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OPINIóN / Internacional
miércoles 25 marzo, 2020

Coronavirus: tercera semana de aislamiento en España

El autor relata su experiencia ante el aislamiento en uno de los países más afectados por la pandemia.

Carlos A. Scolari*

Aislamiento Foto: Bertsz / Pixabay
miércoles 25 marzo, 2020

Cuando el lector o lectora se enfrente a este texto, estaré entrando en la tercera semana de confinamiento. Terra incognita. Por ahora, solo puedo escribir sobre la primera y la segunda semana.

La primera. Mucha ilusión. Comencé el aislamiento dos días antes del anuncio oficial del gobierno de Pedro Sánchez. Desde la perspectiva de mi dieta mediática, el panorama era inmejorable: un mes encerrado -nunca me creí que dos semanas fueran suficientes para detener al “bicho”- donde podría ponerme al día con las lecturas, escrituras y visionados varios. Esa pila de libros en lista de espera disminuiría sensiblemente, por no hablar de la infinidad de artículos y capítulos que me comprometí a escribir en este 2020.

A pesar de las telenoticias y whatsapps que llegaban de Italia, la primera semana es la semana de los memes, de los jeje y los juju. Es la exploración colectiva de una situación inédita. Es la búsqueda de referencias literarias -La Peste, La zona ponzoñosa, Los huérfanos-, cinematográficas -Contagio, Soy Leyenda, 10 Cloverfield Lane- o videolúdicas -Outlast, Fallout, Half-life- que nos ayudarán a procesar lo que estaba pasando. Es la semana de los consejos, protocolos y sus relativas fakenews (“los líquidos calientes matan al virus”). Es la primera semana en la estación espacial.

Contagio y consumo en tiempos de coronavirus

Durante la primera semana proliferan las reflexiones socio-filosóficas sobre cómo será el mundo post-coronavirus. Sociólogos, antropólogos, economistas, epidemiólogos, comunicólogos, homeópatas, periodistas, astrólogos, psicólogos, filósofos, investigadores y profesores, desempolvamos la esfera de cristal e intentamos ver el futuro. Son reflexiones de espíritu estratégico que tendrán la vida útil de un tweet. Me viene en mente la letra de Patricio Rey (“Esto es efímero / Ahora efímero / Como corre el tiempo!”) y pienso en una remera que diga: “Ya nadie va a escuchar tu remera”.

También es la semana de la nueva vida online. Recitales de flamenco, cursos de cocina, clases de yoga, talleres de crochet, sesiones de psicoanálisis, terapias de pareja, seminarios de literatura apocalíptica, asesoramiento financiero, todo, absolutamente todo, se puede hacer en línea gracias a las hasta ayer vituperadas redes sociales y tecnologías digitales. Resulta increíble descubrir cuántas cosas se podrían haber hecho en línea antes, sin impregnar las carreteras de CO2 ni atravesar la ciudad apretados en un sudoroso metro a la hora punta.

Hoy extraño el ingenuo optimismo de la primera semana.

El agua en tiempos de coronavirus (y cuarentena)

Segunda semana. Me toca salir a comprar comida para toda la familia. Releo las instrucciones en alguna de las pantallas que me rodea pero me resultan más útiles mis referencias historietísticas. Me pongo en modo Eternauta: guantes de goma, bufanda (no tengo mascarilla), bolsas para la compra, moneda de un euro para el carro (no tenemos carrito de compras, eso es cosa de ancianas) y gel para limpiar después el volante y la palanca de cambio. Por suerte en el Carrefour hay poca gente. Un metro de distancia y la gran duda: ¿desinfectan los carros después de cada uso? Análisis del entorno: 50% lleva mascarillas, 43% guantes (no necesariamente son los mismos) y algunos inconscientes no llevan nada. Por suerte encuentro todos los productos que tenía en la lista, a excepción de los guantes descartables y el gel de manos. Miro con compasión a la cajera enmascarada detrás de un metacrilato. Pago con tarjeta. No es cuestión de tocar un billete contaminado.

