Eduardo Duhalde fue el gran ausente ayer en el búnker del Partido Justicialista. Pero una de las características de su personalidad, la tendencia a la depresión, parecía haber invadido igual las instalaciones de Reconquista 630. Cuando el bajón pase, el ex hombre fuerte de la política bonaerense deberá comenzar una ardua tarea: evitar que la tropa propia se disperse al ritmo del operativo reelección.
Ayer quedó claro que el resultado electoral no deja lugar al diálogo entre Duhalde y Néstor Kirchner. El Presidente cree que su contundencia electoral es suficiente. El próximo paso será pelear la conducción del Partido Justicialista, como le adelantó a sus hombres, y azuzar su candidatura para 2007.
Y, en rigor, no está muy lejos de la verdad. Aunque sus votos cordobeses sean prestados, aunque haya perdido Santa Fe, Mendoza y la Capital.
En el otro extremo, Duhalde tampoco quiere dialogar. Más allá del porcentual final, el ex gobernador terminó demasiado herido con las denuncias de campaña como para poner todo su empeño de ahora en más en evitar que el camino kirchnerista sea un lecho de rosas.
De esto último sabe. En el imaginario duhaldista hay nombres que terminarán en una misma mesa en un tiempo más. Mauricio Macri, Daniel Scioli y Roberto Lavagna deberán definir su destino sin entorpecerse mutuamente. De ese trío tendría que surgir un candidato a Presidente, un acompañante o vice y un candidato a jefe de Gobierno. Por lo pronto, Macri anoche fue contundente. Su próximo destino es la Ciudad de Buenos Aires: su mente estructurada de ingeniero civil le impide pensar en un salto al vacío como puede ser una elección nacional, aunque el premio sea mayor. En el caso de Lavagna su desafío más grande todavía. El ministro tiene que sobrevivir a la inflación, a Kirchner y a la renegociación con el Fondo Monetario Internacional. Recién ahí verá si la política lo encuentra como candidato o como embajador
“Nos pueden ofrecer todo lo que quieran, pero está claro que nosotros valíamos más un día antes del cierre de listas y volveremos a valer más de acá a un año: igual ellos van a salir a comprar todo lo que ande suelto...”. La frase la deslizó anoche uno de los candidatos de la lista de Chiche. Del oficialismo aún nadie había llamado, pero todos descontaban que el operativo desmembramiento del duhaldismo comenzaría de un momento a otro.
Pero en el Hotel Intercontinental nadie pensaba siquiera en levantar el teléfono. A esa altura, propios y extraños ya habían comprado la tendencia electoral que se manejaba desde el correo y los números oficialistas embriagaban a cualquiera.
La euforia K sólo se veía enlutada por el nerviosismo de Alberto Fernández
A pedido del Presidente, el jefe de Gabinete tuvo que dar la cara ante los medios por la derrota de Rafael Bielsa. Desde hoy deberá, además, cuidar el frente interno en el Gobierno. En los idas y vueltas del poder, Fernández nunca se llevó bien con Julio De Vido. Ambos apostaron en sendas provincias para esta elección. El santacruceño terminó con la frente en alto en Misiones, Chubut y San Juan. Alberto, en cambio, deberá explicar no sólo la derrota capitalina sino la de Santa Fe por más de diez puntos con Hermes Binner.
Las intrigas palaciegas que se pueden llegar a desatar en la Casa de Gobierno parecían, de todas maneras, ser el único consuelo de los duhaldistas. Ellos mismos aseguraban que la victoria de Cristina desataría la interna por la sucesión de Felipe Solá.
Lo que estaba claro es que, ayer, la familia Duhalde vivió seguramente la última elección bonaerense que los tuvo por protagonistas. Ahora es el turno de operar desde las sombras. Y de ver si alguno de sus hijos pródigos es capaz de reconstruir el espacio político desde las cenizas de hoy.
Siempre y cuando Duhalde se anime, ahora sí, a dar un definitivo paso al costado.