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ELOBSERVADOR / Crónica Narrativa
miércoles 10 enero, 2018

El hotel habitado

Crónica de una Cooperativa que se inició en el 2003 y que hasta el día de hoy sigue combatiendo por sobrevivir.

Matías Ortega (*)

bauen Foto: bauen

En un subsuelo oscuro en el corazón de Buenos Aires, detrás de una reja, una pared de durlock separa dos hoteles. De un lado, el Bauen Suites, propiedad de la familia Iurcovich pero administrado por el grupo hotelero español Exe, que tiene habitaciones tipo monoambiente, dúplex, empleados de traje y un promedio de 45% de “muy bueno” en TripAdvisor. Del otro, el BAUEN (Buenos Aires Una Empresa Nacional), un edificio de fines de los setenta con 222 habitaciones, que es gestionado por una cooperativa de 130 trabajadores y tiene 35% de “normal” en  TripAdvisor.

Eva Lossada, presidenta de la cooperativa BAUEN, camina por el subsuelo de paredes húmedas. La mujer, saco, pañuelo al cuello, el pelo negro atado en una cola de caballo, sube por una escalera estrecha que lleva al hall central. En ese salón de pisos de madera opaca, recuerda lo que pasó el 21 de marzo de 2003, cuando ella y otros trabajadores ocuparon el hotel de Callao 260 tras la quiebra que los dejó en la calle. Entraron por Corrientes, por el lado del Bauen Suites, y lograron pasar hacia el otro hotel porque en el subsuelo, donde hoy está la reja y la pared de durlock, antes sólo había un pequeño candado. Lo abrieron sin demasiado esfuerzo.

—De ese día me acuerdo que cuando entré al hall me sorprendió que no había nada de nada —dice Eva—, salvo el piano que no se pudieron llevar. Y tenía miedo, mucho miedo. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar, si nos iban a golpear, si nos iban a sacar...

Eva, por ese entonces una mucama de treinta y pico, con experiencia en el Sheraton y en el NH, caminó del subsuelo al hall central, junto a sus compañeros, con paso nervioso y lento. El frente del edificio estaba cerrado con chapas. Todo estaba en penumbras. El minuto cero de una ocupación que dura hasta el día de hoy.

***

Eva Lossada está sentada en la cafetería Utopía, en la entrada al BAUEN, sobre avenida Callao. La cafetería tiene mesas con manteles naranjas y baldosas de color crema. Desde la barra llegan los sonidos de la máquina de café. Una moza marea vasos cerca de la caja registradora. En una pared hay un mural con un aire tanguero, de burdel arltiano, con mujeres de tacos aguja y rufianes melancólicos.

Eva entró a trabajar como mucama en 1994, cuando el BAUEN todavía era gerenciado por el empresario Marcelo Iurcovich, que había construido el hotel poco antes del Mundial de Fútbol de 1978 con financiamiento de la dictadura, que necesitaba mejorar la infraestructura del país para recibir miles de turistas. Pocos años después, en 1981, Iurcovich abrió el Bauen SUITES, sobre avenida Corrientes.

En 1997, Marcelo Iurcovich cedió el BAUEN mediante un contrato de leasing —que incluía el inmueble, los muebles y el personal— a un grupo de capitales chilenos llamado Solari S.A, comandado por Félix Solari.

—Y seguimos laburando con Félix Solari —dice Eva—. Nos dijo: “Miren, chicos, acá empiezan de cero, no me importa lo que ustedes hicieron antes. Esta es una empresa, la anterior era otra empresa”.

Cuatro años después, en 2001, la empresa Solari S.A. decretó su quiebra. En un contexto en el que había 20 por ciento de desocupación en el país, el juez de la quiebra autorizó a los trabajadores a continuar la explotación del hotel, bajo supervisión de la Sindicatura. 

—Veíamos la crisis que había en la calle, los cacerolazos, la gente había saqueado un Musimundo de acá cerca —cuenta Eva—. Por eso no nos queríamos quedar sin trabajo. Hasta que el 28 de diciembre de 2001 el juez nos dice que no podemos continuar trabajándolo. Fue un momento muy difícil para todos: brindar un fin de año sin trabajo. 

