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ELOBSERVADOR / #2AñosDeMacri
domingo 10 diciembre, 2017

La mitad de Macri: estrategias esperanzas y decepciones

Medida a medida, una mirada sobre los primeros dos años del mandato de Mauricio Macri, el primer presidente no peronista ni radical que llega al poder desde la recuperación de la democracia, en 1983.

por Carlos De Angelis

Balcón. La alegría de las primeras horas en la Casa Rosada. Foto: cedoc

Una vieja anécdota –de ésas que mutan según el intérprete– cuenta que a un alto funcionario de Mao de visita en la Francia de Charles de Gaulle le preguntaron qué opinaba de la Revolución Francesa. “Demasiado pronto para opinar”, fue su enigmática respuesta.

Con esa excusa, el análisis de los dos primeros años de gestión de Mauricio Macri debe mantener dos planos que se cruzan en todo momento: primero, las decisiones tomadas y hechos transcurridos, con sus idas y venidas, y la multiplicidad de problemas en curso. Luego, la presunción de que el proyecto de gobierno procura un cambio profundo y de largo alcance de la estructura económica y social de la Argentina que lo trascienda al propio Macri.

Comprar fortaleza. El nuevo gobierno tuvo desde su minuto cero dos objetivos tácticos primordiales y convergentes: desarmar material y simbólicamente al Estado kirchnerista, y mostrarse como un gobierno fuerte, lejos de experiencias pasadas traumáticas. Al mismo tiempo, con la conformación de su equipo de gobierno y sus políticas planteó una nueva alianza con los sectores económicos más fuertes del país.

Las expectativas que primaban en la sociedad en los albores del macrismo mezclaban una alegría contenida de quienes festejaban la derrota del kirchnerismo con la desazón de quienes pensaban que Scioli era una buena alternativa para continuar con las políticas K, bajando la presión política constante que ejercía Cristina.

Los sectores que realmente habían apostado a Macri se podían reducir al 24,5% que votaron su boleta en las primarias (Cambiemos sacaba el 30,2%). Finalizado el ballottage, y con un nuevo presidente, “el primero ni radical, ni peronista”, comenzaban a identificarse las debilidades intrínsecas de la nueva gestión. Una escuálida minoría en el Congreso, la muy plausible oposición del sindicalismo, de los grupos de control social de la calle (piqueteros), y en especial la figura de la ex presidenta (con sus militantes incondicionales), aparecían como los mayores obstáculos, mucho más que la falta de crédito externo o que la propia inflación.

El 25 de noviembre de 2015, días antes de asumir, Marcos Peña, en su carácter de futuro jefe de Gabinete, presentó lo que Macri denominaría en forma insistente como “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”. Dos figuras que se percibían como aliadas tendrían roles claves: Alfonso Prat-Gay en Hacienda y Finanzas, y Rogelio Frigerio en Interior y Obra pública y Vivienda.

Otros nombramientos marcaban continuidad con la gestión en la Ciudad: Carolina Stanley (Desarrollo Social) o Guillermo Dietrich (Transporte). Pero dos nombres sorprenderían por distintas razones:  Lino Barañao, figura del gobierno anterior; y Patricia Bullrich en Seguridad. Se desconocían las habilidades de la ex ministra de Trabajo de la Alianza en esa compleja cartera, pero dos años más tarde se entienden las razones por las cuales fue designada en ese cargo.

Una tercera categoría de funcionarios sería clave para la comprensión del nuevo proceso político, y son los procedentes de importantes empresas y organizaciones del sector privado. La lista es extensa pues ocupan espacios en todas las áreas, pero las figuras emblemáticas son Juan José Aranguren, que pasaría de presidente de Shell a ministro de Energía; y Mario Quintana, ex CEO de Farmacity, como vicejefe de Gabinete y de creciente influencia en el Gobierno.

