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OPINIóN / Después de las protestas
jueves 9 julio, 2020

(La bronca) Es con todos

Pico de contagios, hartazgos de todo tipo y crisis. No hay nada como la invención de mundos paralelos para evadir esa realidad.

Protestas reales, en la calle y en redes, convertidas en una conversación de sordos. Foto: Noticias Argentinas - Twitter.
jueves 9 julio, 2020

La sociedad argentina participa con pesar de la partida de Consenso y Acuerdos básicos, y ruega una oración en su memoria. Démosle la bienvenida a la grieta. La abstinencia nos estaba matando y el coronavirus ya agotó todas las conversaciones posibles.

Fuera de sí, un ministro bonaerense arrasa en público con los controles policiales en el inicio de la fase mil de esta cuarentena. Su derrape mediático empieza a hacerse insostenible hacia adentro del oficialismo, pese a que se da cortes de ser “soldado” de la vicepresidenta. El Presidente hace llegar su desagrado en privado pero, en público, no respalda a los agraviados. Unos ven al viejo Superministro. Otros, a un Bolsonaro de bolsillo. Casi al borde de la ruptura, las negociaciones por la deuda parecen estancarse, hasta que dos fondos aceptan las nuevas condiciones. Un tercero, el más duro de todos, descarta la “última oferta” pero se muestra dispuesto a seguir la conversación. Todos festejan: unos, por la luz de esperanza que nos aleje del default; otros, por el negocio salvado. Un grupo de “chicos bien” de El Calafate asesina a un exsecretario presidencial. Unos ven un crimen político. Otros, un ajuste de cuentas. Otro grupo, una extorsión que se fue de manos. Ninguno explica cómo un acompañante de primera dama llega a tener tamaña fortuna. Días más tarde, la Justicia determina la excarcelación de un empresario santacruceño exitoso como pocos: al calor de un amigo, dejó de ser empleado bancario para convertirse en uno de los dueños de la obra pública provincial. Tan exitoso como leal, supo callarse en los tribunales y soportó cuatro años de una prisión preventiva tan floja de papeles como su crecimiento patrimonial. Unos esperan que se quede adentro y que devuelva lo (supuestamente) robado. Otros, que se convierta en el emblema del lawfare en Argentina (como si estas condiciones no fueran excluyentes entre sí).

Decidida a ponerse a la altura de las circunstancias, la dirigencia política abandona la rosca por un rato y se vuelca a las redes sociales. Juega a ser un troll y se comporta como tal. Un diputado de la oposición pasa las horas hostigando a determinados medios de comunicación (a los que les pedía, tiempo atrás, que publicaran sus columnas de opinión). Nada dice de la denuncia de espionaje ilegal que involucra a la coalición política a la que pertenece. Un exintegrante del Consejo de la Magistratura devenido en militante opositor expone en Twitter a los hijos del jefe de Gabinete. La respuesta no tarda en llegar: “Idiota”. Poco después, el funcionario discute en TV con un periodista y comparte en sus cuentas extractos de videos editados, amigables con la creciente hostilidad que se respira en el mundo tuitero. El Presidente se suma a esas burlas. Antes, una fracción de la oposición se refería al crimen del exsecretario y alertaba sobre la “gravedad institucional” del caso (idea que vuelve a compartir el jefe de ministros con un meme tan usado que ya perdió la gracia). En el imaginario, el excolaborador K pasaba de imputado en causas de corrupción a testigo protegido: Fabián Gutiérrez es un nuevo Nisman. Pendulares, van del crimen político al homicidio criminis causa en cuestión de horas. Sin necesidad de peritajes ni confesiones. Sin atención al comunicado de la familia, en la que pedía evitar “especulaciones interesadas”.

Mientras tanto, el periodismo expone estas miserias y se enfoca en los cacerolazos que desde ayer se reproducen en todas las pantallas. Unos, en el country al que irá el exitoso empresario si paga la fianza millonaria que le impuso la Justicia. No quieren tener ahí a un vecino “poco ilustre”. Otros, contra todo lo demás. En varios puntos del país, el Día de la Independencia se conmemora con protestas contra la cuarentena, el cristinismo, la corrupción, la caída de la economía, la expropiación de Vicentin, los espasmos judiciales que liberan presos K y la libertad de expresión. La defensa de la República toma tantas formas que hasta se disfraza de fascinerosos atacando un móvil de TV. “Van a empezar a tener miedo, hijos de puta”, llegan a decirles a los cronistas que cubrían la noticia. Atrás quedan las declaraciones presidenciales sobre la intención de “acabar con los odiadores seriales” y el despelote interno de la oposición entre los que promueven la supervivencia dialoguista contra los que prefieren morir con las botas puestas.

Rápido de reflejos, el ecosistema de medios repudia los hechos. Unos pocos, influyentes en la pantalla aunque marginales ideológicamente, justifican la animosidad de los manifestantes. Todos aprovechan la urgencia noticiosa y hacen a un lado la cuestión de fondo: la responsabilidad que tienen en la gestación de ese caldo de cultivo. La grieta sirve también para darle una pausa a una discusión inconveniente: la de las escuchas ilegales y la participación de algunos periodistas en el cloacal mundo de los servicios de inteligencia. No se habla de los espiados ni de los cómplices. Solapamos las faltas profesionales con supuestas persecuciones y amenazas a la libertad de expresión. En su nombre, se dicen y hacen las mayores sandeces.

Cubiertos de comunicados, solicitadas y volantazos corporativos, evadimos lo que ocurre alrededor. En un país en el cual las emergencias sanitaria, educativa, laboral, económica, se volvieron estructurales, siempre es más cómodo hacer equilibrio entre las pulsiones de poder que pararnos a enfrentar lo que nos toca y actuar en consecuencia.


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