***

         La primera vez que los trabajadores del Hotel escucharon la idea de tomar el edificio fue al poco tiempo de la quiebra, en la Imprenta Chilavert, un ícono de las fábricas del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER). Al principio, recuperar el hotel parecía una idea muy lejana. Los trabajadores sabían de los vínculos de los Iurcovich con el poder político: el hermano del ex presidente Carlos Menem, Eduardo, era asiduo huésped del Bauen SUITES y el BAUEN era sede de las reuniones del menemismo. Durante el año y medio que transcurrió entre la quiebra y la toma, la situación se estaba volviendo crítica: algunos trabajadores no tenían para pagar el alquiler de sus casas y otros estaban directamente en situación de calle. Mientras tanto, los Iurcovich habían empezado a llevarse los muebles, las cortinas, los manteles, las lámparas, todo lo que podían cargar. 

Aquel viernes 21 de marzo de 2003, los trabajadores junto a dirigentes del MNER se reunieron en la esquina de Callao y Corrientes. Eran un grupo de aproximadamente 100 personas. Tomaban mate, discutían consignas, había nervios: sólo unos pocos sabían que iban a tomar el edificio.

—Mis compañeros me dijeron “mañana tenés que venir, nos vamos a juntar a las diez de la mañana”, era para ver si nos iban a pagar lo que nos debían —cuenta Eva—. Pero no, cuando llegamos ahí, los compañeros del Movimiento de Empresas Recuperadas estaban totalmente seguros, había que entrar. Pasamos por el estacionamiento como un día normal. Era como algo raro. Estaba empalizado el frente, abrieron un pedazo y entraron organizaciones sociales. Yo tenía miedo de que subieran o fueran a romper algo, que sé yo quiénes eran...

Después llegó la policía y el síndico de la quiebra. Y los trabajadores les remarcaron dos cuestiones: que no iban a permitir el vaciamiento del Hotel y que querían seguir trabajando en él. 

La ocupación del BAUEN implicó, desde el primer día, poner el cuerpo. Los trabajadores rotaban para permanecer siempre en el edificio. Incluso, los que no tenían donde dormir tenían un lugar para pasar la noche. Para sustentarse, pedían monedas en los semáforos con una alcancía. Y empezaron a relacionarse con estudiantes de la UBA, a quienes les daban espacio para reunirse a cambio de lavandina o cera para mantener las habitaciones y los salones. En los primeros tiempos de la cooperativa, Eva trabajaba también en un hotel de cuatro estrellas del microcentro, el Grand King, al que renunciaría para dedicarse de lleno al BAUEN.

—Mi marido me decía: “¿Por qué vas a dejar el Grand King por algo tan incierto? Tus compañeros no tienen nada que perder, pero vos estás ubicada”. Es que no se entiende mi decisión hasta que uno ve la situación en que están sus compañeros. Es feo de vivir esa circunstancia. Los empresarios tiene que tomar más en serio a la gente que tienen trabajando, que son seres humanos. 

***

Federico Tornarelli, vicepresidente de la cooperativa BAUEN, tiene una oficina tipo pecera en la planta baja del hotel, pegada a un patio de luz con unas pocas plantas que linda con el salón de eventos Simón Bolívar. Tornarelli es alto, tiene el pelo corto grisáceo y usa un chaleco de hilo oscuro sobre una camisa blanca. Llegó al Hotel en 2004, de la mano del MNRE, para colaborar en el armado legal de la gestión. Actualmente también es presidente de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajadores Autogestionados (FACTA). 

—El BAUEN es la posibilidad de llevar a la práctica concreta una gestión verdaderamente horizontal y democrática —dice Tornarelli—. Pasar de trabajar en relación de dependencia a trabajar en un espacio así es un proceso de ruptura cultural muy fuerte. Vos no sos el mismo a partir de una experiencia así.