Con estos funcionarios surgiría un término que promete problemas en años futuros: “conflicto de intereses”. Esta situación también llevaría a los críticos en definir al Gobierno como una “ceocracia”. Los que desde la política sostienen a los empresarios devenidos en funcionarios los justifican expresando que son “los que saben” y también que abandonaron una vida de comodidades para “meterse en política” y sacrificarse por el país. Esta narrativa se ha convertido en una particular fuente de legitimidad para estos funcionarios, aun en situaciones polémicas. Sin embargo, también se debe considerar que con esta estrategia Macri introduce en el Gobierno al círculo rojo, con el metamensaje de que “aquí vamos todos juntos”.  

‘New rules’. Las primeras medidas planteadas por Macri dos años después siguen siendo polémicas. Pero marcaron la agenda y la dirección principal del Gobierno. La principal: la apertura del cepo cambiario y la flotación del dólar a niveles del paralelo de aquel entonces. Hábilmente, el renunciado ministro Prat-Gay obvió la palabra maldita “devaluación”, aunque el valor del dólar varió en minutos un 40%.

Al día siguiente Macri dio en persona las buenas nuevas al “campo”. El fin de las retenciones al sector agropecuario, aunque para la soja se programaba una progresiva baja. La combinación de ambas noticias, sumada a la inercia de los años anteriores, asestó un duro golpe a una de las mayores expectativas de la población sobre el Gobierno: Un Indec ya sin polémicas a lo Moreno marcaría a fines de 2016 un índice de precios al consumidor cercano al 41%, mientras que para 2017 se espera alrededor de 24%, como en los últimos años K. La dificultad para detener la inflación se convierte en uno de los déficits más importantes del Gobierno. Los precios no dieron tregua ni con la política de altas tasas de interés positivas y la billonaria emisión de Letras del Banco Central diseñada por Federico Sturzenegger.

El desmembramiento del Estado kirchnerista en los efectos prácticos y simbólicos fue un lento proceso, pero una decisión política sin marcha atrás. El espacio central de esa lucha se dio en tres campos principales: en los medios, en los juzgados y finalmente en el terreno electoral. Comienza el 31 de diciembre de 2015 cuando se desarticula la emblemática Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual del kirchnerismo con un DNU, eliminando la autoridad de aplicación (Afsca). A las 10.30 Marcos Peña daría una frase que aún resuena: “Hoy se termina la guerra del Estado contra el periodismo”. A partir de allí, comienza un proceso de reorganización de los medios oficiales, y el inicio de una férrea alianza con ciertos grupos nacionales de medios, y con grandes comunicadores sociales tercerizando la función de construcción de legitimidad gubernamental. Sin embargo, buena parte de la pauta oficial va hoy a Google y Facebook. Las redes sociales serán –como para los K– el gran campo de batalla política desplazando a los medios tradicionales.   

Contrariamente a lo esperado, el oficialismo encontraría una mayoría legislativa amiga para la sanción de leyes propias. Esto sucedería por la descomposición de la mayoría peronista, donde un importante grupo de legisladores otrora kirchnerista ahora plantea una oposición “responsable”, a lo que se sumaría el bloque comandado por Sergio Massa.

Del importante grupo de leyes votadas se destacan dos: el pago a los holdouts remanentes, y el blanqueo de capitales (que se asoció extrañamente a la reparación histórica a los jubilados). El argumento principal para la solución sobre la situación de los fondos buitre fue que abriría el grifo de las inversiones del mundo.

Piloto automático. Luego del contundente cambio de dirección planteado en los primeros meses de gobierno, el oficialismo expresó implícitamente: “Se terminó el populismo, somos un gobierno amigo de los mercados, abierto al mundo. Hora de esperar a los inversores internacionales”. Así se construyó una narrativa de futuro promisorio vía “lluvia de inversiones” o “brotes verdes”, que contuvo su aspecto risible y paradójico, ya que el país entraba en recesión y durante 2016 el PBI caería un 2,3%.

Parecía extraño que hombres experimentados en negocios pensaran que las inversiones productivas podrían desencadenarse en tan breve plazo. Para reforzar esta idea, Macri realizó una serie de giras internacionales que aportaron más a su imagen en el exterior que a seducir empresarios a desembolsar sus capitales en el país para realizar alguna actividad productiva.

