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OPINIóN / CENTENARIO DE EVA PERÓN
martes 7 mayo, 2019

Una Evita para todes

Para quienes valoramos la figura de Eva desde afuera de la clásica tradición peronista, es más interesante leerla en términos de obra o legado social.

por Betina Rolfi

Eva Duarte de Perón Foto: CEDOC

Siempre es difícil caminar por el desfiladero del revisionismo histórico. Corremos el riesgo de (re)construir el pasado sobre la urgencia del presente y no hacer justicia ni a uno ni a otro. Con la figura caleidoscópica de Eva Perón pasa algo así: tuvimos la Evita capitana, la Evita “trepadora”, la Evita montonera, la Evita posmo-lumpen del cuento de Perlongher, la Evita laclausiana del puño crispado, o la más actual Evita de pañuelo verde. Distintas Evitas para interpretar distintas etapas históricas de la Argentina, algunas más conflictivas que otras, algunas más positivas que otras, pero siempre construidas “desde la política”, dentro de una cultura ideológica determinada. Prefiero hablar de una Evita más transversal a toda la sociedad, una Evita de la gente común.

Para quienes valoramos la figura de Eva desde afuera de la clásica tradición peronista, es más interesante leerla en términos de obra o legado social. En ese sentido, existe un vínculo entre su historia personal y muchas de las políticas sociales que promovió una vez en el poder. Evita hizo el trayecto “chica del interior que llega a la gran ciudad” que muchas argentinas perseguían como un mix de afán de progreso social y supervivencia. Mujeres solas casi obligadas a autonomizarse en un “feminismo forzoso” para abrirse camino en el trabajo y en la vida privada. Evita llega a Buenos Aires para ser actriz en 1935, en el amanecer de una primera sustitución de importaciones que demandaba una incorporación significativa de mujeres a la fábrica y al comercio. La Evita protopolítica es testigo y protagonista de esa incipiente emancipación material de las mujeres jóvenes de la época, que el cine argentino reflejaría en Mujeres que trabajan (1938), una exitosa comedia donde el eje de la vida cotidiana de las mujeres está representado por el lugar de trabajo y no ya por el hogar (agradezco la referencia a la película y otros grandes aportes a este artículo de Luciano Chiconi @mazorcablanca)

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Ese contexto tuvo una cara más opaca: la falta de Estado y legislación social que protegiera a los perdedores de ese capitalismo sustitutivo. Esa realidad registrada por Evita entre los ’30 y principios de los ’40 hizo que, cuando le tocó estar en el poder, diseñara una política de promoción social direccionada hacia las mujeres: los hogares de tránsito cobijaban a mujeres solas, venidas del interior, que no tenían trabajo o vivienda, el Hogar de la Empleada le daba vivienda a la mujer asalariada y la Escuela de Enfermeras buscó una formación laboral más técnica para las mujeres. La presencia de Evita garantizó cierta mirada integral de la política social que “sacó” a la mujer de la casa y la llevó al mundo del trabajo y la vida pública. Más allá de lo político, esto significó una señal social de avance para todas las mujeres.

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Lo mismo o algo parecido puede decirse del voto femenino instituido en 1947: allí Evita tradujo en ley una reivindicación histórica del feminismo sufragista del ´10 y del ´20. Pero además del derecho al voto, las mujeres lograron una mayor democratización de su vida pública. Si bien Evita nunca dejó de tener una mirada biológica de la mujer como madre y esposa, la legalización del voto femenino habilitó el ingreso de las mujeres al empleo público de un modo más general, pudiendo desarrollar carreras y vocaciones, como parte de su legitimación política.

Como vemos, en esta Evita de la política pública, casi weberiana, es donde confluyen con mayor fuerza todos los consensos históricos que hoy se reúnen en torno a su figura, por encima de los “amores y odios” que todavía folcloriza la política: esa Evita que todos tendemos a asociar con la idea de progreso.

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Desde otro punto de vista, podríamos sumar los valores espirituales que empujaron a Evita durante toda su vida política. Más allá de errores, y de los riesgos inherentes a su vehemencia que redundaban en una lectura adversarial de lo partidario, Evita hizo política desde la más pura lealtad a sus convicciones. Ese venir “desde afuera” le otorgó cierta intransigencia moral frente a la clase política; nunca hubo una Evita palaciega, maquiavélica, y esa renuncia a la especulación se transformó en un activo de su actuación, destacado inclusive por quienes nunca comulgaron con ella.

El progreso como objetivo individual y social, la asistencia social al vulnerable como un derecho integral de ayudas múltiples, la vocación política regida por las convicciones. Ideas que están arraigadas en toda la sociedad, y que Evita contribuyó a fijar en la historia. Objetivos que nos siguen movilizando a todos los que  hacemos política, desde distintas tradiciones partidarias. De las mil y una Evitas, me quedo con ésta.

BR PM EA


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