domingo 09 de mayo de 2021
OPINIóN Columna
14-10-2020 16:04

Mi vieja y el personal de salud en el planeta del coronavirus

Salió de la terapia intensiva y del respirador automático. Se podría decir que viene zafando, pero el Covid-19 acecha como un ladrón, impidiéndonos gozar de su paulatina recuperación.

14-10-2020 16:04

Mi vieja está internada en un sanatorio, recuperándose de una neumonía. Salió de la terapia intensiva y del respirador automático. Se podría decir que viene zafando, pero el Covid-19 acecha como un ladrón, impidiéndonos gozar de su paulatina recuperación. El temor colectivo gobierna la escena. Y aunque quisiéramos olvidar la pandemia apagando el televisor o poniendo un canal de música, quienes cuidamos de ella ocultamos sonrisas y palabras tras lo barbijos que por más coloridos que sean, no dejan de ser el emblema, la escarapela del coronavirus. Es sumamente complejo cuidar de un enfermo, pero mucho más durante estos días donde se corren mayores riesgos físicos y emocionales. Quienes están padeciendo de una enfermedad se ven privados de una de las más efectivas medicinas para la recuperación: los besos, los abrazos y las expresiones. A cambio reciben palabras secas, graves, expresividades filtradas por la tela tapaboca, y una distancia óptima difícil de respetar porque la energía de los afectos atrae y de pronto, como si uno se afanara algo, suena la alarma, pero la interior, la de la represión, la vocecita que te ordena que hasta ahí está bien, que más allá está el riesgo.

El psicólogo invadiendo la casa

¿Quién era ese médico, el del otro día?”, preguntó ayer mi vieja. Luego me comentó que se sentía en otro planeta. Es verdad, le dije, son como alienígenas que vinieron a salvarnos, pero que fueron abandonados en la apocalíptica tierra de la pandemia. Parafraseando a Antoine de Saint-Exupéry, los trabajadores son esenciales, pero invisibles a los ojos. Sus acciones muchas veces pasan desapercibidas, no son evidentes y menos para quienes tienen la dicha de no visitar hospitales, clínicas o sanatorios. Se la juegan más que nunca, pero a su vez quedan más ocultos que nunca. Apoyado contra el marco de la puerta, asomado en el pasillo, descansando de la vista clavada en mi madre y sus dolencias, cada tanto observo el ritual de los trabajadores esenciales y creo que nadie debería irse de este mundo sin transitar por esa experiencia humanizante. Sobre el alma y la piel, la ropa, el delantal, doble guante de goma, la cofia, el camisolín y las botas de tela, doble barbijo, anteojos, máscara, y moverse y respirar, como se pueda. Atender y entender a sus enfermos, cuidarlos mientras se cuidan, sanar, si es posible. Y salir de la habitación y desecharlo todo, para reiniciar el ritual en cada puerta de cada sala. Nadie me lo contó, lo contemplo cada día mientras sufro por mi vieja y sufro por este contexto que complica más cualquier sufrir. De Messi o de Maradona se suele decir que son de otro planeta, qué decir entonces de quienes salvan vidas jugándose las suyas y no son millonarios precisamente. Mauricio, el médico de mamá por estos días, tiene a cargo 52 pacientes. El sábado estaba de guardia, había entrado a las 8 de la mañana y no pudo salir hasta el domingo a las 13hs. “¿Cómo estás?”, le pregunté. “Un poquito cansado”, me respondió, levantó una ceja e intuí una pequeña sonrisa condenada detrás de la prisión del barbijo. Uno de los enfermeros estaba desde las 7 de la mañana y se quedaba hasta las 9 de la noche. El día anterior estuvo en el hospital Durand. No podía disimular su cansancio. Sus ojos se asomaban por encima del tapaboca como dos lunas acuosas sobre el horizonte de una tarde gris. Bastó mi escucha para que me contara con angustia acerca de un colega muerto por Covid-19, de otros contagiados, y de su miedo a morir. Pero aun así, seguía trabajando. “Hay que seguir”, me dijo, mientras le tomaba la presión a mi vieja. Y yo pensaba también en sus presiones.

El miedo crea paredes

Mi vieja va mejorando. Cuidábamos de que no saliera de su casa para que no enfermara y la maldita neumonía se coló por el agujero de las cosas que no se pueden evitar. Porque la vida incluye, para bien tanto como para mal, lo impredecible. Es entonces cuando hay que arremangarse y enfrentar lo que sucede, como se pueda. Antes de que mamá cayera, literalmente, se cayó en el baño descompensada por la neumonía, yo venía escribiendo algunos artículos acerca de los efectos del coronavirus en la salud mental y resaltaba que la incertidumbre era el síntoma predominante de este tiempo, la punta del iceberg del miedo, de la angustia, de la ansiedad y de otros malestares. Hoy, más convencido de todo lo teorizado, arrebatado por la incertidumbre por experiencia directa, insisto en que debemos cuidarnos y cuidar, porque somos finitos y más vulnerables de lo que suponíamos, y el sistema de salud está saturado y el personal de salud mucho más. Tratemos de evitar lo evitable. Pero si sucede, si alguna dolencia o el coronavirus y su terrible garra invisible nos atrapan, confiemos en las médicas y los médicos, en las enfermeras y en los enfermeros, que aunque sean de otro planeta, y quizá nunca conoceremos sus verdaderos rostros, se la van a jugar para que la vida continúe, si es posible.