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ELOBSERVADOR / carlos ominami y la crisis chilena
domingo 10 noviembre, 2019

"El neoliberalismo generó una sociedad endeudada y débil"

El dirigente socialista, miembro del Grupo de Puebla, explica las razones económicas y políticas del estallido social en su país. ¿Puede pasar en Argentina?

por Pablo Helman

Violencia. Las protestas en Chile no tienen hoy una conducción orgánica. La derecha chilena le pide a Piñera más represión. Foto: afp

Desde hace unos años, Carlos Ominami, un antiguo militante de la izquierda chilena –fue dirigente, ministro y parlamentario– viene discutiendo sobre la representatividad de la Concertación. Esa falta de representatividad, a su juicio, puede aplicarse a todos los partidos políticos de su país. Ahí debe encontrarse una de las causas de la situación social en Chile: una sociedad que comete “abusos contra los ciudadanos y que ahora encontró la manera de levantarse: hay un despertar de Chile”, explica.

—¿Cómo se puede entender la cuestión chilena desde una mirada progresista?

—Muchos de los problemas de Chile nos son conocidos. Sabemos que los años que tenemos de neoliberalismo actuaron como un limitativo para muchos sectores sociales: no solo se suman las cuestiones económicas, sino que también hay causas políticas.  Gran parte de la población se encuentra endeudada y precarizada. Y eso puede funcionar como un condicionante. A eso se suman los abusos, que afectan a una gran parte de la población: personas que gastan mucho por cuestiones que pueden resultar elementales. Los años de neoliberalismo no han sido en vano.

—No solo liberalismo, sino también la dictadura.

—La dictadura consiguió hacer pensar a muchos que si protestaban podían llegar a morir. Sin embargo, hubo un modelo que se agotó. Y eso provocó ese despertar del que hablábamos. Un despertar que seguramente solo tenga solución con un llamado a una nueva Constitución, una suerte de nuevo comienzo, que permita salir de un pozo en el que estamos.

—Es un movimiento sin conducción política directa. ¿Se parece en algo a movimientos como el de los “Chalecos amarillos” en Francia, o las protestas en Ecuador?

—He hablado mucho con un sociólogo de la talla de Manuel Castells sobre cómo nacen este tipo de protestas y cómo tienen una relación directa con la forma de las democracias actuales. Hay una ola indiscutible de insatisfacción a nivel global. Tiene una gran diferencia con Ecuador. Allí hubo un aumento de los combustibles, se protestó, el gobierno dio marcha atrás con las medidas y la gente volvió a sus casas. En Chile pasa otra cosa, se inició un proceso en el que uno no ve el fin. Y tiene que ver con las condiciones de toda una sociedad.

—Como dijo su hijo, Marco Enríquez-Ominami: “no es una cuestión de 30 pesos, sino de 30 años.

—Cabría discutir un poco esa idea. Porque hablar de treinta años es referirnos a todo el período democrático. Y seguramente la problemática tiene que ver con los 17 años previos de dictadura. En Chile se da un proceso que suma a la dictadura con una democracia que puso la prioridad en otro tipo de situaciones.

—¿Qué rol le cabe a la izquierda en este contexto? ¿Puede llevarse a cabo una protesta sin conducción política?

—Mao hablaba de una chispa que puede incendiar una pradera. Y aquí estamos en un contexto que puede ser así: todo este proceso puede funcionar de dos maneras: una virtuosa y una viciosa. La virtuosa es que todas las protestas terminen con la instauración de un pacto social en el país, con una nueva Constitución, que establezca nuevas condiciones en todo el país. Pero también hay riesgos de que tenga una solución viciosa. Y la solución viciosa puede tener dos formas. Por un lado, que la protesta, al no tener conducción, quede en manos de los ultras. Y que poco a poco, las personas que participan empiecen a sentir que hay algo que no va. Que aquel que usa el subterráneo sienta que debe ir caminando al trabajo, que los pequeños comerciantes que apoyan a las protestas, se sientan fuera y dejen de participar. Ese es un riesgo grande de todo el movimiento. Y otro riesgo es la represión.

