24 sep 2020
OPINIóN |Internacional
martes 4 agosto, 2020

La tregua de Bolsonaro

El gobierno de Jair Bolsonaro ha iniciado una tregua en su confrontación permanente con los poderes Legislativo y Judicial.

Bolsonaro sigue una estratagia de alineamiento con los EE.UU. Foto: Agencia Afp
martes 4 agosto, 2020

El gobierno de Jair Bolsonaro ha iniciado una tregua en su confrontación permanente con los poderes Legislativo y Judicial. El punto de inflexión, después de alcanzar el cenit al agitar la amenaza del autogolpe, fueron una serie de acontecimientos a mediados de junio que claramente constituyen una derrota -al menos parcial- a su vocación autoritaria. El presidente que embistió como ningún otro en la historia reciente de Brasil contra la Justicia y el máximo tribunal del país, el Supremo Tribunal Federal (STF), recibió duros reveses judiciales

El más relevante de todos fue la prisión del histórico colaborador de la familia Bolsonaro, Fabricio Queiroz, el 18 de junio pasado. Acusado de enriquecimiento ilícito y organización delictiva por el Ministerio Público de Río de Janeiro, Queiroz tiene estrechos vínculos con las milicias de Río de Janeiro y su detención compromete directamente al hijo mayor del presidente, Flavio Bolsonaro, también bajo investigación. Por otro lado, el avance del STF contra una parte de la militancia bolsonarista acusada de difundir amenazas y fake news contra miembros de la propia Corte y de organizar las manifestaciones pidiendo la intervención militar. Esas investigaciones del STF resultaron en la detención de algunos activistas como Sara Giromini, el cierre de perfiles en redes sociales y hasta el levantamiento del sigilo bancario de 10 diputados bolsonaristas. La avanzada de la Justicia también incluyó a empresarios que financian las manifestaciones. Tal vez más importante: detrás de la red de difusión de fake news estaría otro de los hijos del presidente, Carlos Bolsonaro.

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A esos dos conjuntos de investigaciones en curso en manos del STF y el Ministerio Público de Río de Janeiro, que tienen ni más ni menos a dos de los hijos del presidente en la mira, se les suma el frente abierto en la Justicia Electoral. Un total de ocho procesos están en curso sobre irregularidades en la campaña electoral de 2018. Formalmente tienen el potencial de anular la fórmula Bolsonaro-Mourão y consecuentemente suspender los mandatos de presidente y vice. Sin dudas la carta más bombástica en manos de la Justicia brasileña.

Por último, para entender la tregua de Bolsonaro hay que mencionar que en simultáneo con la escalada contra el Poder Judicial, los altos mandos de las Fuerzas Armadas han ido tomando distancia del gobierno. Una de las primeras señales fueron las dos notas que sacaron reafirmando el compromiso de las fuerzas con la Constitución y la democracia en ocasión de actos que pedían la intervención militar (una frente al Cuartel General del Ejército, a fines de abril) y, aunque sin mencionarlo, en respuesta al presidente cuando en uno de esos actos desafiando al Supremo manifestó: “tenemos al pueblo de nuestro lado, y a las Fuerzas Armadas al lado del pueblo”. Los altos mandos, aunque coinciden en la interpretación de que el Supremo ha extrapolado en su avanzada contra el gobierno -por ejemplo al suspender el nombramiento de Alexandre Ramagem, un amigo de la familia Bolsonaro, al frente de la Policía Federal (el FBI brasileño)- no comulgan con la idea de una intervención militar ni con agitar ese fantasma a modo de chantaje. La radicalización del gobierno terminó exponiendo las diferencias entre militares con cargos en el gobierno y el alto mando de las Fuerzas Armadas. También hizo lo suyo la mala gestión de la pandemia, ya que Bolsonaro designó a un general al frente del Ministerio de Salud. En las Fuerzas Armadas están preocupados con la repercusión negativa en la imagen de la institución dada la fuerte participación de militares en el gobierno. Por ello han aumentado la presión para que aquellos militares que ocupen cargos relevantes en el gobierno pasen a la reserva si aún no lo han hecho.