En catorce años, la cooperativa logró reabrir el hotel y posicionarse como un caso de referencia en el mundo de la autogestión. Su mayor hito fue lograr la ley de expropiación en noviembre de 2015, diez años después de que el diputado Carlos Alberto Tinirello, del Movimiento Socialista de los Trabajadores, presentara el primer proyecto en el Congreso para declarar al BAUEN de “utilidad pública”. Sin embargo, el 27 de diciembre de ese año, diecisiete días después de su asunción y desde Villa La Angostura, Mauricio Macri vetó la ley de expropiación del BAUEN mediante el decreto presidencial 1.302.

—Nosotros fuimos consiguiendo cosas en el trascurso del tiempo que, para la enorme mayoría, eran imposibles —dice Tornarelli—. Tampoco es una cosa que uno quiera presentar como heroica. Somos laburantes comunes y corrientes. Pero hoy, en este contexto, nos llegamos a quedar sin el Hotel y nos quedamos en la calle por un buen tiempo. 

Subida al envión del rechazo presidencial, la jueza Paula Hualde, titular del Juzgado Nacional de Primera Instancia en la Comercial de la Capital Federal, dispuso el desalojo del hotel para el 19 de abril de 2017. Pero ese mismo día, la cooperativa logró frenarlo temporalmente, después de que la Cámara Comercial aceptara un recurso de queja. Afuera del hotel, sobre avenida Callao, la Policía Federal esperaba para ejecutar el desalojo. Era un colectivo repleto de uniformados, que no se habían enterado de la suspensión. Incluso entraron a preguntar al Hotel a ver a “qué hora iban a salir” y el abogado de la cooperativa, Ataliva Dinani, les tuvo que explicar que el desalojo estaba frenado. Entonces los uniformados se excusaron y dijeron que en la justicia a veces tardan en informarles, que no lo hicieron a propósito, que solamente venían a hacer su trabajo.

***

La familia Iurcovich está atravesada por la historia del BAUEN. Marcelo Iurcovich falleció la misma semana que el hotel fue tomado. Su hijo, Hugo, es el titular de la empresa Mercoteles, que compró el BAUEN después de la quiebra de Félix Solari, con la idea de retomar el negocio familiar. 

Hugo tiene 61 años, es robusto y de nariz redondeada. El pelo largo gris le cubre las orejas. Viste chaleco y camisa blanca a cuadros. Es un miércoles de junio de 2017. Está sentado en un restaurante del barrio porteño de Belgrano. Sonríe con frecuencia. Mira el menú y bromea en tono irónico:

—Aprovechá para pedir, que estás con un empresario.

Hugo es conocido como Hudryk en el ámbito zen, nombre que eligió como parte de su búsqueda budista. Al principio, intentó conciliar posiciones con los trabajadores mediante una conferencia de Janis Roze, un biólogo de Letonia que estudia la integración entre la ciencia y la conciencia. El acercamiento espiritual no prosperó. 

—El BAUEN Hotel, que es mi propiedad, viene de una historia que es larga —dice Hugo Iurcovich, relajado—. Hay un montón de historias que se han inventado que no son reales, y basta con ver los fallos y las sentencias y te das cuenta que, bueno, que una cosa son los intereses políticos de determinados grupos y otra cosa es la verdad.

Para dar a conocer su versión, Iurcovich creó laverdaddelbauen.com.ar. La página contiene una cronología del conflicto y 17 fallos con los que el Poder Judicial respaldó su posición. “Hoy el expediente del Bauen tiene más de 2 metros de altura y pasó por todas las instancias: en 2007 obtuvo la resolución de Primera Instancia, en el 2008 esta resolución fue confirmada por la Cámara, en el 2011 la Corte no hizo lugar al planteo de la cooperativa. No hay más instancia en la que se pueda apelar”, dice la web.

—Con los trabajadores nunca tuve problemas. Sí tenemos puntos contrapuestos con gente de la cooperativa que son, más que nada, dirigentes políticos. Acá lo que no se está queriendo respetar es el derecho a la propiedad. Esto no son opiniones, está basado en sentencias durante 14 años, inclusive con la Corte de Zaffaroni. De mi parte no hay ningún problema ideológico. De hecho, los primeros años, cuando hubo la invasión, intenté trabajar con ellos.  