Al regresar a casa, desinfecto el volante, la palanca de cambios, la tarjeta de crédito y la moneda de euro que usé en el carro. Si dentro de quince días no tengo síntomas, de aquí en más será mi moneda de la suerte.

El coronavirus y la esperanza

Durante la segunda semana me entero de que los italianos ya no cantan en los balcones y el silencio se apropia de las noches romanas o milanesas. Los memes, los jeje y los juju ahora llegan de la Argentina. Trato de explicarles a mis amigues por Whatsapp que esto no es joda -como mis amigos italianos habían hecho conmigo solo una semana antes- pero, como decía Umberto Eco, los tiempos del autor nunca coinciden con los tiempos del lector.

Ya al filo del final de la segunda semana, descubro que el trabajo que antes hacía en tres o cuatro días, ahora lo termino solo después de una quincena. Toda la hiperproductividad que asomaba en el horizonte de la primera semana terminó siendo una ilusión óptica. De la pila de libros pendientes, solo pude leer dos cuentitos breves de Samanta Schweblin. Las horas pasan y el tiempo se escurre entre una cosa y otra, menos en lo que debería irse. Releo El Eternauta pero Favalli, el científico encargado de planificar la resistencia familiar, pero no dice nada sobre este tema.

El panorama político sigue su curso: China emerge como la nueva potencia que envía ayudas a una Europa en emergencia (¿Cómo se dirá “Plan Marshall” en mandarín?), los hermanos Marx (Boris, Donald y Jair) siguen interpretando su sketch y en España cada mediodía aparecen en la tele un par de ministros y altos mandos militares con infinidad de medallitas para hablar de la “guerra al coronavirus” y arengar a los ciudadanos. Esto ya lo hemos visto en el cine - Dr. Strangelove, MarsAttack- pero sobre todo en la televisión: es la España de Gila, el cómico televisivo que inmortalizó la frase “¿Está el enemigo? Que se ponga”.

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De Gila también se recuerdan otras frases, por ejemplo “Si la mente funciona bien no hay viejos” o “Los mayores tienen un futuro, que es su pasado”. En España hay una generación que sufrió la Guerra Civil pero pudo compensar esos años terribles durante la recuperación democrático-económica de las últimas décadas. Cientos de miles de trabajadores y trabajadoras, que durante años hicieron religiosamente sus aportes,  estaban disfrutando su vejez con relativa tranquilidad. Solo la crisis económica, que llevó a muchas familias a depender de las pensiones de los abuelos, empañó su retiro.

Hoy el coronavirus se ensaña con esa generación. Son los primeros en morir solos y abandonados en las residencias de ancianos, y están al final de la lista a la hora de repartir los respiradores en los hospitales atestados. De poco les sirvieron tres décadas de aportes al sistema sanitario público: ese mismo sistema, al colapsar, los excluye. Quizá la imagen que mejor pinta a España en estos días es la de un joven e impotente Rey, jefe de un Estado desmontado y recortado, dejando caer a su anciano y corrupto padre para salvar a la Corona y su familia. España no es país de viejos.

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¿Alguien tiene ganas de seguir enviando memes o salir al balcón a cantar?

La tercera semana se abre con noticias “positivas” de Italia (o sea, muere menos gente que ayer) y de China. Pero ahora la película apocalíptica se trasladó hacia sus escenarios naturales. Hoy Nueva York es la misma ciudad que sirvió de escenografía a Soy Leyenda.

Ignoro si esta secuencia de fases -primera semana optimista, segunda semana reflexiva, tercera semana ya veremos- es una serie estrictamente personal o si obedece a un pattern más general. A su manera, también Gila pensaba en secuencias: “La vida toda es un chiste. Nacer, morir.....¡Menuda broma!”. Quizá la cuarentena sea como un duelo, donde pasamos por diferentes etapas: negación, ira, negociación, etc... Pero eso lo sabremos solo al final de la temporada.

Continuará.

* Profesor de la Universitat Pompeu Fabra - Barcelona. Twitter: @cscolari


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