—¿Una represión asumida por el propio Sebastián Piñera?

—No solo Piñera. Chile tiene una impronta pinochetista muy importante, con peso electoral y fuerza en la sociedad, que le está pidiendo al presidente que reprima. Fuerzas políticas como la

de José Antonio Kast, que tiene apenas un 8% de los votos le están reclamando que ejerza esa represión. Kast no solo tiene ideas autoritarias, sino que parece un oficial de las SS.

—Juan Grabois, un dirigente social argentino, habló de “mecha corta” para definir la situación en nuestro país. ¿Puede pasar en Argentina algo similar a lo que sucede en Chile?

—Alberto Fernández tiene una gran ventaja respecto de Chile: precisamente es Alberto Fernández. La misma existencia de un proceso democrático con elecciones en Argentina hizo que no se presentase siquiera la opción de algún tipo de movimiento como el que hubo en mi país. La alternativa que representa las elecciones y la posibilidad de contener algunas de las cuestiones básicas de los intereses de las mayorías representa una diferencia importante.

—¿Cómo definiría las ideas de Alberto Fernández? ¿Es una persona de izquierda, de centroizquierda?

—Tomo la propia definición de Alberto: nacional popular. Eso es lo que le cabe al peronismo. Ese es el eje de sus ideas y que pueden ser representativas para una gran parte de la población. Y más allá de ese tipo de definiciones, a Alberto le cabe ser una síntesis y no continuidad de lo que fueron otros gobiernos progresistas del continente. Y hablo no de continuidad, porque sin dudas, en todo el proceso del progresismo hubo enormes avances en materia de inclusión a nivel regional, pero también hay una agenda pendiente en cuanto a la sustentabilidad del desarrollo. Y queda mucho por hacer en temas tan sensibles como el de la corrupción. En todo esto hay puntos que resultan esenciales. Y deben ser asumidos. Porque realmente las protestas no participan de lo planificable. Pueden surgir en cualquier lugar y en cualquier momento. Se sabe cuándo empiezan, pero no cuando terminan. Por eso es tan importante que la gente haya votado con tanto optimismo.

—¿Por qué el progresismo habla de sí mismo como de centroizquierda y no de izquierda?

—Es una discusión pendiente y muy importante. Debemos reasumir la identidad. Se precisa que la izquierda vuelva a asumirse como tal. Y que exprese sus propias ideas. Lo mismo con el centro. Si el centro es centro y la izquierda es izquierda es que se puede pensar en acuerdos y alianzas. La Concertación perdió ese rumbo y muchas de sus ideas de centro fueron asumidas por la derecha. Es necesario volver a esas ideas para construir el pacto social que necesita el país.

—En la Argentina se habla mucho de un nuevo pacto social y la izquierda norteamericana habla de un New Green Deal: un nuevo pacto social que incluya lo ecológico.

—En Chile no podemos hablar de nuevo pacto social, porque nunca lo hubo. Los años de neoliberalismo llevan a la necesidad de recrear los vínculos sociales.

 

Cambio y progresismo

Bajo el lema “El cambio es el progresismo” se reúne en Buenos Aires el Grupo de Puebla este fin de semana. De la organización participan entre otros, Alberto Fernández y el entrevistado de PERFIL.

La reunión comenzó el viernes y tuvo uno de sus puntos más interesantes en el discurso de presentación de ayer del presidente electo.

El Grupo de Puebla está representado por líderes progresistas de todo el continente. Participaron de su primer encuentro líderes como José Luis Rodríguez Zapatero, Fernando Lugo o Leonel Fernández. Son miembros distintos ex ministros y funcionarios de Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Colombia y México. Son parte de un nuevo eje en el que debe pensarse una agenda nueva: la necesidad de la transformación social, pero comprendiendo cuestiones como la del desarrollo, los temas de género y la lucha también contra la corrupción a nivel continental.


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