Hugo Iurcovich habla sin gesticular y, de vez en cuando, toma agua con gas de una copa. Siempre se refiere a la ocupación de los trabajadores en términos de “invasión”, y responsabiliza al empresario chileno Félix Solari por haberlos dejado en la calle. El destino de Solari fue errante. Según su abogado, Gabriel Jaijel, Solari sufrió la quiebra del Hotel producto de la recesión y la crisis económica del 2001, sumado al contrato “leonino” firmado con Iurcovich padre. Luego de atravesar una fuerte depresión, el ex empresario chileno pasó a trabajar como empleado en una parrilla del centro de Buenos Aires, donde se desempeña en la actualidad.  

—Esos trabajadores no son nuestros —dice Hugo Iurcovich—. Nunca le debimos ni le debemos nada y la propiedad no estaba en la convocatoria ni la quiebra de Solari. Nosotros no quebramos, no dejamos a nadie en la calle, nunca abandonamos el hotel, y pagamos los impuestos que no pagan ellos. ¡Y le quisimos dar trabajo infinidad de veces a la cooperativa!

Con los fallos a su favor, Hugo Iurcovich ya naturalizó el hecho de que esta historia pueda terminar con un desalojo de la policía. En todo caso, dice, será responsabilidad de la cooperativa. Mientras tanto, imagina cómo será el hotel si lo recupera:

—Tiene que ser un lugar para toda la gente, donde se ayude a una evolución de conciencia. Después, la búsqueda espiritual es individual. Pero el BAUEN es un punto de la Ciudad de Buenos Aires que merece estar mejor. 

***

Eva Lossada sube al ascensor y marca el piso 15. La luz del ascensor espejado resalta unos reflejos en su cola de caballo. En su mano lleva el celular y un llavero con un lagarto amarillo hecho de mostacillas. El piso 15 tiene alfombras grises y un enorme ventanal, desde el cual se ve el hormiguero que parece Callao, hombres trabajando en una grúa, filas de autos a los bocinazos, otros edificios. Desde aquí no se ve el el Bauen SUITES, pero ambos edificios siguen conectados en los cimientos. Y Eva reconoce que tiene sus complejidades convivir con un hotel hermano que funciona distinto: el SUITES es gestionado por el Grupo Exe, una corporación española que, según su página web, “cuenta en la actualidad con más de 40 establecimientos privilegiadamente ubicados en el centro histórico de las ciudades o en las inmediaciones de sus distritos financieros”. Suele suceder que en el SUITES espantan a los huéspedes del BAUEN, cuando llegan por error: “¿Cómo se van a meter en ese Hotel?, es un antro, no hay nada seguro, tengan cuidado”.

       —Yo tengo vínculo con el SUITES porque la cañería viene de allá, entonces cuando viene el de mantenimiento y me dice 'Eva mira qué está perdiendo agua', pasamos para el otro lado. No es que estamos cerrados a ellos. ¡Si hasta tenemos un compañero que trabaja acá y que la mujer está trabajando en el SUITES! —dice entre risas. 

En una habitación con la puerta abierta, una mujer joven hace las camas, desplegando sábanas con rapidez. Cerca de ella hay un carrito con elementos de limpieza y un registro del aseo escrito con birome azul. “Justo estaba preguntando qué íbamos a comer hoy”, dice la mujer. Y Eva se ríe: por más que sea la presidenta de la cooperativa, y por eso deba seguir de cerca la situación judicial, las capacitaciones y los números del Hotel, también suele cocinar los fines de semana.

         —Esta es la parte donde me siento mejor. Yo comencé acá —dice Eva, señalando las habitaciones—. Aprendí todo y lo compartí a mis compañeras. No estoy solamente en los papeles.

(*) Esta crónica fue producida en el curso de Especialización en Periodismo Narrativo organizado por Editorial Perfil y la Fundación Tomás Eloy Martínez, edición 2017.


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