Con un déficit fiscal en aumento, se decide a mediados de 2016 la eliminación de subsidios a los servicios públicos, lo que implicaba aumentos astronómicos, especialmente en luz y gas. La falta de audiencias públicas requeridas por la ley fue un buen argumento para postergar la decisión y  preferir finalmente  un fraccionamiento de los incrementos hasta diciembre de 2017.  

El Gobierno comienza ahí a sostener la idea del gradualismo, especialmente para afrontar críticas de los economistas de la derecha neoliberal que pedían una poda draconiana del gasto público, el despido de dos millones de empleados estatales y eliminar los planes sociales, que, lejos de cortar, el gobierno de Cambiemos había extendido y mejorado.

Vistos los flojos resultados económicos de 2016, Macri le da las gracias a Prat-Gay y desdobla el ministerio, nombrando a Nicolás Dujovne en Economía y a Luis Caputo en Hacienda, siguiendo con la política de disolver las funciones en diferentes cargos. Apremiado por el déficit, Caputo asume una tarea tan relevante como riesgosa: endeudarse en el exterior, misión que sin dudas cumple con encomiable éxito: la deuda pública consolidada se calcula para fines de año en unos 350 mil millones de dólares, lo que la propia BBC denominaría el “talón de Aquiles de Macri”.

Consciente del problema, el oficialismo comienza a mirar uno de los renglones más fuertes de las erogaciones del presupuesto: el gasto en seguridad social (jubilaciones y pensiones), y gana espacio la opción de una reforma fiscal.

La idea inicial de que el crecimiento de la economía relativizaría el peso del Estado en el PBI queda archivada por el momento. Sin embargo, algunos sectores de la economía observan una recuperación hacia la segunda mitad de 2017, impulsada por el gasto social y el incentivo de la obra pública, por lo que se espera que al menos se recupere la caída del PBI de 2017.

La batalla electoral. El 2017 sería un largo año electoral. En primera medida, la atención volvería a Cristina, que a pesar de las múltiples causas judiciales en las que se vio involucrada amagaba con presentarse, lo que generaba un sinnúmero de especulaciones sobre los efectos de una posible derrota del macrismo en la indómita provincia de Buenos Aires. Para colmo, ahora los inversores querían saber el resultado electoral.

El 24 de junio, sobre el cierre de las listas, se confirma la candidatura de Cristina a senadora, acompañada por Jorge Taiana. La novedad es que abandona el PJ para armar su sello (Unidad Ciudadana). Conteniendo la respiración, por el riesgo asumido, Cambiemos juega a un peso mediano, Esteban Bullrich, en vez de la carta principal, Elisa Carrió, que iría en Capital. De esa forma se minimizaría una plausible derrota. Sin embargo, tanto para las PASO (donde Cristina gana por un puñado de votos), como en la general (donde Bullrich gana por casi 6 puntos), Cambiemos contó con el protagonismo fundamental de María Eugenia Vidal a punto tal que no pocos electores creían genuinamente que ella era la candidata. Como se señaló, se debe considerar que ya sea por convicción o necesidad el oficialismo encara la misión de activar la obra pública, prácticamente detenida en 2016. De esta forma se lanza a realizar un sinnúmero de proyectos en todo el país, en especial rutas, con epicentro en el conurbano bonaerense (con obras emblemáticas para el PRO como el Metrobús) y también buscando (obviamente) fortalecer las provincias y municipios amigos.  

A nivel nacional, Cambiemos hace una buena elección promediando el 40%, con triunfos en distritos que parecían inexpugnables por fuera del peronismo como Chaco, Salta, Santa Cruz o Entre Ríos. Dos conclusiones se obtienen de las jornadas. Una parte importante de la sociedad le otorgó a Cambiemos un aval con forma de reloj, es decir, votantes convencidos de que el Gobierno necesita más tiempo para completar su tarea (¿y otro mandato?).

La otra conclusión es un profundo hartazgo con el peronismo, mucho más allá del kirchnerismo. Existe un cansancio de los dispositivos políticos que buscan principalmente su reproducción, sin atender el desarrollo local, o al menos a los sectores más humildes, y también se agotó la jugarreta de la obra pública anunciada (e inaugurada) varias veces y nunca concluida (o ni iniciada).

