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OPINIóN
viernes 26 junio, 2020

Nuestro mundo etiquetado

Pero ¿qué es ser varón y qué ser mujer? ¿Hablamos de machos y hembras? ¿Hablamos de colectivos/grupos definidos por su genitalidad? ¿O nos referimos a dos (solo dos) de las miles de cosmovisiones posibles?

Ilustración Foto: Martin-Redlin / Pixabay

“Si me nombras, me niegas. Al darme un nombre, una etiqueta, niegas las otras posibilidades que podría ser…” -  Kierkegaard

Desde un punto de vista descriptivo, el género es: “la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencia a varones y mujeres”, según la Dra. Mabel Burin.

Pero ¿qué es ser varón y qué ser mujer? ¿Hablamos de machos y hembras? ¿Hablamos de colectivos/grupos definidos por su genitalidad? ¿O nos referimos a dos (solo dos) de las miles de cosmovisiones posibles?

Entiendo que la Dra. Burin toma uno de los pocos consensos que existen en la comunidad científica: Una mujer tiene vagina, un varón pene y “la humanidad” se divide en dos, varones o mujeres, según indique la comunidad científica y el DNI, para que no quepa ninguna duda.

Delitos de género y COVID-19

El resto, quienes no son varones, ni mujeres, niños nacidos con cromosomas XXY, XO O XXX por ejemplo; pues no son niños, no son humanos, no poseen derecho a Ser, salvo que se les “normalice” quirúrgicamente y su “normalidad…quirúrgica”, les otorgue un permiso para existir.

Podríamos decir entonces que el género es una manera particular de percibir y experimentar la propia existencia, desde el centro del ser, proyectado hacia el entorno.

Podríamos agregar, además, que ésta forma particular es específica pero no siempre, predominante aunque no necesariamente y es estable, relativamente, este es el motivo por el que no debería ser nomenclada, o clasificada, cuando hablamos de Género, hablamos de subjetividad, sencillamente hablamos en términos de cualificación y no de cuantificación.

Lo más probable es que la vivencia de los individuos atravesados por los diferentes géneros no sea estática, y que la opción de identificación con tal o cual género/géneros, sea más bien, un proceso dinámico en el que resulta imposible predecir el devenir de su evolución constante.

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Según Judith Butler la identificación con un género determinado, debería ser abordado como un proceso similar al de maduración, entre nacimiento y muerte, un estado flexible en el que nadie puede anticipar lo que vendrá.

Ésta es la dimensión que impide la clasificación y categorización de la gran multiplicidad de opciones identitarias. ¿Cuántos géneros existen ahora, en éste preciso instante, entre quienes estamos aquí, en éste lugar)? ¿Cuáles y porqué merecen ser considerados “validos”? ¿de qué depende?¿a qué y cuántos tipos de cuerpos otorgaremos el privilegio de merecer “humanidad”, y el derecho de ser “duelados”? (Butler) ¿Qué cuerpos, según la norma, son los que importan?

Es difícil no responder en el mismo idioma y bajo los parámetros opresores de los que queremos escapar. Una especie de regla normalizadora, tacita y sutil que nos murmura quien merece ser “humano” y quien no,  y condiciona el “ser” según su funcionalidad respecto de la gran maquinaria “reproductiva”.

“Reproductiva” en el sentido de modelos opresores, normas ciegas, sordas, selectivas; y personas, de primera, segunda o tercera categoría, según la amenaza que representen para el statu quo y sus posibilidades multiplicadoras.

La necesidad imperiosa de clasificar para “poder” categorizar, ordenar y disciplinar. Para “poder” y “saber”, “SABER Y “PODER” siempre será necesario catalogar, clasificar y/o etiquetar.

Un Saber susceptible de ser legitimado y oficializado a través de las comunidades científicas (y solo mediante éste único requisito), se arroga el Poder de decidir sobre la opción de género, en los términos de Burin. Aún habiendo protagonizado errores escandalosos como el caso Joan/John dado a conocer por la BBC en los años 60.

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En éste caso, John Money psicólogo especializado en género, esgrimiendo una teoría luego refutada por la comunidad científica contemporánea, usurpa impunemente el derecho natural sagrado a decidir sobre el propio Ser, de los gemelos Reimer, con las esperables y previsibles consecuencias nefastas. El experimento no solo fracaso al intentar probar el punto de Money, (el género puede ser impuesto desde el afuera mediante una sociabilización dirigida medicamente)  sino que además empujó a las identidades intersex, quirúrgica y psiquiátricamente totalmente fuera de la norma, hacia la marginalidad farmacológica/sanitaria, en nombre de la heteronormalización binaria  

Raza, credo, nacionalidad, profesión, género, machista, feminista, LGBTI+…existen etiquetas para todas las existencias, desde todos los ángulos y quienes quedan afuera, ya no existen, porque las etiquetas que nos garantizan entidad y nos dan un nombre estático para transitar en el mundo, también nos restringen y someten.

En nombre de la visibilizacion, la investigación, la ciencia, la estadística, (el Reino Unido aun exige completar el punto “raza” de los formularios oficiales, justificándose en la investigación científica), los códigos de barra están a la orden del día.

Incluso los derechos privadísimos a la propia identidad y su ejercicio, que terminamos reclamando en el espacio público/ político, todo se vuelve un arma con dos filos, y uno de esos filos, nos apunta.

 Agotamos la interpelación en una sola pregunta ¿“qué eres”?  Como si el sello colectivo pudiera darnos respuestas tranquilizadoras. Sin embargo, como señala Adriana Cavarero, parafraseando a Arendt, la pregunta incontestable es: ¿Quién eres? La respuesta nos arroja sin escalas, dentro del universo de ese otro-par, y nos sumergimos en la inmensidad del ser, el propio, el ajeno donde podemos comprender el dolor y el amor sin bordes de una existencia afín.

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Aprender a amar la libertad del otro nos libera de las propias ataduras. Opresores y oprimidos son las dos caras de una misma moneda con valor asignado. Una etiqueta, una categoría: Si eres varón blanco, heterosexual, de mediana edad tienen todas las fichas para ganar la lotería del opresor.

Si eres mujer negra, estadounidense y naciste en una familia obrera, seguramente te tocará ser oprimida.

Y la pregunta incontestable, aterradora, la pregunta que nos lanzará a un vacío rebosante de soluciones amorosas, siempre seguirá siendo:

“Quién eres”

El único camino posible hacia la equidad, será la abolición de nuestro mundo etiquetado. Barajar y dar de nuevo, sin preconceptos, ni condescendencias, sociedades mas justas y relajadas que normalicen el respeto y la sana convivencia de las diferencias, sean las que sean y cuantas sean, sin clasificarlas.

#MeToo, #NiUnaMenos, #YoSiTecreo, #AbortoLegalSeguroYGratuito, Movimientos queer, LGTBI+ resuenanen tenues brisas de cambio que anticipan primaveras multicolor.

 

Rosa de Luxemburgo decía “El que no se mueve no escucha el ruido de sus cadenas”, los feminismos y las luchas queer, LGBTI+ son el grito libertario de las nuestras.


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