jueves 06 de octubre de 2022
SOCIEDAD Un arrabal de recuerdos

Historias de barrio | El Club Iguazú de Floresta, adoptado por Manu Chao y Luis Alberto Spinetta

Un club social como los de los de antes, de torneos de truco, bailes populares y donde se pasaban películas. Durante la cuarentena se convirtió en olla popular y hoy lucha para volver a abrir sus puertas.

22-09-2022 10:51

Nacido un 25 de mayo de 1940, el Club Iguazú de Floresta, ubicado a pocas cuadras de la cancha de All Boys, subsiste en la calle San Blas entre Sanabria y Gualeguaychu. Ya más de 80 años de existencia en un barrio de casas pintorescas, sin edificios y calles angostas. Durante los sesentas la cita de los viernes con bandas de jazz atrajo al barrio “más allá de Flores” como lo describió en “El hombre de la esquina rosada” Jorge Luis Borges a un personaje especial: Luis Alberto Spinetta.

“Los viernes hacían jazz y una noche, un viernes cayó el Flaco Spinetta y bueno vino un par de veces, tocó, llegó de sorpresa porque se corrió la bolilla”, recuerda en diálogo con PERFIL Eduardo Herrera, actual presidente del club. Él como su padre y como su abuelo le prometieron lealtad al Iguazú y también a All Boys.

Si bien se trata de un espacio de encuentro, donde en los inicios se hacían bailes barriales, se pasaban películas cuando todavía no habían proliferado los grandes cines, se organizaban carnavales y los vecinos jugaban a las cartas o los dados, también llegó a tener un equipo de fútbol. “Participó de un campeonato de barrio y salió campeón de campeones de la Ciudad de Buenos Aires, con jugadores que llegaron a primera, como Pedro Luis Medina, que jugaron en la primera de All boys y uno de ellos fue convocado a la Selección”, evoca con orgullo Eduardo que nació a 50 metros del club hace 57 años.

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Festejo en el Club Iguazú (Imagen tomada del Facebook del Club)

Actualmente el Club mantiene sus puertas cerradas porque le faltan autorizaciones municipales para poder funcionar en regla, pero sin falta todos los viernes los históricos se reúnen a cenar como cualquier “domingo en familia”. “Está cerrado por el tema de pandemia y de que nos faltan unos papeles con la Inspección General de Justicia (IGJ) que vos sabes cómo es el tema es muy burocrático. Entonces estamos atrás de eso para que el club vuelva a ser del barrio, más que nada que sea un espacio para que lo disfrute el barrio”, lamentó Eduardo. 

El club amigo de Manu Chao

"Lo que estamos haciendo ahora lo usamos nosotros los viernes que nos juntamos religiosamente con los amigos a comer ahí un asado lo que venga, pero es como religioso, la juntada de amigos, claro, todas las edades, viene la gente más grande, nosotros que le seguimos, más chicos”, relata. “La verdad que es vida, es terapia”, subraya.

Así fue como un día, mientras los fieles del club estaban comiendo una pizza apareció Manu Chao. La primera vez tocó para los presentes en un entorno íntimo, pero como dice Eduardo que “el Iguazú es sinónimo de barrio y amistad”, el músico quedó prendido a la experiencia y volvió tres veces más. Pero la última de 2014 la cantidad de gente que llegó a verlo colapsó todas las capacidades.

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“La cuarta se desbordó, se cortó la calle, fue un descontrol”, confiesa Eduardo que aseguró que es posible que este año regrese. “Pero vamos a ver cómo lo manejamos porque cuando llega es tremendo, todo el mundo te dice ‘che avisame’ y capaz que el tipo quiera algo más íntimo qué sé yo, aunque Manu no tiene problema con nada porque vos le decís íntimo, te dice que sí, lleno de gente, te dice que sí, un tipo muy simple, muy muy humilde”, detalla.

Una balsa en la cuarentena: la olla popular

En marzo de 2020 los correligionarios del club empezaron a pensar cómo ayudar a quiénes lo necesitaban en el barrio con la cuarentena estricta que dejaba a los más vulnerables en condiciones más extremas. Decidieron todos los martes ofrecer un plato de comida para quién lo necesitara y muchos negocios del barrio hicieron donaciones para que eso fuera posible.

“La verdad que es una satisfacción y un orgullo nuestro de haber hecho eso, pero a la vez triste porque ver que la gente que va a buscar comida, gente del barrio, 250 personas por martes… claro, había que ponerse una careta y seguir para adelante y bueno estaba bárbaro, pero es duro, duro que la gente busque comida”, reflexiona.

“Iguazú es All Boys y All Boys es Iguazú”

La relación con All Boys siempre está presente, pero para Eduardo el ’93 fue un año glorioso. “Yo tenía el buffet del club y venía a comer todo el plantel con el cuerpo técnico y todos almorzaban ahí, entonces fue más íntimo todo eso con All Boys”, explica. “Los jugadores festejaron ahí en el club con nosotros, en ese momento la gente ahí del club era de la hinchada, no de la barra brava, que era otra cosa completamente distinta a lo que es ahora. Nosotros teníamos los jugadores ahí y jamás le pedimos ni una camiseta, fue muy lindo, después estamos muy muy ligados. Yo particularmente estuve en inferiores, mi papá fue técnico, uno de los muchachos que para con nosotros fue técnico hace dos años dos años, o sea estamos muy identificados con All Boys”. “Iguazú es All Boys y All Boys es Iguazú”, destaca.

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Zodíaco: el boliche del barrio

Cerca del club se encontraba el boliche Zodíaco al que varios de los que hoy conforma el grupo de Iguazú iban todos los fines de semana. “Hacíamos la previa en Iguazú, después nos íbamos a Zodíaco y terminábamos desayunando en Camarones y Segurola que es otro lugar muy típico”, rememora Eduardo.

“A veces se daban algunas peleítas dentro de Zodíaco porque por ahí venían los de Chicago y había mucha pica, pero peleas de, como yo digo siempre, pelea de peleas, acá nadie mataba a nadie, nadie, no digo que esté bien, pero era una cosa completamente diferente a lo que es ahora”, aclara y agrega: “Los mismos que hacíamos eso somos los que vamos a comer los viernes al club”.

Actualmente el cartel del clásico boliche se encuentra en Iguazú porque un hombre que tuvo el buffet a cargo hace unos años tenía contacto con quien había sido dueño del boliche y le regaló el cartel. Cuando le preguntó a “los muchachos” si querían que lo trajera, respondieron a coro que sí. “El cartel ahora no sale de acá ni a palos”, dice Eduardo.

Pueden venir cuantos quieran, que serán tratados bien

Visualmente Floresta sigue casi igual, pero las tradiciones, las formas de relacionarse cambiaron y Eduardo lamenta que se haya perdido el encuentro en la calle y que todo sea a través de internet. 

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“Me gustaría poder abrir el club todos los días, que haya un bufetero para que la gente del barrio pueda pasar a tomar un café donde se puedan juntar a tomar el viejo vermut, que vengan con sus hijos a poder jugar al fútbol, al metegol, ese sería mi sueño: terminar los papeles y que eso sea vuelva a tener funcionamiento, que vuelvan otra vez los jubilados a hacer las fiestas ahí, eso era muy lindo, los jubilados riéndose, divirtiéndose. Yo además viajé con ellos, me iba con ellos de viaje, una amistad hermosa, venían hacer yoga, quiero que se vuelva a hacer eso”, sostuvo Eduardo y se fue para el club. “Vengan cuando quieran, me llaman y les abro”, concluyó.


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