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La tregua ha estabilizado al gobierno, en un país donde la crisis sanitaria llegó a ser opacada por la crisis política. La salida de escena del fantasma del autogolpe también sacó de escena al fantasma de la caída del presidente. La gran pregunta del momento en Brasil es hasta cuándo durará la pacificación de Bolsonaro. “Esa postura de distensionamiento no va a ser provisoria. Va a ser permanente”. Manifestó su hijo, Flavio Bolsonaro. Según él y otros miembros del gobierno, la pacificación está repercutiendo positivamente en los índices de aprobación. A inicios de julio un grupo de empresarios se reunió con Bolsonaro y elogió la nueva actitud de pacificación, entre ellos el presidente de la Federación de Industrias de San Pablo, Paulo Skaf, y el presidente del banco Bradesco, Luiz Carlos Trabuco. Sobre la pacificación, Skaf declaró al diario Folha de San Pablo: “Es lo que Brasil precisa para iniciar la reconstrucción con una agenda de reformas y futuro”.

Por otro lado, desde inicios de año, pero sobre todo a partir de la salida del exjuez Sergio Moro del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, que coincidió con la caída de la aprobación del gobierno entre sectores de clase media a alta, Bolsonaro viene armando una alianza con varios de los partidos del denominado Centrão. Se trata de partidos mayormente conservadores, pero sobre todo dispuestos a formar parte del gobierno de turno a cambio de recursos y poder. Muchos de ellos fueron protagonistas de los escándalos de corrupción de la era del PT: el mensalão, y aún hoy, la Lava Jato. Bolsonaro ya les otorgó cargos en empresas estatales, el Ministerio de Comunicación y el Fondo Nacional de Educación con un importante presupuesto. Tal alianza, que apunta a formar una base legislativa para romper la situación minoritaria del gobierno, no obstante, avanza lentamente y aún es incipiente. Resta ver el verdadero alcance que tendrá ya que hasta ahora no se ha visto claramente reflejada en las votaciones.

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Sin embargo, esa gradualidad en la construcción de la alianza con el Centrão tiene un efecto positivo del lado de los seguidores de Jair Bolsonaro. Además del fuerte conservadurismo, Bolsonaro representa una radicalización del discurso antipolítico contra los “políticos tradicionales”. La crisis de representación política, Lava Jato y crisis económica mediante, ha redundado en la radicalización de algunos sectores que justifican un hipotético cierre del Congreso en la necesidad de realizar una “limpieza” de la política. Pero el acercamiento a los partidos del Centrão va en dirección opuesta a ese discurso. Por eso los seguidores del presidente hoy se reparten entre los que entienden la alianza como un mal necesario y aquellos que permanecen incrédulos de que realmente la incipiente alianza esté teniendo lugar. Para ilustrar el nivel de contradicción, vale recordar que el Centrão era uno de los principales objetivos de las manifestaciones bolsonaristas en 2019, señalado como el culpable de bloquear las iniciativas del gobierno en búsqueda de beneficios propios

La pandemia y las amenazas golpistas fueron los motivos del pico en la desaprobación del gobierno en mayo y de que la mitad de los brasileños se manifieste a favor de la renuncia o impeachment de Bolsonaro en los sondeos de opinión. Sin embargo, del otro lado, el presidente goza de una aprobación que en los peores momentos apenas bajó del 30%. La clave de esa aprobación es que Bolsonaro cuenta con algo con lo que pocos presidentes cuentan, un fenómeno político y social a su medida: el bolsonarismo.