También entre las dos elecciones se produjo el pedido de desafuero del ex mandamás de la obra pública Julio De Vido, finalmente expulsado y encarcelado luego de las elecciones. Más adelante, el veloz despertar de las causas judiciales llegaría a Amado Boudou y a otros. Finalmente, en estos días se produce la polémica avanzada del juez Bonadio sobre los actuantes del memorándum de entendimiento con Irán por la causa AMIA, incluidos Carlos Zannini y el pedido de desafuero de Cristina Kirchner, bajo el cargo de “traición a la patria”. Así, la prisión preventiva se transformaría en una institución muy visitada por funcionarios del gobierno anterior.

Volver al futuro. Hasta aquí el breve relato de los 730 días de Macri hablaría de un gobierno de transición, cuanto mucho recomponiendo situaciones puntuales y no un gobierno que apunta a realizar los cambios profundos y perdurables como se comentan al principio.

El temor a una oposición exitosa del kirchnerismo, y de los sindicatos peronistas hizo que el Gobierno afrontara una estrategia defensiva, limitando el cambio económico al reacomodamiento de los precios relativos y la recomposición de la rentabilidad del agro, buscando por otra parte evitar el desbande social. También situaciones puntuales como la decisión de la Corte Suprema de dar el beneficio del 2x1 a los represores de la dictadura, la desaparición y muerte de Santiago Maldonado en un oscuro episodio con Gendarmería, y la reciente pérdida del submarino ARA San Juan, que da cuenta de un abandono en áreas sensibles del Estado, han contribuido para tensar un año ya complejo por el proceso electoral.  

Sin embargo, a partir de los resultados electorales, y en especial la derrota de Cristina en la provincia de Buenos Aires, el Gobierno pasa a la ofensiva para proponer otro juego político con la “era del reformismo permanente”. Allí propone un pacto fiscal con las provincias con un fuerte reconocimiento en recursos a la provincia de Buenos Aires, una reforma impositiva que no satisfizo las expectativas de quienes prefieren cambios más radicales, un polémico cambio en la fórmula de cálculo en jubilaciones y pensiones en aproximadamente 100 mil pesos, que arriesga el vínculo con buena parte de su base electoral. Finalmente, la reforma más importante es el cambio en la legislación laboral con toda la connotación que tiene la cuestión y la historia de fracasos y escándalos de los gobiernos desde 1983.   

Más allá de las dificultades en el horizonte, Mauricio Macri buscó exponer una mirada estratégica en la emblemática fecha del 30 de octubre en el no menos emblemático Centro Cultural Kirchner, para salir de la transición. Esta exposición ha sido comparada con el famoso discurso de  Raúl Alfonsín de Parque Norte en 1985, no quizás por la pluma pero sí porque marcó un rumbo y la férrea voluntad de ser protagonista de “la generación que está cambiando la Argentina para siempre”, en sus propias palabras.


Para todos los gustos

A pesar de su extensa gestión en Boca Juniors, sus ocho años de jefe de Gobierno en CABA y sus dos años como presidente, Macri sigue siendo un personaje insondable para la mayoría de los argentinos.

Por su parquedad, distancia y aparente frialdad suele ser ubicado en un antagonismo de estilo con Cristina F. de Kirchner.

La etiqueta de empresario le sigue pesando con una doble connotación: para sus simpatizantes se trata de alguien muy preparado para gestionar en forma exitosa una organización compleja (como un país), pero para sus detractores es alguien que sólo piensa en números, desinteresado en el bienestar de “la gente”.

Sus presencias en público también provocan diferentes percepciones sociales. Para muchos, sus breves discursos son una brisa de aire de fresco en oposición a las extensas cadenas nacionales de Cristina. Pero su tendencia a leer hace crecer la idea de que el Presidente (y sus principales voceros) están coucheados con un esquema pautado de comportamiento.

También en su rol específico como primus interpares se observan lecturas antagónicas. Para algunos se trata sólo de una figura simbólica, una suerte de rey sin mando real, mientras que para otros es el controller general, quien dice lo que hay que hacer y un duro frente a fallas en la ejecución de sus dirigidos. 

En la batalla de la percepción hay Macri para todos los gustos.


*Sociólogo (@cfdeangelis).


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