independencia…) o la salida de un estado mental (depresión, dependencia…); paradójicamente, estamos apegados a lo que ya conocemos y tememos lo desconocido.

Así pues, para poder progresar y salir de una situación mórbida, debemos ser capaces de acoger nuestra agresividad, ponerla al servicio de nuestra progresión y renunciar al estado anterior y a su eventual beneficio (conflicto de lealtad, por ejemplo).

Para salir de una depresión, también hay que renunciar a ella. Hay que renunciar a los beneficios secundarios (lealtad, costumbre...) y encontrar la forma de poner esta energía, ya sea agresividad o angustia, al servicio de nuestra evolución. La violencia abandona entonces su condición mórbida y se convierte en un trampolín hacia una transformación.

Si bien la agresividad nos acompaña a medida que evolucionamos, también forma parte de nuestro carácter.

Cabe preguntarse, entonces, si existe una agresividad normal y una patológica. Analicemos el contenido de una buena botella de vino. Encontraremos alcohol, ácido, taninos…, productos que tomados por separado serían tóxicos e imbebibles, pero si cualquiera de ellos faltara daría como resultado un vino plano, sin el gran sabor que se le supone. Lo mismo ocurre con nuestro carácter.

Imagínense a un compañero que siempre estuviera de acuerdo con nosotros, que nunca nos contradijera... Alguien que siempre nos va a dar la razón. En esta situación, seríamos nosotros mismos los que sentiríamos que somos superficiales y que no tenemos mucho interés. Tal vez la habilidad que tiene el otro para molestarme es lo que hace que resulte interesante. Su capacidad para decirme que no y no necesariamente darme lo que espero. Así como el ácido, el alcohol y los taninos del vino abren mis papilas gustativas si están en cantidades equilibradas, el enfrentamiento con el otro me obliga a estar presente, a posicionarme y a dar, si no lo mejor de mí, al menos lo suficiente para ser un buen interlocutor.

Ahora imagínense dos pompas de jabón. Existen de forma distinta, pero cuando se encuentran, cuando se tocan, tienen una frontera común. El otro, al permitirse existir, me permite ser yo mismo. Y yo, al posicionarme, permito que el otro exista. Si me anulo, no hay relación, si invado al otro, menos aún. En la calidad de las interacciones es donde encontraré la esencia de mi ser.

Esta pompa de jabón es lo que llamamos el yo, y esta frontera común, la relación.

Pero ¿qué es el yo? Si hiciéramos esta pregunta a nuestro alrededor, muchos dudarían en responder. Algunos tal vez se referirían al cuerpo: «Yo es lo que está debajo de mi piel, lo que está afuera es no-yo...». Otros podrían recurrir a su identidad: «Soy francés, español...». El caso es que a menudo definimos nuestro yo en relación a una frontera. Físicamente, la piel; y psíquicamente, en cuanto a identidad. ¿Cuál podría ser la frontera? Quizás la capacidad de decir que no, de enfrentarse al otro. Una frontera y un contenido, claro está, la capacidad de decir no, pero también la capacidad de decir sí.

¿Existe una frontera más hermosa que el otro? El otro que puede decirme que sí y que puede decirme que no, que me impone el límite, que me muestra una frontera. El otro es como una puerta, abierta o cerrada, que podré o no podré manejar según mi deseo y su placer. El que siempre dice que sí, y no sabe decir que no, es como la puerta a la que se le han quitado las bisagras, un pasaje abierto a todos los vientos.

En una sociedad en la que somos ante todo consumidores, el no es percibido como una violencia.

*Autor de La violencia invisible, editorial Arpa. (Fragmento)

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