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Bolsonaro es un líder personalista, sin partido y de tipo carismático. Tiene como sus pilares discursivos a los valores conservadores y la antipolítica, y moviliza a sus seguidores con una lógica antagonista contra lo que considera son los valores culturales de la izquierda (mayormente la política identitarias) y contra la “clase política tradicional”. El pueblo del bolsonarismo no es el 46% que lo votó en primera vuelta en 2018, ni el cerca del 30% de aprobación que mantiene desde abril de 2019. Como mucho, y en su expresión menos intensa, es un 20% de los adultos brasileños que manifiestan seguir de manera fiel al presidente, realizándole pocas o ninguna crítica en los sondeos de opinión pública. En su expresión más intensa y reducida, el pueblo del bolsonarismo son aquellos que realizan el activismo pro Bolsonaro tanto en las redes sociales -claves en la gestación del fenómeno- como en las calles -hasta aquí consideradas un espacio vital en la disputa política-. Aunque es nuevo, el fenómeno no fue electoral ni de gobierno, sino anterior. Para fines de 2016 el término bolsominios ya estaba bastante extendido como una forma de referirse despectivamente a los seguidores de Bolsonaro en las redes. En septiembre de 2017, casi un año antes de las elecciones, Bolsonaro ya contaba con un 9% de intención de voto relevado mediante pregunta abierta. Sólo él y Lula da Silva (16%) tenían intención de voto en ese tipo de pregunta en donde no se le ofrecen opciones al entrevistado. Si bien Bolsonaro había comenzado su precampaña con bastante antelación, esa intención de voto “no estimulada”, que comenzó a ser registrada en 2016, da cuenta de un buen grado de identificación con el líder y de adhesión a su proyecto político. El bolsonarismo, en tanto fenómeno de movilización populista, es la base de sustentación de liderazgo de Jair Bolsonaro.

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Entre los distintos sectores que hacen al bolsonarismo en su expresión militante, la parte más reducida e intensa del bolsonarismo, la corriente que proviene del olavismo (en referencia al filósofo Olavo de Carvalho) es central. El núcleo ideológico, como también se lo conoce, tiene entre sus miembros más salientes a Filipe Martins, asesor de asuntos internacionales del presidente. Según el reclamo de Martins hace algunas semanas, el denominado núcleo ideológico del gobierno ha sido marginado, y con ello todo el discurso antisistema habría perdido fuerza. Así, el gobierno estaría quedando, según Martins, impotente para llevar a cabo su programa y vulnerable a las presiones del establishment y de la “ideología dominante”. Desde su cuenta de Twitter, Martins es uno de los que con más claridad expresan la idea de un gobierno que con el apoyo del pueblo se embarca en una lucha contra el establishment político. Más allá de las teorías de una supuesta hegemonía del marxismo cultural, ese discurso se traduce a la base bolsonarista más amplia como simple conservadurismo y como una furibunda crítica a la clase política, sintetizada en la popularizada expresión de que Bolsonaro sería presidente para ir “contra todo lo que está ahí”. Lo interesante es que ese núcleo ideológico, señalado muchas veces como el indeseable responsable de las posturas más extremistas del gobierno, es fundamental en el engranaje discursivo del presidente y el proceso de movilización. El inicio de la tregua fue señalizado con la salida de uno de los miembros de ese núcleo ideológico, el entonces ministro de Educación, Abraham Weintraub, un agitador de la “guerra cultural”. Entre otras cosas, Weintraub había manifestado tiempo atrás que los miembros de la Corte eran unos “vagabundos” que debían ser encarcelados, por lo que su salida era condición necesaria para entablar nuevo diálogo con los miembros del máximo tribunal brasileño.

El discurso antisistema chocó contra la pared en la necesidad de recostarse en el Centrão y la evidente inviabilidad de los sueños autócratas que desembocó en la actual tregua. Habrá que ver hasta dónde y de qué modo Bolsonaro llevará adelante el viraje pragmático, hasta dónde llevará la alianza con el Centrão, y si la guerra contra los otros poderes ha entrado en una tregua o en una paz definitiva. El bolsonarismo está en crisis, no tanto en el sentido de decadencia como en el sentido de cambio.

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El futuro del gobierno brasileño, en relación a la continuidad o no de las amenazas explícitas al régimen democrático, puede terminar de definirse el 3 de noviembre. Una derrota de Donald Trump en las elecciones estadounidenses sería un gran incentivo para la moderación de Jair Bolsonaro. Cualquier moderación de Bolsonaro nunca será total y mucho menos genuina, incluso cuando sea el único camino que ofrezca la gobernabilidad necesaria para impulsar las reformas de la economía brasileña tan anheladas por algunos. Quienes apuestan a un Bolsonaro “moderado”, como Paulo Skaf, de la FIESP, tienen hoy una posibilidad de renovar sus ilusiones, no porque Bolsonaro desee dejar de lado la confrontación con las instituciones, sino porque, de momento al menos y en beneficio de su propia subsistencia, le han torcido el brazo.


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